Relat

Rebel against the flash and the bone, the world of the blood, the wily skin…

Alguien un día me dijo: «Empieza con “y pisé una mierda” ».

Y he pisado una mierda. Joder, pienso, caminando por la calle. La ciudad vive alrededor mío pero fuera de mi mundo; y las nubes se hacen ligeras y doradas con la luz del sol que cae. Se prepara la noche. Y, a veces, parece que tus pasos sean sólo tuyos, y los brazos sólo tuyos, viandante entre calles desiertas en una jungla de cemento, y que todo lo demás no te pertenezca y tus reclamos sean simplemente abusos no debidos.

Me limpio con la grava de una maceta al lado de la calle. Cuando no puedes compartir tus momentos, todo se hace embarazoso y ridículo, aunque uno, a menudo, ya sabe que las personas ni siquiera te miran más. Este entorno es sólo un contenedor sin pulsión.

La mierda, una persona la pisa como mínimo un par de veces, así como tropieza un par de veces con una piedra. En un momento mi marcha se hace pesada y siento llamaradas frías que me recorren todo el cuerpo. Y la luz se afloja y se vuelve blanca. Y las orejas empiezan a pitar, y me siento lejana, lejana dentro del valle de las polvaredas, la gola seca y el enflaquecido movimiento.

Abres los ojos. Abro los ojos, lentamente, los contornos blanquecinos que van definiéndose. Delante de mí hay una persona, y no sé quién es. Me pregunta si estoy bien. Y yo que me siento como si el instinto estuviera despierto y que la mierda que acabo de pisar estuviera prácticamente en todas partes.

Me ayuda a levantarme, y me dice que preferiría no dejarme sola porque no está seguro de que esté bien. La cabeza me está torturando y no quiero que se quede conmigo; por alguna razón, tengo la sensación que no debería estar allí, y que el universo está haciendo un error, un grave error, en desafiar dos soledades comunicantes. Tal vez deberías irte porque no te necesito, pienso; pero no logro decírselo, no tengo voz, sólo se mueven mis labios bailando la canción de las palabras nunca dichas.

Así que vamos a caminar juntos por un rato. Y yo en mi silencio involuntario pero necesario; y él continua mirándome con dulce superioridad.

En el olvido de esos momentos acuerdo: Sublevate a las leyes de la luna y al parlamento del cielo. Pero yo sé que no soy capaz de ello. Porque no entiendo a las personas. Que la luna dicte sus leyes y el cielo legisle la vida del mundo. Porque la oscuridad es hermana de la luz pero dominadora del hombre. Cuando pienso al mundo, pienso a las personas. Y a las experiencias personales que son intransferibles o, por lo menos, consideramos que sea un derecho que se queden intransferibles. Lo es, pero a menudo confundimos nuestra vida con trozos de la vida de los demás y montamos sus caballos y utilizamos sus monturas, actuamos sus partes del guion. O del guion de lo que debes y quisieras ser y deseas fuertemente ser para afrontar y sobrevivir a los espasmos continuos del hombre. Soy sombra entre las sombras y mientras tanto mi vida, ofendida y un poco desatendida se encuentra una noche desnuda y con una duda atroz en el medio de la calle. Perdiendo de vista la única razón por la cual vale la pena pagar, es decir, perseguir el viento que te llama con tu nombre, con todas las consecuencias del caso.

Pero después empiezas a perder incluso algo que te servía y sin lo cual aprendes a vivir, pero en la turbia angustia de la pérdida el viento para de soplar. ¿Y si el verdadero desperdicio de nuestras existencias fuese coger, por casualidad, algo que se encuentra y perder algo a lo cual estamos destinados? Distraídos por la certeza que en cualquier caso, siendo nuestro, se podrá volver a encontrar…

Solamente cabalgando el propio caballo se hace frente a la larga llanura y el trayecto de cada uno es la sola versión de los hechos, que en la rendición de cuentas te ayuda a quedarte tranquilo. He perdido mi caballo. He perdido el viento que me llamaba con mi nombre. Estoy atravesando la vida a voleo en la oscuridad de la noche con la luna alta, sin entender nada pero sintiéndolo todo.

