Ressenya

El túnel de Ernesto Sabato: la angustia psicológica y el anti-positivismo útil

Excursion into Philosophy (1959) d'Edward Hopper. Via http://www.101bananas.com/art/hopper4.3.jpg

Excursion into Philosophy (1959) d’Edward Hopper. Via http://www.101bananas.com/art/hopper4.3.jpg

Al lector que quiera atreverse con El túnel (1948) le haría dos advertencias. La primera: que no es una novela agradable; al menos desde mi punto de vista, es difícil no agobiarse en ningún momento durante su lectura. La segunda: que es una novela necesaria, y que tiene que leerla. No sólo me ha gustado a mí, también le gustó bastante a Camus. Queda muy bien decirlo.

Sé que la primera advertencia no es demasiado alentadora. Tampoco es muy útil, teniendo en cuenta que lo que pretendo conseguir escribiendo reseñas es hacer llegar a los demás las opiniones y sensaciones que me han suscitado las cosas que he leído, y animarlos a que también se sumerjan en ellas. Una vez dentro, que hagan lo que quieran: criticarlas, analizarlas o simplemente disfrutarlas; lo que quiero es que se sumerjan. Siguiendo con el símil, voy a justificar mi aviso diciendo que El túnel me ha parecido un mar con bandera roja, y creo que es prudente indicar el peligro antes de que alguien se meta a bucear sin ser consciente de él, y tenga que regresar a la orilla jadeando y escupiendo agua salada (en el lenguaje de las personas normales: «que deje la novelita a medias»).

Este peligro no se debe a aspectos formales. Yo tiendo a bloquearme bastante cuando estoy leyendo y me topo con frases kilométricas, o con expresiones retorcidas que me exigen que eche mano al diccionario o a la imaginación para ser comprendidas. Con este libro no he tenido ese problema: el estilo es fluido, me atrevería a decir que se acerca bastante al que usaría una persona auténtica para contarle a uno la historia cara a cara. Tampoco es una novela larga (100 páginas en mi edición de Cátedra). Sabato utiliza la narración en primera persona con carácter retrospectivo: el protagonista es un asesino que recuerda desde el principio el proceso que le llevó a cometer su crimen. Teniendo esto en cuenta, cabe decir que es una novela bastante lineal y no debería representar dificultad alguna para el lector, esté o no acostumbrado a formas narrativas un poco menos tradicionales. La historia nos relata las vivencias de un pintor que, tras atravesar un proceso de crisis existencial y de degradación humana irreversible, termina matando a una mujer con la cual había entablado una particular amistad a raíz de una de sus exposiciones.

El problema no está tanto en lo que Sabato cuenta sino en cómo lo cuenta, no desde el punto de vista formal sino discursivo, en el sentido más puro del término. Cuando leemos El túnel no estamos leyendo lo que Juan Pablo Castel confiesa que pensaba o que piensa: estamos pensando con él, que es lo que debería conseguir cualquier buena novela psicológica. La calidad del texto es tal que nuestro ritmo mental termina adhiriéndose al del protagonista. Y teniendo en cuenta que este es un personaje emocionalmente enfermo y obsesivo, constantemente inmerso en reflexiones asfixiantes, la impresión que esto nos produce es de todo menos agradable. Esta fidelidad se consigue de diversas formas: reiteraciones, recuerdos (la memoria juega un papel muy importante), un buen abanico de detalles anecdóticos, un gran uso y abuso del estilo indirecto libre, etc.

Sin embargo, no parece que la novela consista solamente en una mera exploración de una psicología problemática, movida por la curiosidad o por la voluntad de impactar estéticamente. Hay una intención, o quizá mejor dicho un impulso, que explica por qué el autor concibió un personaje como Castel. Hay algo trascendente en El túnel que, a mi parecer, debe ser una de nuestras principales motivaciones para leerlo.

Es preciso remarcar que Ernesto Sabato es un científico desencantado metido a escritor. Ya en su ensayo El uno y el universo (1945), escrito ya después de abandonar su puesto como profesor en el Instituto de Física de la Plata, expresa sus desconfianzas hacia la impermeabilidad moral, la prepotencia y el entusiasmo epistemológico de quienes rinden culto incondicional al progreso científico, al que juzga insuficiente, por sí solo, para llegar a comprender el mundo:

Es cierto que el descubrimiento de nuevos aparatos conceptuales podría multiplicar la capacidad mental del hombre, como una palanca multiplica su fuerza física; pero la experiencia ha revelado que el número y complejidad de los problemas crecen con mucha mayor rapidez que la capacidad de comprensión del hombre.1

A este desencanto profesional y vocacional, que llevó a nuestro autor a entregarse exclusivamente a la creación literaria, hay que añadirle la desorientación existencial de cualquier intelectual argentino en la década de los años 40. La entrada de capital extranjero, junto a una rápida industrialización y la llegada a las ciudades de emigrantes procedentes del medio rural o de países extranjeros (el propio Sabato es hijo de italianos), habían ido configurando un panorama agitado al que deben sumarse las desigualdades sociales, agravadas por el gobierno pro-oligárquico de Uriburu y por un imprevisto aumento demográfico: de 8 millones y medio de habitantes en 1918 a trece millones en 1940, según Leiva (1977)2.

La preocupación de una inmensa parte de las masas populares impulsó finalmente a Juan Domingo Perón al poder en 1946. «Alpargatas sí, libros no»: con este estribillo, se reclamaba un bienestar social que se creía antagónico a la labor de los intelectuales. El peronismo prometía soluciones rápidas y nadie, después de tantos años de inestabilidad y sufrimiento, quería atreverse a dudar de su eficacia. El régimen, aunque según muchos permitió una mejora de las condiciones de vida de gran parte de la población obrera, terminó adquiriendo un carácter personalista con el que el propio Sabato, proveniente de la izquierda, fue bastante crítico.

