Ressenya

PELIRROJO Y JOROBADO: el honor del deshonrado

Retrato de Juan Ruiz de Alarcón.  Extraído de Wikipedia

Retrato de Juan Ruiz de Alarcón.
Extraído de Wikipedia

El autor del que voy a hablaros ahora fue conocido en su época por un talento que revolvió de envidia las tripas de sus compañeros de pluma. Como una biografía es un cóctel entre lo que unos bien y otros mal dicen de alguien, y demasiadas veces suele ganar lo bueno por educación o por querer esconder trapos sucios, vamos a faltar a las formas. Comenzaremos haciendo una lista de animaladas, más o menos ingeniosas, que a nuestro hombre dijeron o hicieron algunos de sus contemporáneos:

  • Quevedo le escribió un poema titulado “Corcovilla”, dedicado íntegramente a ridiculizar sus deformidades físicas: « ¿Quién con las corcovas juntas / forma una cola de gato? / ¿Quién es el propio retrato / de Y griega que es una horquilla? / Corcovilla.». Entre sus crueles septetos, el autor lo acusa también de tener la piel cubierta de bultos y llagas; de ser un licenciado mediocre y un mujeriego empedernido («trae el alma en alcobas»).
  • Otro poema, una seguidilla anónima, no sólo confirma esta mala fama, sino que añade que sus éxitos entre ellas se debían a su dinero («por doblón de dos caras / me tienen todas, / y por eso se huelgan / con mis corcovas»)[1].
  • En la línea de Quevedo, otros más consagraron sátiras a su aspecto: lo llamaron «Don Cohombro de Alarcón, / un poeta entre dos platos» (Tirso de Molina), «camello enano con loba[2]» (Luis Vélez de Guevara) y «hombre que de embrión / parece que no ha salido» (Pérez de Montalbán).
  • Lope de Vega pasó directamente a la “acción armada”: durante una representación de El anticristo, comedia religiosa de nuestro protagonista, el Fénix de las letras españolas colocó entre el público una especie de jarra llena de un líquido apestoso que ahuyentó a los espectadores, que se creían envueltos en los miasmas del Apocalipsis.[3] Góngora, por su parte, no sólo recordó este episodio, sino que lo resumió en un soneto[4].
  • Seguramente, la ofensiva más humillante nació de la palabra de Suárez de Figueroa. Éste, en su obra El pasajero (1617), retrata sin dignarse ni siquiera al más mínimo disimulo a un Ruiz de Alarcón recién llegado a Madrid mendigando un cargo público con que ganarse el pan[5]: lo llama «jimio en figura de hombre, corcovado imprudente […], dejado de la mano de Dios» e insta a excluir de los oficios representativos a los feos como él, los «sujetos menores de marca», ya que no pueden «representar autoridad con la persona».

¿A qué viene tanta rabia? ¿Qué hizo aquel pobre hombre casi parapléjico, pelirrojo y bajito[6], para que muchos de sus mejores compañeros de profesión volcaran en él su veneno más salvaje?

Que tuvo una maestría completamente original al hablar sobre uno de los peores vicios españoles: el de la obsesión con el honor y el «qué dirán», la imagen social. Y no deja de ser relevante que esto lo hiciera alguien de quien no hablaban precisamente bien.

El honor: en el siglo XVI muchos solían matarse por él o por el de su familia. No fue algo que se acabara con el tiempo y, aunque se haya ido perdiendo con los años, tampoco estoy cien por cien seguro de que no habite entre nosotros —españoles o no— con otro cuerpo y otra cara. En 1885, casi trescientos años después de Alarcón, Clarín señaló que la sociedad española poco había cambiado desde entonces, cuando escribió el duelo y la patética muerte por tiro en la vejiga del marido viejo y deshonrado de la Regenta de Vetusta.

Debido a su vocación política y a motivaciones reformistas que piden una explicación que no cabe en esta reseña, Alarcón quiso elevar la mentalidad de una sociedad idiotizada por el sentido del ridículo, que según Pío Baroja es el único sentido sano que tienen los españoles.

Y lo hizo con una fórmula innovadora: la comedia de caracteres.

Alarcón, como buen comunicador, partió de una plataforma que sabía de antemano que funcionaría: escribir comedias según los preceptos de Lope de Vega, que habían revolucionado el teatro español dando lugar a obras eficaces, rápidas, regidas por las travesuras caprichosas del amor y la fortuna y los conflictos de honor y honra, cargadas de canciones y bailes, sin mucha más intención que la de entretener y evadir. Taquillazos, éxitos comerciales de un visionario estupendo.

Pero como no se puede hacer una tortilla sin romper algunos huevos, el pelirrojo tuvo que deformar un poco este método para adaptarlo a su propósito: las obras serían dinámicas, entretenidas, fáciles de disfrutar, en resumen, pero esta vez no iba a ser la trama lo que nos mantuviera pegados a la butaca. Ya no era serio que el corazón de la obra fueran los líos de faldas y los enredos. El problema a desarrollar está dentro del personaje, del individuo, cuya actuación moral es más poderosa que el azar y los enredos: él mueve la historia al compás de su conducta.

De ahí nace la obra más aclamada de Ruiz de Alarcón, La verdad sospechosa. Don García, el protagonista, joven recién llegado a la corte de estudiar en Salamanca, es un galán ejemplar. Apuesto, seductor, inteligente, valiente, dispuesto a defender su honra con la espada si hace falta. Sólo un defecto corrompe su carácter estropeando todo lo anterior: tiene la manía, el vicio incontenible de estar siempre diciendo mentiras. Su padre, el noble don Beltrán, se entristece mucho al enterarse de esto, pero en lugar de reprimirlo decide dejar que los acontecimientos pongan al joven en su lugar.

