Relat

La ciudad, la carretera, nosotros

¡Por fin algo útil ! Una libreta y un boli. Por fin. Ahora podré divertirme solo, lejos de esta chusma, y dejar testimonio de esto. Tengo muchas cosas que decir, no sé por dónde empezar. No me acuerdo mucho de escribir y menos de la ortografía, pero bueno. Vivo en una cárcel que me limita y me define, pero ese espacio que hay más allá, oscuro, también me define. Soy y no soy. Suma y resta. Somos un cero imperfecto, una unión de contrarios inexacta. Para mí solo hay ironía y mentiras. No nací para esto y dudo que alguien sí. Yo no quería seguir lo que me decían y lo hacía, tan patéticamente como todos los demás… Y son “felices”. Me he encontrado un trozo de espejo tirado en medio de la calle, le contradigo, le digo que no soy yo, no estoy de acuerdo con él. Me leo y me doy cuenta de que estoy como una cabra, sueno estúpido, mejor que me vaya a dormir, mañana será otro día. Es horrible dormir sin una cama.

Nos despertamos en la calle. No me acuerdo del día en que estamos y siempre me despierto con frío. La carretera es una tumba que nos empuja a una caída libre horizontal. Alrededor, las tumbas verticales de siempre, el arrastrar de nuestros pies que rompen el silencio, el hambre de buena mañana. Desvarío, creo que estoy enfermo y no sé cuando empecé a estarlo. Quizá sí lo sepa, llevo años aquí, en el exterior. La gente de los edificios nunca nos miran: somos seres separados por el cristal que les hace de cárcel. Pero viven mejor, joder si lo hacen. Se creen superiores, más inteligentes.

Yo tuve amigos que estuvieron, pero te echan enseguida. Se desviaron del grupo, son unos traidores que por unos días fingieron tener ideales, luego se transforman en esos seres que desfilan por el pasillo como un “feliz” más del gran reloj de la sociedad. Yo conseguí un empleo hace mucho, lo admito, al cabo de un mes me denegaron la entrada, sin avisarme, sin compensación alguna, pero no quiero hablar de ello. Te hacen sentir importante, te hacen sentir alguien y luego te escupen. No nos miran, se creen superiores porque tienen un cristal que les protege de sus miedos: nosotros. Quizá sí que esté enfermo, quizá sí, pero es culpa culpa suya. En cada oficina hay una cama.

Por desgracia, me acuerdo de muchas cosas. Yo me crié, como todos, en uno de esos grandes edificios. Crecí, como todos, con la esperanza de alcanzar mis sueños y llegar a ser alguien. Crecí ciego ante el exterior, sin pensar que la carretera iba a ser la cuna de mi adolescencia y mi tumba, con los ojos vendados y yo creyéndome todo lo que me decían como la única verdad posible. No comprendí por qué acabé aquí, donde estoy ahora. Eso se debe a lo que no soy, no soy un escogido.

Llevo siete años, no, más, caminando en esta tumba que me causa vértigo sólo de contemplarla. Camino hacia ningún lado, todo esto es absurdo. Si no hay edificios, mal; si hay, también. La gente no nos quiere y eso simplemente porque no nos ha tocado, no somos los privilegiados, somos la mugre que les permite establecer diferencias, ellos siempre han sido y son iguales. Pero cuando son desterrados aquí… Oh. La mayoría se suicida o cae derrumbada por el alcohol y, acabando con sus “felices” recuerdos, acaban consigo mismos si no los matamos… Me encanta. Me encanta ver cómo lloran. Es fascinante verlos pasar, verlos en general. Hay algo en esos trajes o en esa forma de caminar, no sé, esa “elegancia”, que les hacen parecer unos gigantes y yo alguien que no merece pan. Es triste que me exprese mejor delante de un papel en blanco que delante de una persona.

Tienen miedo de mí, lo sé, con su indiferencia presentan su diferencia hacia nosotros, pero me tienen miedo por eso mismo, hacen ver que no estoy porque verme significaría una rotura de su “feliz” filosofía del mundo y de su persona. Sus no-acciones afectan más que otra cosa porque lo mínimo que pueden hacer por nosotros es mirar al exterior y eso es exactamente lo que no hacen, mirar al exterior. Vuelvo a desvariar otra vez pero aquí es normal volverse loco. Yo de milagro conseguí entrar en uno de esos edificios, pero no quiero hablar de ellos. Bueno, duré cuatro semanas pero no quiero hablar de eso.

