Relat

El licenciado

David dejó caer la bayeta mojada en el cubo y, de rodillas, se secó el pelo y la frente empapados de sudor con el dorso de la mano. «Cuatro años de carrera…». La bayeta se hundía en el agua sucia, de un color indefinible entre marrón y violáceo, y de un olor aún más indefinible y más desagradable. «Un año de máster, con beca». Con las dos manos callosas la recogió del líquido turbio y la escurrió con rabia, como si concentrara toda su frustración en aquel pedazo de material de limpieza. «Medio doctorado. Quizá debí de terminarlo, aunque tampoco me habría servido para nada, para ser sinceros».

En el retrete del quinto piso de una empresa de seguros alemana, un licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad Complutense de Madrid se ocupaba de cualquier cosa menos de operaciones de marketing, acciones y contrataciones.

Constantemente entraban hombres entrajados que le pisaban lo fregado sin ningún miramiento, en su trayecto hacia los urinarios. Había aprendido a deducir cuál era su lugar en la jerarquía de la empresa según la calidad de la piel sus mocasines, y la frecuencia con la cual se los cambiaban durante la semana. Porque claro, teniendo en cuenta que la mitad del día se lo pasaba de rodillas o con la espalda encorvada, no era lo normal ver demasiadas caras, y mucho menos recordarlas. Además, le dolía en lo más profundo del alma mirar a los ojos a los que ocupaban un sitio que él sabía que merecía tanto como ellos, en algunos casos seguro que incluso más. Pero sin embargo, ellos estaban cuadrando balances y él fregando suelos. Y eso era la vida.

Porque para sentirse lleno el ser humano es capaz de matar, y con razón. Él había llegado a un punto en el que se le hacía insoportable languidecer en el sofá leyendo siete veces al día su novela favorita mientras esperaba que le llamaran de un trabajo de lo suyo, un trabajo que duraría aproximadamente dos o tres meses y que le proporcionaría un sueldo apto para pagar, a duras penas, el alquiler de un cuchitril (sin contar que tenía que comprar también algo para comer cada día). Prefería estar en Hamburgo alternando dos o tres trabajos mal pagados, y digo dos o tres porque eran todos tan pésimos que a veces hasta los confundía. Y no, volver a vivir con sus padres no era una opción. Ellos ya habían sudado sangre para pagar su grado: cada asignatura un millón de hematíes. Ahora le tocaba a él dejarse la piel, y el sufrimiento y la precariedad eran solamente suyos; eran lo único que tenía, pero por lo menos así sabía que tenía algo. Cualquier cosa era mejor que pasarse el día aprendiéndose de memoria los tres primeros capítulos de La sombra del viento, en los intervalos entre entrega de currículum y entrega de currículum, mientras el reloj del paro le hería la cabeza con su tic-tac incesante.

Y esta era la triste explicación de que un licenciado español estuviera fregando suelos en el retrete del quinto piso de una empresa de seguros alemana.

***

Era una mañana soleada (todo lo soleada que puede ser una mañana alemana en otoño) y el día no pintaba demasiado bien. Tres cucarachas muertas: tendría que hablar con el encargado de mantenimiento para convencerlo de que fumigaran, y ya temblaba al pensar en cómo se las arreglaría para pronunciar ausräuchern sin atrancarse.

David se dedicó a abrillantar las pilas. Las sustancias que utilizaba para la faena ya ni siquiera le hacían daño en las manos; las personas estamos más preparadas para sufrir de lo que la mayoría se piensa, solamente hace falta que uno se vea en el caso y que tenga la suerte de que la situación no sea lo bastante dura como para matarlo. Pero si es así, uno está salvado. O por lo menos está vivo.

Había una reunión importante donde debía estar todo el personal de aquella planta, porque aquella mañana no entraba nadie al baño. Aprovechando esta coyuntura favorable, el licenciado sacó de su riñonera ajada un paquete de tabaco y se encendió un cigarrillo, abriendo previamente la única ventana que había en los servicios, la cual daba a una discreta avenida franqueada de unos pocos árboles y cruzada por señores que venían de comprar el periódico. El aire era frío, muy frío, pero a todo se adapta el cuerpo.

Bueno, por lo menos había algo positivo. En el tiempo que llevaba viviendo de alquiler en Hamburgo, David había reducido de golpe el fumar. Qué remedio. No podía permitirse los dos paquetes diarios que gastaba en España, así que de media intentaba tirar con uno para toda la semana, dependiendo del mes. Si era necesario podía pasar meses enteros sin fumar, pero si no era indispensable privarse de ello, no lo hacía. El cigarro del mediodía era uno de los discretos momentos de paz que su metabolismo requería para no partirse en dos, al menos antes de que llegara el domingo.

Esta vez se lo fumó apoyado en el marco de la ventana de aluminio, echando la ceniza afuera y vigilando por el rabillo del ojo que no entrara nadie. «Debería hacer algo», murmuró mentalmente. «Esto no puede ser. Tiene que ser provisional. A quien se lo contase, no se lo creería». Hablaba de su vida laboral, por supuesto. Sus vivencias cotidianas en el país teutón no le inspiraban demasiados temas de interés para usar en ninguna conversación, ni siquiera consigo mismo.

