Relat

Summertime… and the livin’ is easy

JUNIO

El agua contra la luna, inmóvil, que tiembla imperceptible cada soplido de viento. Y que, después, se desliza sobre mi cuerpo, bajando por las espaldas, provocando un escalofrío. Un recuerdo. Bajando. Por el pecho, por las costillas. Tocando el corazón. Matándolo. Mojándome el pelo y los ojos que por poco recuperan su color. Hechizados por el recuerdo; siento algo ajeno que vive dentro de mí, y vive a través de mí y, cuando me distraigo, abre brecha para salir. El agua fría hace que me pierda en mis pensamientos.

Hay siempre algo ajeno que vive dentro de nosotros, y está allí, esperando.

Las fiestas, con las lámparas colgadas a un hilo, coloridas y vulgares, la música en la calle, bailar toda la noche, emborrachándose. ¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud. De vida. De amor.

Ahora las luces se han apagado y de la fiesta sólo quedan papeluchos en el suelo. Y los borrachos dormidos bajo los faroles. Los últimos tardones, que no saben dónde volver. El empedrado lucido y mojado. Que refleja la luna y mis piernas. Pies descalzos y zapatos en la mano, bajando la calle. Y el agua, que refleja el verano, el agua con la cual limpiarse para despertarse del sopor y de la cabeza que da vueltas mientras el amanecer se hace espacio, claro, lento, suave, rosado. Cuando la magia se acaba en las luces del primer sol y abres los ojos y descubres, con un nudo en la garganta, que también esa es tu vida tal y como era antes de la luz impertinente sin luces, con la música que araña el corazón, con los papeluchos en el suelo, con la noche que se rinde y pesa, toda por reorganizar tus pasos buscan un nuevo camino, con los ojos bajados, para no reconocer a los viandantes… Y un sabor amargo de inaprensible, que se confunde con el vino y los Martini y tal vez la vodka helada y la tequila. Todo queda atrapado en un vestido verde manzana con flores blancas, para ir a bailar, en verano.

JULIO

Peor del lunes está el martes, a menudo*, que ni siquiera tiene la decencia de ser el primer día de la semana; pero, por lo menos, los recuerdos se hacen más vividos porque el lunes no se recuerda. Eres como el primer hombre el primer día de la creación. El escritorio vacío, el bochorno que te despierta durante la noche, haciéndote dar vueltas en la cama, dando patadas a las mantas para librarte de las marañas que te asfixian. Noches en blanco y, cuando finalmente logras adormecerte algunas horas, olvidas de echar el cierre y el sol que entra a las ocho de la mañana sostiene que la meteorología es la cosa más irreverente que hay. Porque no espera nada ni nadie. Y un poco me gusta por ello.

El agua del mar acaricia los pies y la arena mientras caminamos y, entre sonrisas y palabras, pierdo la conversación porque el olor me recuerda que estoy bien incluyendo este terrible bochorno porque las voces son familiares. Y la espuma de las olas me hace sentir romántica.

Los campos de girasol y la puesta del sol. He traído de vuelta todo a casa y, aunque aún no se dar y darme respuestas, todo alrededor nuestro me hace sentir en mi sitio. Como cuando estás perdido y continúas girando en torno a algo porque sabes que lo que tienes que buscar está allí. Cinco kilómetros en los campos toscanos, vino y aquella sinceridad que hace que el corazón se sienta bien, y los pensamientos, y te hace sentir feliz, aunque sea por un momento, con lo que tienes justo a tu lado.

Sentirme feliz me hace sentir como cuando camino fuera de temporada por una calle del centro en la hora punta: de pasaje. Para surfear la vida, la espuma de las olas estilo California y un Martini con mucho hielo ayudarían bastante. Indispensable: un bronceado bonito, un poco de shopping salvaje. En contra de cualquier lógica, si me hago un elenco me viene una discreta crisis de buen humor.

Hoy me he bañado, desnuda, en el mar. La libertad no es eso, pero la sensación de libertad es como un túnel de la simulación, sirve para tener un buen training; se viaja con las ventanillas abiertas, el aire acondicionado apagado y a casa nos espera un pastis con hielo. Somos como miel para las moscas, somos una posibilidad, parecemos felices. Los pies, solos, caminan la samba.

AGOSTO

El ultimo cigarrillo del día, en la terraza con una cerveza fría entre las manos, y con esta alma que no quiere volver a su normalidad, si es que algún día la ha tenido. La brisa baila con las tiendas de lino blanco. Dame aire. Tal vez estos son realmente los días de la ira, entre las personas que te preguntan por tu vida porque intentan simplemente compartir el dramatismo. Y contar el suyo. Y pasar horas reflexionando… sobre cómo hemos sido buenos en superar todos los acontecimientos que injustamente nos atacan. En realidad nos los hemos ganado, y nos los hemos merecido, porque orientamos nuestras vidas hacia el pasado. Miras tu imagen y ella te mira a ti y la realidad circular te enreda, sin saber ni siquiera como has entrado allí. Dime como me llamo… Millares de kilómetros delante, dime como me llamo. Dime quién soy. Dame claridad. No tiene sentido hablar tanto cuando somos clavados millares de kilómetros dentro, lejos. ¿Cuál es la palabra contraria a pasado? Gracias por ahorrarme el mío… Dame presente. Sólo quisiera sentir toda tu fuerza abriéndome en dos el sendero del ahora.

There is a light that never goes out.

Carolina Mattolini Ciurans

*La autora ha traducido su propio cuento según su regular manera de proceder: manteniendo la esencia del lenguaje original. Por eso la aparición de alguna expresión poco (o nada) oída (o leída) en castellano, el cambio de género en algunas palabras o preposiciones usadas de formas poco comunes

Summertime… and the livin’ is easy.