Carolina Mattolini Ciurans

Qualcuno una volta mi disse: «Comincia con “e pestai una merda”».

E poi ho pestato una merda. Cazzo, penso, camminado per la strada. La città vive intorno a me ma fuori dal mio mondo; e le nuvole si fanno leggere e dorate con la luce del sole che cala. Si prepara la notte. E a volte sembra che i tuoi passi siano solo tuoi, le tue braccia solo tue, viandante fra strade deserte di una foresta di cemento, e che tutto il resto non ti apparenga e i tuoi reclami siano solo sopprusi non dovuti.

Mi pulisco con la ghiaia dentro a una fioriera al lato destro della strada. Quando non puoi condividere i tuoi momenti tutto si rende più imbarazzante e ridicolo, anche se uno spesso sa che le persone neanche ti guardano più. Questo intorno è solo un contenitore senza pulsione.
La merda una persona la pesta come minimo un paio di volte, così come inciampa un paio di volte con una pietra. In un momento la marcia si fa pesante e sento vampate di caldo e freddo che mi percorrono tutto il corpo. E la luce che si affloscia e si fa bianca. E le orecchie cominciano a fischiarmi, e mi sento lontana, loantana dentro la valle delle polveri, la gola secca e l’estenue movimento.

Apri gli occhi. Apro gli occhi, piano, i contorni biancastri che vanno definendosi. Davanti a me c’è una persona. Non so chi sia, mi chiede se sto bene. E io che mi sento come se l’istinto fosse sveglio e che la merda che ho pestato adesso sia praticamente dappertutto.
Mi aiuta ad alzarmi, e mi dice che preferirebbe non lasciarmi da sola perché non è sicuro che stia bene. La testa mi sta torturando e non voglio che rimanga con me; per qualche motivo, ho la sensazione che non debba essere lì, e l’universo stia facendo un errore, un grosso errore, a sfidare due solitudini comunicanti. Forse dovresti andartene perché non ho bisogno di te, penso. Ma non riesco a dirglielo, non ho voce, solo si muovono le labbra ballando la canzone delle parole mai dette.

Quindi cammineremo insieme per un po’. E io nel mio silenzio involontario ma necessario; e lui continua a guardarmi con tenera superiorità.

Nell’oblio di quei momenti ricordo: Ribellati alle leggi della luna e al parlamento del cielo. Ma so di non esserne capace. Perché le persone non le capisco. Che la luna detti le sue leggi e che il cielo legisli la vita del mondo. Perché il buio è fratello della luce ma domestica dell’uomo. Quando penso al mondo penso alle persone. E alle esperienze personali che sono intrasferibili o, perlomeno, riteniamo che sia un diritto che restino intrasferibili. Lo è, ma spesso confondiamo la nostra vita con spezzoni di quella degli altri e cavalchiamo i loro cavalli e usiamo le loro selle, giriamo le loro parti di copione. O del copione di quello che devi e vorresti essere e desideri fortemente essere per affrontare e sopravvivere agli spasmi continui dell’uomo. Sono ombra fra le ombre e, nel mentre, la mia vita, offesa e un po’ trascurata si ritrova una sera nuda e con un dubbio atroce nel mezzo alla strada. Perdendo di vista l’unico motivo per il quale vale la pena pagare, e cioè inseguire il vento che ti chiama per nome, con tutte le coseguenze del caso.

Ma poi cominci a perdere addirittura qualcosa che ti serviva e della quale poi impari a farne a meno, ma nella turbia angoscia della perdita il vento smette di soffiare. Ma se il vero spreco delle nostre esistenze fosse prendere, per caso, ciò che si trova e perdere ciò che ci è stato destinato? Distratti dalla certezza che comunque, essendo nostro, si possa ritrovare…
Solo sul proprio cavallo si affronta la lunga pianura e il tragitto di ognuno è la sola versione dei fatti che nella resa dei conti mette l’animo in pace. Ho perso il mio cavallo. Ho perso il vento che mi chiamava per nome. Sto attraversando la vita a palpi nel buio della notte con la luna alta, senza capire niente ma sentendo tutto.

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