Relat

La charla

El campus de aquella universidad estadounidense estaba atiborrado de personas aquella tarde. Entre los congregados había estudiantes; personas que acudían por verdadero interés, otras que lo hacían para alimentar su barniz de presunta intelectualidad y otras, las que más, que lo hacían por curiosidad o aburrimiento. Había también profesores e invitados diversos. Aquel pedazo de tierra ajardinado era realmente una biopsia en la que se podían observar todas las capas del tejido universitario.

El departamento de Estudios Culturales había organizado una mesa redonda donde participarían diversos especialistas sobre la obra del recientemente fallecido premio nobel Gabriel García Márquez. El punto fuerte sería la intervención de uno de los mayores especialistas en la obra del colombiano, venido directamente desde México, su país natal.

Pedro Rueda, que así se llamaba el célebre doctor, expondría su tesis basándose en un texto divulgativo que había escrito hacía un año. Esta versaría sobre “la circularidad del tiempo en Cien años de soledad”.

Cualquiera que hubiera conocido los recientes episodios personales del doctor mexicano se habría dado cuenta de que animarle a hablar sobre ese tema en concreto podía parecer una broma de mal gusto, aunque ni siquiera él mismo había contemplado esta perspectiva. El doctor Rueda enseñaba literatura española en la Universidad de Monterrey con una pasión absorbente, que hacía perder la noción del tiempo a él y a cualquiera que lo escuchara durante sus lecciones. Sin embargo, había sufrido un accidente de moto que lo había llevado a estar ingresado grave durante un tiempo. De esto hacía ya seis o siete meses y, aunque el profesor había sobrevivido al impacto sin heridas importantes en el cuerpo, sí que las había recibido en la mente. Un golpe en la cabeza contra el pavimento le había producido un daño cerebral que le provocaba pérdidas de memoria a corto plazo, y que por desgracia ya era una secuela permanente. Al enterarse de este problema se había hundido, creyéndose incapaz de volver a dar clase o de leer un libro de nuevo. Pero Pedro Rueda, hombre optimista y de vitalidad exacerbada, había ido reponiéndose emocionalmente hasta regresar por fin a las aulas.

Sin embargo, sus clases se hacían repetitivas, monótonas hasta el absurdo, y desde luego no porque no se explicara de forma amena sino porque cuando terminaba un tema, sin darse cuenta, volvía a empezarlo automáticamente. Y estaba más que claro no lo hacía queriendo, porque volvía a contar las cosas con el entusiasmo febril con el que había empezado la lección a las diez de la mañana: el problema era que ese entusiasmo no causaba el mismo efecto en los alumnos a las doce, tras dos horas de repeticiones ininterrumpidas. Algunos bostezaban, otros se iban irritados y la mayoría se quedaban en clase observándolo con un gesto de aplicación fingida que ocultaba un enorme desconcierto y una pena inmensa. Porque todos, eso no puede discutirse, querían mucho a Pedro Rueda.

El doctor Rueda, en fin, sobrellevaba su problema practicando una revoltosa simpatía y una conversación fluidísima, siempre llena de bromas. Para los que no lo conocían bien, estos era simplemente los rasgos de un hombre encantador, pero para los que sabían de su enfermedad eran un recordatorio de cómo esta lo estaba destruyendo: ya no era él, ya no era el doctor Pedro Rueda, doctor en Filología Española; era un espantapájaros con su cara, un cuerpo vacío, un pobre hombre que ha perdido por completo la cabeza y en el que sólo se ven como indicios de un pasado mejor los pocos tics, resabios o manías que conserva de cuando vivía en él.

En la universidad aquel día, sin embargo, nadie tenía constancia su enfermedad, puesto que él mismo se esforzaba en ocultarla fuera de sus círculos más íntimos.

Con su cordialidad pronto se ganó a los doctores, a los catedráticos, a los estudiantes e incluso a los bedeles, antes ya de empezar la charla. Allí, además, todo el mundo lo veneraba profundamente: todos tenían en cuenta que era, posiblemente, el mejor especialista en letras hispanoamericanas que había pisado jamás aquella facultad.

La concurrencia tomó un aperitivo frugal, y luego empezó el evento.

Abrió la mesa redonda la catedrática que hacía de moderadora, dando las gracias a todos los espectadores y contertulios por su asistencia, e introdujo la intervención del doctor Rueda con una ristra interminable de alabanzas. La mitad iban allí a escuchar a un profeta que bajaba de la montaña con un micrófono y un cuaderno de tapas blandas entre las manos. No hay que olvidar que muchos de los estudiantes no eran más que niños bien de primer o segundo año que, como mucho, leían traducciones de Cortázar los fines de semana.

El doctor Rueda, además de por su famosa erudición, infundía respeto por su físico: alto (frisaba el metro noventa), de piel siempre sonrojada y de anchas espaldas, parecía más acostumbrado a talar árboles con los puños que a disertar sobre novela moderna. Cuando comenzó a hablar, todos callaron. Una nube pasó deshaciéndose por el cielo, mientras que otras dos se fundían en una única nube gris y apelmazada.