En este contexto nacen escritores rebeldes y solitarios que se distancian del imaginario del discurso peronista, que buscaba apropiarse del proletario o de una determinada versión idealizada de él, ni en la aristocracia esteticista de autores anteriores como Borges y Marechal, más preocupados por modernizar las formas narrativas que por añadir a sus obras ciertos contenidos sociopolíticos. Cortázar, Sábato o Bioy Casares navegan en aguas intermedias.

En el autor de El túnel existe una preocupación social, una voluntad de enfrentarse a la confusión vital de un ciudadano argentino de 1948, que a esas alturas ya tiene los mismos problemas de identidad que cualquier otro ciudadano del mundo urbano internacional, sólo que sin el «respaldo de la tradición milenaria»3 de un europeo o un asiático, porque proviene de una sociedad más joven y con valores menos arraigados a los que acudir.

¿Y cuál es la respuesta ante estos problemas? Ni la evasión ni el simplismo. Aunque Sabato es partidario de la renovación formal (el ejemplo más ambicioso es la posterior Sobre héroes y tumbas, de 1961), no la concibe como una vía de escape. Tampoco cae en las obviedades del naturalismo, del método empírico, del “ver y contar” como planteamiento válido para solucionar las contrariedades sociales, porque en pleno siglo XX éstas ya han adquirido una faceta espiritual: la faceta que alumbra los caminos de Kafka, de Joyce, de Proust. De nada sirve detallar los procesos palpables por los cuales la situación de Argentina es la que es no se acude también a la raíz del problema, a los resortes del inconsciente colectivo que han llevado al organismo nacional a metabolizar tales cosas.

El túnel es, a mi parecer, una terrible invectiva contra el positivismo en todos sus aspectos que más allá de convertirnos en pequeños estetas despreocupados, nos puede ayudar a concebir nuevos puntos de vista para afrontar la realidad en su extensión total, tal vez para afrontarla con algo más de prudencia.

El protagonista, el pintor Juan Pablo Castel, es una incansable máquina de razonar. Y muchísimos de sus razonamientos son pulcros, formalmente perfectos. No podemos evitar pensar, mientras leemos la novela, que todas las reflexiones del asesino son válidas e indudablemente aceptables desde el punto de vista lógico, pero eso no las justifica moral ni humanamente.

Este racionalismo extremo nos recuerda a la actitud del Meursault de L’étranger (1942), la primera novela de Camus, donde se alcanza ya el completo absurdo.

El protagonista de la obra, en la búsqueda desesperada de comunicación total con otro ser humano, se da cuenta de que el alma es resbaladiza, de que no hay manera de encontrar una solución que nos impida escapar del todo de sentirnos solos y extraviados. Y el intento de explicarse a sí mismo este problema, de resolverlo mediante argumentaciones que él cree empíricas, válidas e incontestables, lo termina convirtiendo en un criminal, en un destructor de la vida.

Hay algo en la condición humana que es ambiguo, que es difícil, que se nos escapa y que no puede encorsetarse en deducciones de besugo. La humanidad es un problema tal vez irresoluble. Irresoluble, que no es lo mismo que mejorable, y aquí es donde está la verdadera cuestión.

Para mí, de El túnel puede extraerse un mensaje útil: que necesitamos “relajación metafísica”, que de nada sirve intentar encajar la realidad dentro de dogmas rígidos los aplique un partido político totalitario, una escuela literaria, una tendencia filosófica o el Fondo Monetario Internacional. Porque no hay molde racional que pueda contener las múltiples aristas de la moral, que pueda abarcar todas las necesidades y todos los deseos humanos. Y que esto no se malinterprete: no hay que relajarse demasiado, no hay que estirarse en la hamaca posmoderna y afirmar que todo es plural, que no existen ni el bien ni el mal y que no vale la pena, en resumen, intentar cambiar el orden establecido, o que cualquier intento de cambiarlo es demagogia y populismo. Hay que trabajar y combatir por mejorar nuestro entorno y mejorarnos a nosotros mismos, pero siempre con desconfianza, siempre con un pie en la inseguridad y en la duda, en la posibilidad de reformar o enriquecer nuestra propia doctrina: lejos de perjudicarnos, eso es lo que puede terminar salvándonos.

No daré más detalles: quien empiece a leer El túnel ya sabe donde se mete. Aunque quizás toda esta interpretación es una especie de quijotada personal, diré algo más: además de gustarme a mí, El túnel también le gustó mucho a Camus. Siempre queda muy bien decir este tipo de cosas.

Víctor Doló

1

“Porvenir de la ignorancia”, en SABATO, ERNESTO. El uno y el universo (1945). Barcelona/México/Caracas, Seix Barral. Biblioteca Breve. Extraído de la edición online de La tertulia de la granja: (http://www.latertuliadelagranja.com/sites/default/files/Sabato,%20Ernesto%20-%20Uno%20y%20el%20Universo.pdf)

2

SÁBATO, ERNESTO. El túnel (2014). Original de 1948. Edición de Ángel Leiva. Madrid, Cátedra. 36ª edición.

3

Fragmento de SABATO, ERNESTO. Itinerario (1969). Buenos Aires, Sur. Citado en la página Revista de Artes (http://www.revistadeartes.com.ar/revistadeartes46/46_tango-sabato.html).

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