Ressenya

TODAVÍA NOS MIRA A NOSOTROS: La desheredada

Fotografía de Benito Pérez Galdós Extraída de Diario Córdoba

Fotografía de Benito Pérez Galdós.
Extraída de Diario Córdoba

Encuentro interesantísimo el naturalismo, aquella pretensión tan maravillosa como ingenua que movió a un grupo de escritores y escritoras a creer que podrían comprender completamente a la humanidad retratándola con todo lujo de detalles: desde el pedo más discreto del burgués más parasitario hasta la chabola más mísera de a quien le había tocado ser el último mono de la escala social. Todo esto lo aderezaron con las ideas del determinismo genético, que nos reducían a poco más que una cadena de causas y efectos. Nos veían de la misma manera en la que un científico mete unos microbios en su probeta y nos cuenta cómo nacen, crecen, se reproducen y mueren, sólo que los naturalistas, además del cuerpo, miraban también dentro de la cabeza y en el alma.

Esta especie de literatura de la realidad en HD, como podríamos llamarla, puede parecernos hoy en día aburrida o simplemente imposible de leer. El público se ha cansado de las pausas y las descripciones minuciosas, de la fascinación del psicoanálisis y de las novelas de novecientas páginas.

Benito Pérez Galdós tuvo que ser un buen hombre, una persona inteligente. Nació en Las Palmas y vivió toda su vida madura en Madrid, que convirtió en telón de fondo, o en su caso de frente, de prácticamente toda su producción narrativa. Fue introductor pionero y uno de los máximos representantes del naturalismo en España. Un hombre calladísimo que gastaba la vida escuchando más que hablando, que construyó en sus libros un pequeño cosmos donde infinidad de funcionarios, prostitutas, marquesas, ciegos, delincuentes juveniles e infantiles, obreros, curas, médicos, parados y demás, aparecen y desaparecen y se abren paso en la vida a codazos y a empujones.

Cuando lo leo a veces me paro a pensar que aunque muchísimas cosas han cambiado a bien desde que las vio don Benito, otras siguen iguales o por lo menos parecidas.

Uno de sus mejores libros pertenece a la serie de sus llamadas “novelas contemporáneas”, las de mayor influjo naturalista, y se llama La desheredada. Su hilo argumental, resumido sin explicaciones, nos puede parecer una tontería: Isidora Rufete, guapísima hija de la clase media arruinada, vive convencidísima de que es hija ilegítima de la hija de la marquesa de Aransis. Impulsada con crueldad por su propia fantasía a cumplir su sueño, se meterá en mil líos y terminará de manera muy triste tras una tremenda odisea de la ambición.

No puedo evitar sonreír al imaginarme a una Isidora Rufete del siglo XXI sentada en los platós españoles de telebasura asegurando ser la hermana de la hija de la sobrina de la tía segunda de una cantaora. Y cosas peores. El caso es que muchas de las Isidoras de hoy en día ni siquiera se creen su propia farsa.

La desheredada, como muchas novelas de Galdós, es una novela de esquizofrenia colectiva, de enajenación social, del efecto dominó de la hipocresía en las ciudades y en los pueblos. Isidora no es más que la exageración literaria de los desclasados.

Vemos en activo el gen del linaje de los Rufetes cada día en las calles del siglo XXI. En cualquiera que confía en que su belleza será eterna y que sirviéndose sólo de ella podrá mantener una vida de placeres perennes al alcance de la mano. En el hipster de barrio común y corriente que cree que su aburrida vida de estudiante de letras contemporáneo es suficiente para escribir una gran novela o lo que es peor, un libro de relatos. En el hijo de directivo que por faltar a clase en la universidad privada y vestirse de punki los fines de semana cree que está haciendo más por cambiar el sistema que mucha de la gente que trabaja de verdad para ello. En nosotros mismos, incluso, si creemos que todo en la vida va a ser sencillo y se podrá solucionar con esfuerzos pequeños y superficiales, y si vivimos solamente para los demás.