Con voz grave y risueña a la vez agradeció la invitación en un inglés con marcadísimo acento latino y, dado que se encontraba en Norteamérica, quiso preludiar el tema principal con una breve comparativa entre la obra de García Márquez y las novelas de Faulkner. El auditorio lo miraba extasiado, apuntando cosas sin cesar. Dos profesores bebieron agua. Un perro pasó por las inmediaciones y el bedel lo echó discretamente del recinto. El cielo comenzaba a nublarse todavía más: aún no amenazaba lluvia, pero se estaba poniendo muy feo.

―Dado que la novela es eminentemente circular ― contó Rueda―, no será nada disparatado empezar mi exposición por el final ―. Dicho esto tomó un sorbo de café y se enfrascó en la caracterización de un Macondo ruinoso, destruido poco a poco por la civilización y las compañías bananeras, que volvía finalmente a abonar con sus escombros la tierra donde había nacido.

―Y es por eso ―resumió―, que la sensación de repetición unida a la sensación de caos está paradójicamente inserta en el curso de un tiempo narrativo aparentemente clásico y accesible al lector inexperto, hecho que explica el gran éxito comercial de la obra.

Todos callaron mientras el declamador revolvía las hojas de su cuaderno, se suponía que ordenándolas. Las nubes habían comenzado a arremolinarse y, mientras cerraban sus grietas y se pegaban definitivamente entre sí en una sola masa, el televisor sin volumen del hall, a cierta distancia de allí, anunciaba la proximidad en el área de un huracán procedente del golfo de México. Lamentablemente, nadie oyó la noticia.

Fue entonces cuando el doctor Rueda, después de una pausa dramática, volvió a empezar:

―Dado que la novela es eminentemente circular…

Todos los oyentes se miraron incómodos, inquietos por lo que parecía tratarse de un lapsus que nadie, a causa de la admiración que suscitaba el doctor mexicano, quería atreverse a corregir. Intentaron hacer como que no pasaba nada. Mientras tanto, empezó a soplar el viento con dureza, y uno de los miembros de la mesa redonda tuvo que cazar al vuelo sus apuntes. La moderadora ponía cara de expectación.

En medio de una tremenda tensión, el doctor acabó otra vez su explicación mostrando una sonrisa amable y genuina. Fue en ese momento cuando una gran racha de viento se llevó por delante, haciéndola rodar por el campus, una sombrilla que habían puesto por ahí, en principio, para proteger al auditorio del sol. La gente se agachó sobresaltada, incluido Pedro Rueda. Entonces llegó el bedel gritando alarmado, exhortando a la retirada con gestos expresivos de sus manos y de sus brazos.

―¡Viene el huracán! ―advirtió―. Rápido. Hay que interrumpir la charla e ir a refugiarnos al edificio, o vamos a tener problemas.

Rueda no debió de entenderlo, puesto que apenas se limitó a torcer un poco el gesto, extrañado, para volver inmediatamente a una sonrisa pacífica. Tomó aire, y todo el mundo se dio cuenta de que lo hacía para volver a retomar la misma explanación, otra vez desde el principio. Sin embargo, nadie osó cortarle la palabra al maestro y, tras mirarse unos instantes un poco perplejos, los rostros de estudiantes, profesores y colaboradores se endurecieron de puro fastidio e indicaron al bedel, de forma discreta pero unánime, que se callara.

―Dado que la novela es eminentemente circular…

El auditorio fingía atención, a pesar de que el viento había arrancado de cuajo uno de los árboles del campus y lo había estrellado, haciéndolo astillas, contra la torre más alta del edificio central. Si estaban nerviosos, no lo parecía. A lo sumo alguno mordía la punta del bolígrafo o se rascaba la oreja con insistencia, pero todos se aferraban a su silla y forzaban un silencio que era antinatural en la situación de riesgo extremo en que se encontraban, pero imprescindible para que el doctor pudiera seguir sin interrupciones su charla. El bedel, muerto de miedo, corrió hacia el edificio, traspasando el umbral de la puerta justo en el momento en que un soplido inhumano despedazaba el último parterre que sus botas habían pisado.

Pedro Rueda paró de hablar, asustado, pero en breves instantes pareció olvidarse de lo que estaba pasando y volvió a sonreír. Los gestos de los asistentes empezaban a revelar desconfianza, pero era necesario mantener la compostura ante todo. Al fin y al cabo era completamente imprescindible ser respetuosos con la autoridad: una actitud correcta y favorable hacia aquella eminencia podía proporcionarles su simpatía, tal vez alguna recomendación en alguna que otra universidad extranjera, tal vez una preciada entrevista para completar un doctorado muy bueno o muy mediocre… Imaginarias simpatías, recomendaciones, ayudas y entrevistas que una tempestad violenta barrió de la faz de la tierra, de la misma forma que otra idéntica había barrido en Macondo las ilusiones marchitas de una estirpe devorada por las termitas, justo en el momento en que el doctor pronunciaba estas palabras ante una multitud de seres que parecían distintos, pero que eran completamente idénticos en sus ardores y anhelos:

―Dado que la novela es eminentemente circular…

Víctor Doló.

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