Relat

Fugitivo

No me acuerdo de la hora exacta en que me llamó, apenas podía aguantar los ojos abiertos. Su respiración resonaba en mi oído, era realmente molesto, me estresaba, hubiese descolgado el teléfono de no ser por eso porque, realmente, pocas situaciones he tenido como esta, por no decir ninguna. Con Carlos ya se sabe, siempre está tramando algún lío y como no quiere quedarse solo, involucra a todo el mundo en su nueva estúpida locura, así no es el único que queda como un idiota… No sé quién lo es más, si él o nosotros. Éramos una raza superior al esclavo, éramos la sangre guiada por el cerebro de Carlos: si él quería levantar el brazo izquierdo, nosotros nos sacrificábamos para levantarlo. Era muy curiosa su actitud… Su fuerza despertaba en nosotros, sus “seguidores”, y nos hablaba como parte de su sangre, como un músculo de las piernas que le permitiera andar… No me preguntes cómo nos convencía, te podría decir cualquier cosa y no me equivocaría pero no tendría razón, era algo fuera de lo racional. Su ímpetu resonaba en nuestras estrechas cabezas, y aunque nuestra consciencia defendiera lo que la sociedad había estipulado sobre el bien y el mal una y otra vez, la voz de Carlos era superior, un gigante, realmente. Bueno, me llamó Cristina, pero era sobre Carlos. Otra de las suyas. Obviamente. No pude escuchar bien lo que decía porque estaba medio dormido y no quería oírlo, quería que se callara, pero esta vez tuve una sensación diferente a las demás, quizá la intuición, quizá el extraño relente del exterior. Lo que sí sabía, no sé cómo, es que no iba a ser cualquier cosa, la historia no acabaría siendo un juego de niños…Y no acabó así.

Las farolas aún estaban encendidas; no transmitían calor, sin embargo. El piso de Carlos, el único con la luz puesta, se hacía cada vez mayor a mi paso. Yo allí tiritando, muerto de frío, con el pijama aún puesto. Esta vez me va a escuchar, me decía, esta vez me va a escuchar. No fue así, de hecho nunca hubo forma de que escuchase, su manera tan sorprendente de explicar, de expresarse, de todo al fin y al cabo, resquebrajaba tu discurso y lo dejaba en el suelo, hecho trozos de cristal. Su voz hacía añicos cualquier cosa, realmente. Nadie en las calles.

Subí, 11 pisos. A medida que los subía, el sueño, la mala hostia, el cansancio, el desprecio hacia la irracional locura rutinaria de Carlos crecían en mí, hinchaban todo el espacio, parecía que de un momento a otro iba a detonar. Me vino a la imagen un orangután saltando y chillando salvajemente (no me preguntes por qué), destrozando todo a su alrededor. Aquella imagen no me ayudó mucho. Esta vez se va a enterar Carlos, esta vez se va a enterar. Llegué, la puerta estaba abierta. Por si acaso la cerré, mejor que los vecinos no sepan nada. Pestillo cerrado. No había nadie en el pasillo, oscuridad. El rechinar de unos finos murmullos me ayudó a localizarles. Ahora otro pasillo me separaba de ellos; podía escuchar “Carlos, déjalo estar, es una locura, estás como una cabra”. Estaba claro, no me había equivocado de casa.

Allí estaban, Cristina, Juan, Marta y, cómo no, Carlos, juntos en la habitación, cuyo colchón estaba reposando en la pared incómodamente, como asfixiándose. En la parte superior tenía incoporada una estructura de metal muy extraña.

—Carlos, ¿qué haces?

—Ayúdame, diles que me hagan caso.

—Esta vez se le ha ido demasiado.

Un largo, ancho, profundo, vanamente tranquilizador respiro.

—A ver, ¿qué coño estás haciendo?

—Fíjate —señalaba encima de su desorganizada mesa de estudio una especie de motor alargado, con una pequeña hélice. Al principio no sabía de qué era, no soy aficionado a estas cosas aunque era bastante evidente, además el estupor fue demasiado grande para mí, me quitó el oxígeno de golpe. —Es un motor de lancha, he modificado la cama para que se conecte a ella, es largo de explicar, pero vamos a navegar, ¿te lo puedes creer? ¡Vamos a navegar!

…Me mató, te lo juro, en los segundos que engullí esas palabras morí y resucité unas tres veces. De repente me alejaba de aquel foco de realidad, caía en un pozo completamente negro y toda la habitación se reducía en la oscuridad, huía de mí, o mejor dicho, yo huía de ella, pero justo en el momento en que iba a desasirme de la vida escuché un “!Ayúdame, vamos!” que me hizo recobrar el aliento a la vez que una sensación flatulenta y de descomposición, como si todos mis órganos estuvieran componiendo una sinfonía de eructos; me crecieron unas tremendas ganas de expulsar toda mi cena. Si hubiese sido así, que ojalá hubiera sido, me hubiese hundido en mi estanco, allí, donde la suma ignorancia se consagra como santuario, donde todo el mundo se aleja con mala cara y decide ubicar su mente en sus estúpidas vidas con sus estúpidos problemas. De verdad, cómo hubiese deseado ser ése vómito que no salió, escupir tanta realidad sobrecargada. Me mareé, cuesta entrar en la realidad cuando te das cuenta de que sobresale de sí misma. Y todo esto mientras oía: “¡Vamos a navegar!”