Muchos, en su voluntad de moralizar, se limitan a ofrecer exabruptos e ironías que presuntamente son provocaciones ingeniosas, aunque para mí están más cerca de la mala educación que de otra cosa. Prefiero creer que por lo menos no lo hacen con malos propósitos. El naturalista canario, el Galdós de las novelas contemporáneas, en cambio, tiene la discreción que caracteriza a los genios. No nos alecciona, no insulta a nuestra inteligencia, no se cree más listo que nadie. Simplemente nos pinta lo que ve y deja abiertas las interpretaciones morales, dejando que nosotros mismos seamos quienes juzguemos a la aspirante a marquesa y a su entorno social, que no es menos responsable de lo que le pasa, y saquemos nuestras propias conclusiones. La discreción de los genios es la que les insta a hacer pensar a las personas en lugar de querer pensar por ellas.

Por eso valoro la obra de Galdós. Porque encuentro muy agradable charlar con alguien que te escucha atentamente, que te impulsa a sacar tu interior a relucir para que puedas verlo, o mejor dicho, escucharlo, desde una perspectiva que tú no conocías y que se mezcla con el tono de tu voz poniendo orden a tus propias ideas. Por lo tanto, la discreción no sólo distingue a los genios sino a los amigos. Alguien que intenta imponerme sus criterios, por muy ingenioso e inteligente que sea, incluso si tiene razón, puede hacérseme muy desagradable. Y aún es más probable que pase esto si encima su ingenio no me hace reír, está claro.

Obviamente, el objetivismo nunca puede ser total. La pluma del canario es irónica y muchas veces no hace falta esforzarse mucho para saber cuándo discrepa de la actuación de un personaje (más aún cuando a algunos los etiqueta con sobrenombres como Botín o Mariano Pecado). Pero lo que hay es una moraleja rígida, una fantasía aleccionadora. Disecciona tan bien las diferentes psicologías humanas que en ocasiones parece que empatiza, o al menos me ha hecho empatizar a mí con los personajes que critica. Esto le da al texto una apertura enormemente fresca.

Lo que sí que el autor quiere dejarnos claro es que seguramente una buena educación le habría evitado a Isidora muchos dolores de cabeza. Por eso abre la novela con una dedicativa conmovedora, que es a la vez advertencia e instigación, «a los maestros de escuela». El autor se muestra partidario de las reformas educativas que empezaron a proponerse en su España contemporánea y que no han llegado nunca a ser implantadas del todo hasta la fecha, y así va el tema. Esta dedicatoria, que enlaza con la moraleja que cierra la obra, no es para mí un juicio total del autor respecto a la historia de la protagonista, sino una propuesta personal para evitar que esta historia se vuelva a repetir, para evitar que la sociedad produzca más Isidoras.

¿Hay que enseñar a los niños que el bien inmediato no existe, que dejen de creer en lo efímero y que crean en la cultura del esfuerzo? ¿Hacen falta más hormiguitas rompiéndose la cabeza en la biblioteca con un único libro y menos cigarras mirando cinco pantallas a la vez? Yo creo que sí, y suscribo esta propuesta incluso hoy en día.

Encuentro muy significativo que Galdós se distancie en esta obra del determinismo total que podemos comprobar en los personajes del naturalismo original, el francés; que dé a Isidora la oportunidad de reconducir su camino varias veces, mediante la opción del matrimonio y la del trabajo. Aunque habría sido raro que esta novela terminara bien, creo que Galdós sufre demasiado con el resto de seres humanos como para reducirlos a títeres de los «nervios y la sangre», como dijo Zola.

Que cada uno piense lo que quiera de Isidora Rufete, que cada uno juzgue si podría no haberse equivocado tanto en el manejo de su vida. Lo que está claro es que la causa de sus problemas no ha desaparecido, y está bien que lo tengamos en cuenta y estemos alerta.

Galdós todavía nos mira a nosotros. Y tal vez no espera que demos una respuesta a su mirada, pero tampoco estaría mal que la diésemos.

Víctor Doló

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