Relat

Whatever happens to my eyes happens to your beauty

La luz tempranera entra por la ventana, opaca, oscura. Día de lluvia, y los cristales empañados por el frío me dan ganas de dibujar un rostro con la punta del dedo. Pero no el tuyo. O, tal vez, una frase. No tengo vecinos y me gusta el silencio de esta casa. Escucho el gorgotear del café que sale, el chirriar de la madera vieja, el piafar de las palomas en el alféizar y las hojas de arce que se frotan por el viento. El ruido de los trenes en la lejanía. En este último mes he odiado el ruido del mundo. Y también el de mis pensamientos y el de tus ojos, después. Me pregunto cómo eres porque aún no me conoces, o porque no quieres conocerme; entre las sábanas blancas, fuera de estas paredes. Siempre me haces sentir pequeña, exiliada en un rincón. Siempre debo reivindicar y reivindicarme. Tu ruido molesto, que cubre la verdad. Me he detenido y desde aquí me escucho y oigo, me abrazo y hablo sin chillar. En esta casa nada tiene un color y tengo que dárselo de nuevo. Tengo que encontrar nuevos nombres para las cosas, para los sentimientos, para las personas. Siempre me dices que mis palabras son verdaderas o intentan serlo, incluso cuando lo están simplemente deseando y yo misma no las siento auténticas. Quiero palabras sin ambigüedad, porque no tengo ganas de cambiarlas, no tengo más tiempo. Cuando quieres olvidar, los particulares cuentan; hay que empezar con ellos. Quiero apoyar los ojos sobre las paredes y decir casa, tú eres mi casa. Apoyarlos sobre un hombre y decir amor, tú eres mi amor. Apoyarlos sobre mi tiempo y decir vida, tú eres mi vida.

Mirarme al espejo y reconocerme aunque ya no tenga los ojos azules. Son grises, puede que esté enferma. Delante del espejo, al levantarme, siempre me siento como me ves tú, diminuta y frágil, y veo el mundo como en realidad lo miro con la mente, borroso, pálido y de colores desgastados. No amo mi caos que forma parte del caos del mundo. No amo fluir, no amo reconocerme y abrazarme, porque cuando lo intento me digo no eres lo que quiero, no eres lo que soy, sólo la miga de lo que era.

Tanteo queriendo cerrar la puerta a mi gusto hórrido por el descarrilamiento, y no logro. Entonces sonrío al mundo, pues ya sé que me dañará. Frente al dolor siempre reímos nerviosos. Siempre reímos cansados. Siempre reímos sin respirar para ahogarnos solos.

Paro de mirarme, me lavo el rostro y en la cocina el café rebosa de la máquina, mancha la encimera blanca. Lo mancho constantemente todo y me olvido de limpiar, porque llegaría tarde a todas partes. Sirvo el café hirviendo y, en la afonía tempranera, oigo el burbujeo del líquido que se vierte y coge la forma de la taza; el leve penacho de humo me hace recordar que tengo ganas de fumar. Con la taza en la mano, camino hacia el cuarto, con paso firme y pesado, percibiendo la madera helada en la planta de los pies. El cuarto es oscuro, sólo entra una recta de luz que lo recorre en diagonal, que pasa por encima de la cama donde estás durmiendo, entre las sábanas deshechas, tiradas hacia tu lado. Así, por la noche, estoy obligada a acercarme a ti para calentarme. De puntillas me arrimo al armario y empiezo a vestirme. Y te despierto, como siempre. Siempre hago demasiado ruido, alboroto silenciosamente.

“¿Estás despierta?” me preguntas. Sí, idiota.                                                                                                       “Sí”.

Tienes la voz adormilada, banal. Tumbado de espaldas, mueves los brazos hacia los dos lados de las costillas, haces presión para levantarte, te giras, te pones sentado, me miras, te frotas los ojos, y me miras de nuevo. Con tus ojos que acaparan todo mi mundo.