Somos siete, ayer nueve, antes muchos más. Poco a poco nos fuimos desocupando de la gente a medida que nuestra hambre aumentaba, el maldito cansancio hacía que la muerte fuera algo más apetecible. Cuando uno moría… bueno, es mejor no hablar de ello. Nos ayudábamos entre nosotros y nos desahogábamos. Hemos implorado, hemos llorado, golpeado la entrada de cada edificio, sus cristales. ¿Es irónico, no? Yo también soy esclavo de esos estúpidos cristales. Fuimos violentos, el hambre nos empujó a sacarlos de allí con las manos sucias de rojo y cristales en nuestras manos, se los hacíamos comer, era otra forma de desahogarnos. Pero no estamos solos en la carretera: cuando alguien del edificio está en peligro los llaman y con sus porras pierden toda piedad por nosotros. Cuando ellos están en peligro sí, cuando es entre nosotros se quedan mirando, esta vez sí, disfrutando en su interior y desaprobando la situación entre ellos con su vulgar hipocresía, así es esa gente. Se hacen llamar “pragmáticos” o “racionales” o “los buenos”, nosotros los llamamos los “felices”. Son lo peor que he visto, prefiero seguir así, aunque es horrible dormir sin una cama.

Hoy nos hemos encontrado con un ser bastante especial. Lo encontramos tumbado, solo y en medio de la carretera. Se estaba echando una siesta. Su negro pelo estaba cubierto por finas hojas verdes y el gris del polvo, pero eso lo llevamos todos. Lo que me impresionó eran las hojas, jamás había visto unas fuera de un libro. ¿De dónde las había sacado? No se acuerda. Se las cogimos todas y en años no había sentido algo parecido, tan infantil. Este día nunca lo olvidaré, el día que aprendí algo nuevo. Me siento idiota por escribir estas cosas, lo sé, si alguien de los míos lo leyera perdería toda la confianza en mí y entonces el grupo acabaría en la mierda. Soy el líder, soy fuerte, no debo dejarme llevar nunca, nunca… Pero nunca había tenido esta sensación antes, por fin algo nuevo chocó conmigo de frente y entonces sentí que cambiaba, que recuperaba el humor, sí, por esta tontería. Las hojas son… soy idiota, lo sé… fascinantes.

Se trata de un chico amigable, no sé cómo conserva el sentido del humor. Yo lo perdí tres días después de que me echasen fuera. ¿A dónde nos lleva este mundo? Caminamos como idiotas en esta infinita carretera con la esperanza de que algo nos esté esperando, algo, lo que sea. ¿Pero a qué idiota se le ocurre? Somos esclavos de lo que desconocemos. Este lugar es un infierno y sin embargo este chico conserva su sentido del humor. Le admiro, le odio.

―No nos queda más comida.

―Esperemos.

―No, hemos de seguir avanzando.

―¡Pero si está a punto de salir el sol!

―Por eso mismo, esta ciudad ya ha lanzado toda su basura, recemos para que la siguiente lo haga por la mañana; además, creo que la siguiente es más grande.

―¿Y cómo estás tan seguro?

-Tú confía en mí, ¿o es que he fallado alguna vez?

-…

-Seguimos avanzando.

-¿Y tú, qué dices?

-Sí, hemos de seguir avanzando.

Eso fue lo que pasó. No me lo creo. ¿Le han preguntado su opinión, como si fuera el maldito líder? Joder. Aquí el maldito líder soy yo, me lo he merecido, les he conducido como un buen rebaño de ovejas protestonas, he aguantado, me he sacrificado por todos y he hecho todo lo posible para mantener la paz y comportarnos como gente “civilizada”. ¿Por qué esto ahora? No me lo creo.

-Oye, ¿qué pasa? ¿Qué hacéis aquí sentados? ¿Por qué nadie me sigue?

El nuevo se levanta lentamente y después lo hacen el resto.

Joder.

Es un tonto soñador, como lo éramos antes, una carne tierna que parece no haber sentido el tacto de esta lengua de asfalto que no para de saborearnos y jodernos. Seguramente lo sacaron hace poco del edificio de educación, está empapado por la enfermedad de los que creen en el Futuro. Antes yo era así, era invencible. No sabes lo horrible que es ver a alguien que tiene lo que tú un día perdiste, me hace sentir escoria. ¡Yo, joder, yo soy el líder! Poco a poco mi voz va perdiendo tamaño en estas orejas de mi alrededor. Me miran por encima del hombro, luego se dirigen a él y da igual, es igual que yo haya dicho lo mismo, su palabra vale más que la mía por algún motivo y es evidente: el presente, en una figura de niño ignorante, me está comiendo toda la autoridad que me queda y yo aquí estancado, cayéndome la baba y admitiendo la derrota como si nada, ni una palabra. Me cuesta, pero este espejo tiene la maldita razón. Soy el residuo de lo que fui.