A partir de ahí, don García levanta un torbellino de problemas que siempre tienen una raíz común: la mentira. El joven galán conoce a dos damas, Lucrecia y Jacinta, y debido a una confusión se enamora de la segunda creyendo que se llama como la primera. Ese es el único momento en que el azar interviene, porque de ahí en adelante nadie riza el rizo más que él mismo: sus fanfarronerías le llevarán a hacerse pasar por indiano[7] rico, a poner celoso y a ganarse un duelo con el amante legítimo de Jacinta y, lo que es peor, a engañar a su propio padre. Don Beltrán, ya desesperado, decide casar a su problemático hijo antes de que el desprestigio lo desacredite ante el mundo, pero él, para evitar que este enlace le impida cortejar a Jacinta, le cuenta que ya está casado porque lo hizo en secreto en Salamanca. Absurdo tras absurdo.

El desarrollo a partir de ese punto se lo dejo al lector, que si le ha dado por leer esta reseña es por curiosidad y no es cuestión de matársela contando la obra entera. Sí que es necesario saber que, como todos deseamos desde buen principio (reconozcámoslo), al final don García recibe el castigo que él mismo ha estado labrándose. Aunque no es un castigo completamente malo, porque esto no es una tragedia, sí es ejemplar, porque es profundamente irónico. El momento en el que el galán no se sale con la suya es justamente cuando, por necesidad, se ve obligado a decir la verdad, ya que «del que mentir acostumbra / es la verdad sospechosa».

Los embustes de don García anulan su voluntad, le quitan uno de los derechos sociales más importantes: la credibilidad y la confianza. Los demás se sienten tan humillados por él que lo ven sólo como un aspersor de mentiras más que como un ser humano, aunque la realidad no sea del todo ésta. ¡Pero es que se lo ha ganado a pulso!

Cabe destacar, por otro lado, la revaloración que Alarcón hace del personaje del gracioso, personaje típico de la tradición teatral en la que irrumpe Alarcón: el Tristán de La verdad sospechosa. No teje y desteje enredos a favor del galán, como hacía en las obras de Lope, ni falta que hace, porque para eso ya se las arregla solo don García. El gracioso aquí es un confesor cercano, más que un cómplice obediente. El criado Tristán se da cuenta de las mentiras de don García, lo advierte, le propone alternativas, aunque sirvan de poco o de nada.

Llegados a este punto valdría la pena preguntarse si la falsedad de Don García es espontánea. ¿No es un producto exagerado, un monstruo parido por una sociedad enloquecida?

Dice él mismo en la escena 8 del acto primero: «Quien vive sin ser sentido, / quien sólo el número aumenta, / y hace lo que todos hacen, / ¿en qué difiere de bestia?».

No hay que pasar por alto que don García vive en la España del Siglo de Oro, en una sociedad presa de la enfermedad de la honra y sus escrúpulos. Nos acaba de confesar que la motivación de sus mentiras es la sed de reconocimiento. Y es que los personajes de los que vive rodeado se muestran extremadamente preocupados por la limpieza de su nombre: el padre mentido amenaza con el repudio absoluto del hijo; el galán burlado, con la muerte a hierro. Donde la palabra es la única garantía del honor, el que juega con ella y la pervierte con la mentira se convierte en un peligro público.

Del querer que los demás piensen que tu nombre es el más decente a querer que piensen que es el mejor sólo hay un paso. En este sentido tendríamos que intentar, si bien no justificar sus acciones, sí comprender un poco mejor a don García.

Es posible que si Juan Ruiz de Alarcón no hubiera sido un genio bajito, deforme y pelirrojo, no habría llegado a escribir esta comedia. Alguien de quien se burlan por los rincones de Madrid, ya sea por envidia o por jugar al ingenio, no puede tomarse demasiado en serio su honor. Si lo hiciera, probablemente acabaría muerto o matando, y muy probablemente él estaba por encima de eso. Cuando uno pierde la vergüenza, pierde las precauciones y, aunque muchos fueran por ahí tapándose, Ruiz de Alarcón alzó la voz para decir que el único honor posible y sostenible es el de vivir dignamente. Eso, y no un juego de pornografía emocional y de colgarse medallas que, por otro lado, no debería hacer daño a nadie, porque el único tiempo que merece que le dediquemos es el que tardamos en reírnos de él.

Víctor Doló

[1] CASTRO LEAL, ANTONIO. Juan Ruiz de Alarcón, su vida y su obra. México, Cuadernos Americanos, 1943.

[2] Loba: sotana, vestidura talar. Se debe referir simplemente a un vestido oscuro, puesto que no hay noticias de que Alarcón se dedicara al sacerdocio en ningún momento de su vida.

[3] M. MÉNDEZ, LENINA. Juan Ruiz de Alarcón y las fuerzas del mal. Xalapa, Universidad Veracruzana. 2009.

[4] Todo incluido en la carta de Góngora a Fray Hortensio Félix Peravicino fechada en el 19 de Diciembre de 1623, publicada parcialmente en la Biblioteca Virtual de Andalucía. El soneto no se ha publicado, al menos de forma accesible.

[5] BERISLAV PRIMORAC. Las luchas literarias y el estreno de El Anticristo de Alarcón. El escritor y la escena : Actas del I Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro (18-21 de marzo de 1992, Ciudad Juáez), México, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 1993

[6] CASTRO menciona su “corta estatura” y su “barba rala y bermeja”. En la época, los pelirrojos eran considerados personas de mal agüero.

[7] Indiano: persona que regresaba de trabajar en los territorios españoles de América, normalmente habiendo amasado una gran fortuna, para residir en la metrópolis.

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