“¿Por qué te vistes? ¿Adónde vas?”
“Fuera. A dar una vuelta. Un paseo. Hacer algo”.

Parece que también tus ojos han cambiado de color, grises como los míos, enfermo como yo. Como si un día, de repente, dos ojos tienen un color que nunca habías visto y todas las cosas terribles se llenan de gracia. Incluso las cosas terribles sobre mí misma, incluso las cosas terribles sobre el peso que siento por la mañana, propiamente en esta hora, el peso que me engancha a la cama a la hora de levantarme. A menudo desconozco si es el mundo, siempre tan disipado y deslucido, aburrido y cansado, o si soy yo que intento desvincularme de la verdad, de la realidad, de tu y yo que no somos nada importante, pero que estamos juntos. Del dolor que oculta el latido de mi corazón. He empezado jugando y voy a dejarme la piel, hechizada por toda esta ternura que se vuelve irresistible, pero se pega encima y te inmoviliza en cuanto te distraes. Tal vez, en el fondo, no quiero nada más que esto, distraerme.

“¿Por qué? Podías despertarme… ¿Dónde quieres ir?”
“Aún no lo sé. ¿Sabes qué? Ayer-“
“No me has contestado” maúlla.Odio cuando me interrumpe. Odio cuando encuentra importantes los detalles. Yo, los detalles los utilizo para olvidar. Él, para recordarme cada día, cada hora, cada minuto, cada segundo. Quisiera irme, sin tener que justificarme, sin tener que explicar y afirmarme, sin tener que pensar. Quisiera no percibir dedos sutiles que afondan en mi cerebro, por todas partes. Pero son propiamente todas estas sensaciones opacas, angustiosas, que se insinúan como corrientes invernizas por las ventanas antiguas, las que me hacen pesar tanto la soledad. Y coleando de abandono me digo, otra vez, moriría sobre tu boca. Ahora.

Carolina Mattolini Ciurans

La luce della mattina entra dalla finestra, opaca, fosca. Giorno di pioggia, e le finestre appannate dal freddo mi fanno venir voglia di disegnare con la punta del dito un viso. Non il tuo. O una frase. Non ho vicini e mi piace il silenzio di questa casa. Ascolto il borbottio del caffè che esce, lo scricchiolare del legno vecchio, lo scalpitare dei piccioni sul davanzale e le foglie dell’acero che si strusciano al vento. Il rumore dei treni in lontananza. In quest’ultimo mese ho odiato il rumore del mondo. E anche quello dei miei pensieri e dei tuoi occhi, dopo. Mi chiedo come sei, perché non mi conosci ancora, o perché non vuoi conoscermi, fra le lenzuola bianche, fuori da queste pareti; sempre mi fai sentire piccola, esiliata in un angolo. Sempre devo rivendicare e rivendicarmi. Il tuo rumore molesto. Che copre la verità. Mi sono fermata e da qui mi ascolto e ascolto, mi abbraccio e parlo senza urlare. In questa casa niente ha un colore e devo darglielo di nuovo. Devo trovare anche nuovi nomi per le cose. Per i sentimenti. Per le persone. Mi dici sempre che le mie parole sono vere, o ci provano ad esserlo, anche quando solo lo stanno desiderando e non arrivano ad essere vere neanche per me. Voglio parole senza ambiguità, perché non ho più voglia di cambiarle. Non ho più tempo. Quando devi dimenticare i particolari contano. E’ da loro che bisogna partire. Voglio appoggiare gli occhi sulle pareti e dire casa, tu sei la mia casa. Appoggiarli su un uomo e dire amore, tu sei il mio amore. Appoggiarli sul mio tempo e dire vita, tu sei la mia vita. 