Hacemos lo que antes hacíamos, cuando lo racional era algo que en nuestras cabezas reivindicaba unos valores que nos parecía absurdo no valorar. Discursos, los gritamos con todas nuestras fuerzas; manifestaciones, nos quedábamos hasta que venían los hombres con porra y aun después, cantábamos, hasta quedar a un paso de la muerte. Y el chaval no aflojaba. ¿cagarse? Qué va, era mejor que yo en mis mejores tiempos. Joder. Rápido, rápido acepté lo evidente. Poco, poco tardé en seguir sus direcciones. Me dolió, antes no me hubiera importado tanto, pero ahora…

Hoy por fin le ha dado un ataque de realidad. No ha parado de llorar en todo el día y su llanto era el de un niño perdido, no el de un líder. Pero la gente se fue hacia él con ternura y todo lo que yo veía de despreciable, todo lo que ellos veían de “fuerte”. ¿Fuerte, en serio? ¿A esto lo llamáis “fuerte”? Sí, hay que tener cojones para llorar delante de todos y expresar todo lo que no expresamos, enhorabuena, eres más humano; ¿qué hay de las personas que pese a todo aguantan su temperatura pase lo que pase, que aunque no den signos de esperanza, porque no se puede, aún mantienen la voluntad de los otros? No, a esas personas no, no tienen compasión ni necesitan de nadie, el cinismo nos ha derramado toda su maldita tinta negra en los ojos. Y todos a cuidar del “yogurín”, pues qué bien. Gracias, no hay de qué.

Me alejé de ellos, me senté en el suelo con un edificio como respaldo, me puse a reír. Si hubiera estado solo juro que lo hubiera matado con mucho gusto. El idiota se levantó, berreó y dio un par de patadas a un edificio, como un idiota. Me levanté, fui tras él, le paré, se puso a la defensiva así que le propiné un puñetazo en la cara que lo dejó inconsciente. No pude contener mi sonrisa pero creo que nadie me vio, excepto el tío del edificio. En serio. Uno de ellos me estaba mirando desde el primer piso y pese a su cara “estándar” era diferente, sí, él, lo sentí, era una corazonada de las mías. No me lo creo. Pase lo que pase he de quedarme aquí.

Altas horas de la noche. Habían de irse camino a otra ciudad que se veía a lo alto de las montañas. Se veían pocas luces, las probabilidades de supervivencia eran bajas. Uno de ellos:

―Un momento, creo que me he dejado la petaca, no me esperéis.

―Si no tienes nada.

―No lo íbamos a hacer, borracho.

―¿Tienes algo y no has dicho nada?

―No, idiotas, es mía, aún queda un culo de agua.

―¿Me darás un poco?

Se fue corriendo en dirección a aquel edificio donde un “feliz” se le había quedado mirando. El edificio estaba a oscuras. Gritó, sacó de su bolsillo la libreta y la lanzó contra la ventana reiteradas veces. No había respuesta, pero él continuaba. A medida que se iba poniendo más histérico y su voz cambiaba drásticamente a la de un animal atrapado en un cepo, las luces poco a poco contestaban sus llamadas. Cogió el trozo de espejo y rompió el cristal, un pequeño agujero. Luego, la libreta. La luz se encendió: el hombre, de mala gana, miró al exterior. Desapareció de su campo de visión. Nada. Hacía frío.

Qué estúpida situación, me he comportado como un idiota, no voy a conseguir nada. Soy patético, un inútil, idiota. Pasos. El sonido de unas llaves, cada vez más cerca. Unos golpes, en la entrada. Era él quien lo invitaba a entrar. Los treinta segundos posteriores: el chico se le quedó mirando como si no se lo pudiera creer, sonrió, dio unos pasos hacia delante, se quedó parado, giró su cabeza hacia los dos lados, respiró profundamente. El otro estaba pensando en cerrarle la puerta, le costaba mantenerla abierta. Con inseguros pasos entró dentro.

―Acompáñeme por favor.

Subieron a un ascensor hasta el último piso. Allí, un hombre y una gran mesa.

―Siéntese, por favor.

Has llegado hasta aquí aguanta tú puedes.

―Sí.

―Cómo se llama?

―No lo sé.

Tengo que decirles toda la mierda que llevo dentro todo el tiempo viviendo en la mugre para llegar hasta aquí y estos sin ningún sacrificio ni sufrimiento ni tonterías hijos de puta. No, voy a ponerme duro, soy fuerte. El espejo está en el suelo puedo matarlos.

―Perdone, le estoy preguntando.

―¿Cuál era la pregunta?

―Le he preguntado cuántos años tiene.

―No lo sé.

Tiene una cama… ¿Pero qué te está pasando? He de matarlos.

―Bien parece usted joven —no te emociones—, pero he visto lo que está en su libreta y no está mal, parece que tiene bastante experiencia en inversiones. Hay una parte que es muy rara, no entiendo lo que dice, pero bueno. Creo nos puede servir —no empieces, controla—, así que de momento… ¿qué tal si le pongo en el primer piso? En contabilidad. Este señor de aquí le ayudará en todo —maldita sea, joder, diles lo que sientes y mátalos—. ¿Le parece bien?

Y el joven con un fino camino de lágrimas en el ojo izquierdo, haciendo pucheros:

―Sí, le prometo que nunca le voy a fallar, señor.

Sergi Saranga Reguera

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s