GIUGNO

L’acqua contro la luna, ferma, che vibra impercettibilmente ad ogni soffio di vento. E che poi scorre sul mio corpo, scendendo giù per la schiena, provocando un brivido. Un ricordo. Scendendo giù. Sul seno, sulle costole. Toccando il cuore. Freddandolo. Bagnandomi i capelli e gli occhi che a momenti riprendono il suo colore. Stregati dal ricordo; sento un qualcosa di estraneo che mi vive dentro, e vive attraverso me, e quando mi distraggo, fa breccia per uscire. L’acqua fredda mi fa perdere nei miei pensieri.

C’è sempre qualcosa di estraneo che vive dentro di noi, e che è lì che aspetta.

Le feste, con le lampadine attaccate ai fili, colorate e volgari, la musica per strada, ballare tutta la notte, ubriacandosi. È ora di ubriacarsi! Per non essere schiavi martirizzati dal Tempo, ubriacatevi, ubriacatevi sempre! Di vino, di poesia o di virtù. Di vita. Di amore.

Ora le luci si sono spente e della festa restano le cartacce per terra. E gli ubriachi addormentati sotto i lampioni. Gli ultimi ritardatari. Che non sanno dove tornare. Il lastricato lucido e bagnato. Che riflette la luna e le mie gambe. Piedi scalzi e scarpe in mano, giù per la via. E l’acqua, che riflette l’estate, l’acqua con cui lavare via per risvegliarsi dal torpore e dai giri che da la testa quando l’alba si fa spazio, chiara, lenta, soffice e rosata. Quando la magia finisce alla luce del primo sole e apri gli occhi e scopri con il cuore in gola che anche quella è la tua vita; così com’era prima della luce impertinente, senza luci, con la musica che scalfigge il cuore, con le cartacce per terra. Con la notte che si arrende e pesa, tutta da rimettere. E i tuoi passi cercano una strada nuova, ad occhi bassi, per non riconoscere i passanti… E un sapore amaro di inafferrabile, che si confonde con il vino e i martini e magari la vodka ghiacciata e la tequila. Tutto rimasto intrappolato in un vestito verde mela con fiori bianchi, per andare a ballare, d’estate.

LUGLIO

Peggio del lunedì c’è spesso il martedì, che non ha neanche la decenza di essere il primo giorno della settimana; ma almeno i ricordi si fanno più vividi perché il lunedì non si ricorda. Sei come il primo uomo il primo giorno della creazione. La scrivania vuota, l’afa che ti sveglia la notte, facendoti girare nel letto, dando calci alle coperte per liberarti da grovigli che ti soffocano. Notti in bianco e, quando finalmente dormi per qualche ora, dimentichi la serranda e il sole che entra dalla finestra alle otto di mattina sostiene che la meteorologia è la cosa più irriverente che c’è. Perché non aspetta niente e nessuno e un po’ mi piace per questo.

L’acqua del mare accarezza i piedi e la sabbia mentre camminiamo e, fra sorrisi e parole, perdo la conversazione perché l’odore mi ricorda che sto bene anche con quest’afa perché le voci mi sono familiari. E la schiuma delle onde mi fa sentire romantica.

I campi di girasole e il tramonto. Ho riportato tutto a casa e, anche se ancora non so darmi e dare risposte, tutto intorno a noi mi fa sentire al mio posto. Come quando sei un po’ perso e continui a girare intorno a qualcosa perché sai che quello che devi cercare è lì. Cinque kilometri fra i campi toscani, il vino e quella sincerità che fa bene al cuore, ai pensieri, e ti fa sentire felice, anche solo per un attimo, con quello che hai proprio accanto a te.

Sentirmi felice mi fa sentire come quando cammino fuori stagione per una strada del centro ad un’ora di punta. Di passaggio. Per surfare la vita sarebbero d’aiuto la schiuma delle onde alla California e un martini con molto ghiaccio; indispensabile una bella abbronzatura e un po’ di shopping selvaggio. Contro ogni logica, se mi faccio un elenco mi viene una discreta crisi di buonumore.

Oggi ho fatto il bagno nuda nel mare. La libertà non è quello ma la sensazione di liberta è come il tunnel della simulazione, serve per avere un buon training; si viaggia coi finestrini aperti, aria condizionata spenta e a casa ci aspetta un pastis con ghiaccio. Siamo come miele per le mosche, siamo una possibilità, sembriamo felici. I piedi, da soli, camminano la samba.

AGOSTO

L’ultima sigaretta della giornata, in terrazza con una birra fredda tra le mani, e con quest’anima che non vuole tornare alla sua normalità, se un giorno l’ha avuta.

La brezza balla con le tende di lino bianco. Dammi aria. Forse questi sono davvero i giorni dell’ira, fra la gente che ti chiede della tua vita perché tenta solo di condividere la propria drammaticità. E di raccontare la sua. E passare ore a rifletterci… su come siamo stati bravi a superare gli eventi che ingiustamente ci colpiscono. In realtà ce li siamo guadagnati, e meritati, perché orientiamo le nostre vite verso il passato. Guardi la tua immagine e lei guarda te e la realtà circolare t’impiglia, senza neanche saper dire come ci sei entrata. Dimmi come mi chiamo… migliaia di chilometri avanti, dimmi come mi chiamo. Dimmi chi sono. Dammi chiarezza. Non ha senso parlare così tanto quando siamo inchiodati migliaia di chilometri dentro, lontani. Qual è la parola contraria a passato? Grazie per risparmiarmi il mio… Dammi presente. Vorrei solo sentire tutta la tua forza divaricandomi in due il sentiero dell’adesso.

There is a light that never goes out.

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