Guardarmi allo specchio e riconoscermi. Anche se non ho più gli occhi azzurri; sono grigi, forse sono malata. Davanti allo specchio, appena alzata, mi sento sempre come mi vedi tu, piccola e fragile, e vedo il mondo come in realtà lo guardo con la mente. Sfocato, poco vivace e a colori affievoliti, senza lenti. Non amo il mio caos che forma parte di quello del mondo. Non amo fluire, non amo riconoscermi ed abbracciarmi, perché quando ci provo sento di dirmi non sei quello che voglio, non sei quello che sono. Solo il resto di quello che ero.

Cerco di chiudere la porta al mio gusto orrido per il deragliamento, e non ci riesco. E sorrido al mondo perché so che mi farà male. E davanti al dolore ridiamo sempre nervosi. Ridiamo sempre stanchi. Ridiamo sempre senza respiro per affogarci da soli.

Smetto di guardarmi, mi lavo il viso e in cucina il caffè strabocca dalla macchinetta; macchia il ripiano bianco. Sempre sporco e mi dimentico di pulire, sennò arrivo tardi dappertutto. Mi verso il caffè bollente e nel silenzio mattinale sento il gorgoglio del liquido che si versa e prende la forma della tazza; le nuvoline di fumo mi ricordano che ho voglia di fumare. Con la tazza in mano, cammino di nuovo verso la camera, appoggiando bene i piedi per terra, perché è il modo corretto di camminare, si cammina così, e perché voglio sentire il legno ghiacciato sulla pianta dei piedi. La camera è buia, solo entra la retta di luce che la percorre in diagonale, passando sopra il letto dove stai ancora dormendo, fra le lenzuola disfatte, tirate dalla tua parte. Perché così di notte devo avvicinarmi a te per scaldarmi. In punta di piedi mi avvicino all’armadio e comincio a vestirmi. E ti sveglio, come sempre. Sempre faccio troppo rumore, starnazzo silenziosamente.

“Sei sveglia?” mi chiedi. Si, idiota.
“Si”.

Hai la voce assonnata, banale. Steso di schiena, sposti le braccia ai due lati delle costole, e fai pressione per alzarti, ti giri, mi fissi, ti stropicci gli occhi, mi guardi di nuovo. Con i tuoi occhi che accaparrano tutto il mio mondo.

“Perché ti vesti? Dove vai?”
“Fuori, a fare un giro. Una passeggiata. Qualcosa”.

Sembra come se anche i suoi occhi avessero cambiato colore, grigi come i miei, ammalato come me. Come se un giorno due occhi hanno un colore che non avevi mai visto; e tutte le cose terribili si riempiono di grazia. Anche le cose terribili su di me, anche le cose terribili sul carico che sento sempre la mattina, proprio in questa fascia oraria, che mi fa sentire pesante quando devo alzarmi. A volte non so se è il mondo, sempre così spento e grigio, annoiato e stanco, o se sono io che tento di svincolare. Dalla verità, dalla realtà, da me e te che non siamo niente di importante, ma siamo insieme. Dal dolore di non sentire il battito del mio cuore. Solo che ho iniziato per gioco e ci sto lasciando la pelle, ammaliata da tutta questa dolcezza che si rende irresistibile, ma si appiccica addosso e t’immobilizza, appena ti distrai. Forse, in fondo, non voglio che distrarmi.

“Perché? Avresti potuto svegliarmi… Dove vuoi andare?”
“Non lo so. Sai che ieri-“
“Non mi hai risposto” miagola. Odio quando mi interrompe. Odio quando trova importanti i dettagli. Io i dettagli li uso per dimenticare, lui per ricordarmi ogni giorno, ogni ora, ogni minuto, ogni secondo. Vorrei andarmene, senza dovermi giustificare, senza dover spiegare e affermarmi, senza pensare. Vorrei non sentire la punta di un dito piccolo piccolo, da bambino, affondare sul cervello, in tutti i punti. Non sempre riesco a riconoscerli tutti. Ma forse sono proprio queste sensazioni opache, angosciose, che s’insinuano come gli spifferi invernali dalle finestre vecchie, a farmi pesare la solitudine. E colando di abbandono dico ancora una volta morirei sulla tua bocca. Adesso.

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