…A navegar…A navegar…He modificado la cama…Navegar…Bueno, dejémonos de historias, Carlos y su cama. Carlos quiere coger la cama, llevarla al mar y navegar. Con un motor de lancha. Vale. Sí, creo que empieza bien la noche. Una pregunta:

—¿Y cómo piensas sacar tu cama fuera?

—Cómo vamos a sacar nuestra cama, dirás. Pues fácil… —y con el clásico ímpetu que lo caracteriza arrastró el colchón por el pasillo, el comedor, el balcón y directamente abajo. El impacto elevó la tierra que presenciaron nuestros ancestros, su fuerza se extendió más allá de los viejos ladrillos de los edificios vecinos. Un golpe seco. Se acabó. Problema resuelto.

No pude aguantarlo más, exploté:

—No, Carlos no, se acabó, estoy cansado, no he dormido ni una hora, tengo frío, ¿y ahora dices que vamos a navegar? No te lo crees, estoy hasta los huevos de ti, ya estoy harto, harto, no quiero verte, no quiero hacer una estúpida gilipollez más, no pienso hacer nada, quiero dormir, quiero descansar Carlos, no pienso ir a navegar ¿te queda claro? ¿Lo has entendido, eh? Pues ni si te ocurra decirme algo, no, cállate, estoy harto, me voy, no pienso hacer nada más por ti, nunca más, ¿me oyes? Nunca, nunca más, adiós.

…Al principio nos costó intercalar el motor en la cama, pensaba que lo íbamos a dejar (y cuando digo esto quiero decir que Carlos pensaba que lo iba a dejar), pero al final pudimos incrustarlo y ponerlo en marcha. Ahora sólo falta arrastrarlo hasta el mar (pero elevándolo, sin que el motor sufra algún daño). Después, a navegar. Mucho tiempo necesité para tomar consciencia de lo que hice en aquel momento, es más, creo que en ese momento me perdí, me encontré en un estado de ausencia sobre mi mismo, quizá el sudor, el olor de un presentimiento amargo, el extraño relente. Quería hablar con Carlos, no sabía qué preguntarle, simplemente buscaba algo donde encontrar una lógica, una simple coherencia donde sujetarme, pero tenía miedo de lo que me iría a responder, realmente. A saber lo que me hubiera dicho.

Gasté mi alma. La arrastré por todo el maldito camino. Maldita playa, ¿por qué siempre estás tan lejos? ¿Por qué no esperamos a poner el motor aquí? Maldita noche, maldita cama, maldito Carlos. Sobre todo maldito Carlos. La maldita arena amortiguó mi maldito culo sudoroso, por poco cae la cama, por un momento lo deseé. La tenue luz de las farolas a través de los tejidos de arena se perdía, ramificándose, hasta la profunda negrura del mar. El único que no estaba cansado era Carlos, que desafiaba aquella oscuridad en el silencio; después, con un ¡Vamos! Tiró de la cama (nosotros nos arrastramos) y cuando el agua llegó a la altura de nuestra cintura la dejamos suavemente. Y encendimos el motor. Funcionaba. La maldita cosa funcionaba. Increíble. Estado de shock. Hice una breve y estúpida risa, puse el culo en la punta izquierda de la…”proa”, arrastré mi cuerpo hacia atrás. Funcionaba. Me morí de risa, te lo juro. Todos me miraron, cuando se subieron encima ninguno podía aguantarse la risa. No se hundía, la maldita cama funcionaba, estamos navegando, a las 4 de la mañana hemos cogido una cama, la hemos tirado desde una distancia de 11 pisos, hemos conectado un motor de lancha en ella, la hemos llevado hasta la playa y ahora estamos navegando en ella. Fue increíble. Parecíamos un grupo de estúpidos borrachos rematados.

Con el efecto laxante de nuestro espasmo, nos distanciábamos de la orilla. Estábamos viviendo algo que no creíamos, pero la vista no engañaba, caímos en un cuento de fantasía que no escapaba de la realidad. No sé cuánto tiempo tardamos en decirnos algo, cuerpo y mente estaban lejos. De repente me desperté con un miedo que impactó en mi columna: ¿A dónde nos dirijimos?

El resto despertó. Carlos ya lo estaba, me miró extrañado: —¿Qué a dónde nos dirijimos? Yo que sé, lejos ¿por qué tenemos que dirigirnos hacia algo? ¿Prefieres quedarte aquí? Venga… Ya no aguanto más esta ciudad y todos sus creídos, quiero hacer lo que me dé la gana. Fuera, lejos, muy, muy lejos de aquí. —Y empezó a reírse.