Terminó el cigarrillo, terminó de limpiar las pilas y empezó con el suelo. «Hay que hacer algo. Me siento tan traicionado…».

De pronto, un retortijón horrible le estranguló el vientre. Está claro que una dieta a base de refrescos, col hervida, patatas y salchichas de supermercado no es lo mejor del mundo para el tránsito intestinal, pero tampoco era plan de gastarse medio sueldo en barritas de tofu. Haciendo una mueca de dolor, decidió dejar la bayeta sobre una pila y entrar en uno de los compartimentos con taza de baño que había en la habitación, cerrando tras de sí la puerta con pestillo.

Resoplando, con la cara roja, se sentó en la taza y lo demás no hace falta describirlo. Tembló, le pareció que le estaba subiendo la fiebre. Demasiado café, demasiadas noches sin dormir. «¿Y lo que estoy llegando a aguantar? Esto no es vida, hay que hacer algo».

Se acordó de los viernes en el campus, y de las conversaciones con los compañeros de facultad. Había pasado cuatro años pensando que estaba tejiéndose un colchón para dormir tranquilo en el futuro, y había dado con sus huesos en un colchón de faquir. Nunca habría imaginado por aquel entonces, si se lo hubieran dicho, que acabaría de aquella forma, y no porque le hubiesen hecho pocas advertencias. Pero eso era la vida. «Así, no hay manera».

Se puso triste y un poco nervioso, y decidió encender otro cigarrillo para calmar los nervios. Situación de emergencia; ya reduciría gastos por otro lado. Ni siquiera pensó en que el humo podía estar saliendo por la pequeña ranura que la fina pared del compartimento tenía en la parte superior, y que los ocupantes de los servicios podían pensar que se estaba declarando un incendio. «Es que no hay manera. Si lo llego a saber…».

Pero finalmente logró relajarse un poco, se subió los pantalones y suspiró profundamente. «A todo se acostumbra uno, al final». Abrió la puerta, con la colilla todavía humeante entre los dedos de la mano izquierda, en medio de una nube de nicotina y alquitrán.

Al hacerlo, se encontró cara a cara con el gerente de la empresa.

Le costó reconocerlo en un primer momento. De traje azul marino, el hombre rubio, alto y corpulento, con la estupefacción pintada en el rostro, lo observaba cara a cara. David recordó entonces haberlo visto acompañando a clientes y a representantes de banca en varias ocasiones. Sin duda era el jefe.

El gerente entreabrió la boca y contrajo el labio inferior en un gesto de incredulidad absoluta. De pronto llenó sus pulmones de aire, se le enrojeció la cara, se preparó para echar al pequeño empleado de la limpieza un tremendo rapapolvo en la lengua de Goethe que, con toda seguridad, iría acompañado de un despido formalizado.

«Hay que hacer algo.»

Poseído por una fiebre desconocida, David se abalanzó sobre su superior con una fuerza desproporcionada a su estatura, mucho menor a la de su contrincante. Blandió la colilla aún encendida, y clavó sus brasas en el ojo del empresario, quien exhaló un rugido brutal y agitó ciegamente los brazos, como un oso salvaje al que acaban de herir y al que lo único que importa, más que su propia vida, es asesinar a su agresor.

El gerente sollozaba, apoyándose en una pila con un brazo mientras que con la mano del otro se cubría la mitad de la cara. Los chillidos eran tan terribles que habrían hecho rendirse a cualquiera de pura compasión, pero la locura ya se había abierto camino en un corazón y no pararía hasta devorarlo entero.

Aunque su rival se intentó resistir con uñas y dientes, el licenciado lo agarró de los hombros y, furioso, le estampó la cabeza en el espejo del baño, que estalló en mil pedazos que se esparcieron por todo el suelo. David se sentó sobre la tripa del gerente, ya desplomado e inconsciente, y le propinó por lo menos veinte puñetazos en la cara, con los que lo dejó tendido e inmóvil sobre las baldosas recién fregadas y los pedazos de vidrio.

El licenciado contempló la escena. El cuerpo sin vida de su superior yacía en mitad de los servicios, con la cara destrozada. De la cabeza brotaba la sangre, de un color indefinible que nadie puede concebir hasta que lo ve bien de cerca.

Y en un acto absolutamente abominable, imposible de comprender para cualquier mente sana, el empleado de la limpieza se agachó y empezó a lavar el fluido rojo con la misma bayeta con la que había estado frotando los retretes durante toda aquella mañana. Y sabía que estaban viniendo a por él y que ya corrían hacía el lavabo para detenerlo y para llevarlo a la cárcel, y esperó fregando humildemente, repitiendo en su perturbación que había que hacer algo y no había más, que las cosas no podían seguir así. Pero lo que había pasado era que se había roto un hombre y había muerto otro, y habiendo ocurrido esto la única solución justa era que lo metieran entre cuatro paredes.

Víctor Doló.

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