Silencio

No me lo esperaba. Tienes que volver en ti, piensa, piensa…

—No, no, no, a ver. ¿Tú te estás oyendo bien, eh? O sea, tú eres tonto, ¿verdad? ¿Pero qué leches quieres buscar fuera? Y encima ahora. Es… eres…no hay nada. Repite conmigo: fuera-no-hay-nada. Venga vámonos —Sé que duró unos segundos, esto sí que lo sé, pero en mí transcurrió el tiempo necesario para erizarme la piel y sentir el olor de las olas envueltas en un disparo directo hacia mi consciencia: Pero os tengo a vosotros.

Bum. Otro golpe: caída al pozo: completa oscuridad: me alejo. El frío tacto de una ola en mis pantalones me hizo volver, salí catapultado a la realidad y, de donde estaba antes, saqué un impulso que no había sacado hasta aquel momento.

—No, no, no, no, no. Lo siento Carlos, pero no, lo siento.

Me levanté.

—¿Pero qué haces? Aquí sí que no encontrarás nada, te estoy salvando.

—Perdona, ¿a esto lo llamas “salvación”? Me estoy convirtiendo en un esclavo tuyo, Carlos, de hecho lo he sido durante todo este maldito tiempo, pero ya no. —el mar reflejaba la noche, un salto al vacío. Noté su mano en mi espalda, como si quisiera impedir que me alejara. Una garra suave y amigable acompañada por una voz: Este es nuestro refugio, aquí estás a salvo. Me giré, por una vez en la vida lo vi débil.

Carlos, déjalo, no puedes huir todo el tiempo, sí que puedo, no puedes, sí que puedo, que no, que sí, que no, que sí, no, sí, no, sí, no, sí, no, no, sí, ¡Ajá!, ¡Carlos, joder! Esto no es una broma, esto es la vida, no es un paraíso, quizá sea lo peor que exista, pero se puede cambiar, no se puede cambiar, no empieces eh, se puede cambiar si te sacrificas, hay que sacrificarse Carlos, si no, no hay nada, madura.

Pocas veces he visto una mirada de rabia y tristeza juntas. El frío de sus ojos me hizo retroceder y todos mis argumentos cedieron en un rumor silencioso; mi base, de repente, era insegura. Todos estaban levantados. Por una parte me defendían, por otra me reprochaban. Quien ganase se llevaba el premio: no quedar solo.

—Tu única oportunidad de ser tú mismo, de ser un hombre, y vas y la pierdes. Tú eres el que huye, admítelo, tienes miedo de hacer lo que te de la gana, en el fondo eres un cobarde. No seas idiota, ¡sal del cascarón!

Pero en aquel momento vi la luz:

—No, yo no tengo miedo de eso, tú me das miedo, ¿cómo voy a saber si seré feliz contigo?¿Cómo? Estoy… harto de hacer todo lo que quieras, ya no aguanto más y… y realmente, este lugar que tanto odias puede ser algo más, y tu pasas. Di lo que quieras de mí pero tú tampoco haces nada, huyes. Simplemente haces eso, huyes. Tú eres el cobarde. Lo siento.

En el agua vi mi rostro. Quien saltaba era Yo. Me tiré, frío. Mucho frío. Mucho. No me atrevía a pensarlo más, no me atrevía a mirar atrás, había tomado una decisión y no pensaba retroceder, nunca mirar atrás. Tenues luces y la orilla se abrieron como una brecha que surgía del mar, en eso que me acompañaban unas olas que golpeaban mi espalda y nuca. Por los jadeos sabía quiénes eran, pero había uno que faltaba. Romper una decisión: miré atrás. Allí estaba, con la contención de un chillido, sujetando demonios de ira en la garganta, pero con la blanca cara de un traicionado que se veía desde lejos, resaltando el paisaje oscuro. Después, el gran pozo de completa oscuridad me lo arrebató de la vista.

Estas son las últimas imágenes que tengo de él. Carlos cruzando el abismo y nosotros volviendo a nuestro esclavo “refugio”. No me siento culpable, sin embargo he perdido algo de mí. Aprendí de él cómo desplazar nuestro mundo de repeticiones, buscar alguna aventura y dar color a algo que no sabíamos que existía. Carlos nos dio una manera relativa de vivir, pero yo era incapaz de seguirla, por miedo. No estoy satisfecho conmigo mismo. A veces creo ver su sombra cuando estoy solo y contemplo el mundo desde la ventana. ¿Quién sabe? Quizá algún día tenga ganas de salir de aquí, por el mero gusto de sentirme estúpido, estúpidamente, levemente, increíblemente, fantásticamente, terroríficamente, libre.

Sergi Saranga Reguera

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