Ressenya

Juventud, profano tesoro

Paisaje del desierto de Sonora. Fotografía obtenida de Intact Nature (http://intactnature.com/sonoran-desert).

Paisaje del desierto de Sonora. Fotografía obtenida de Intact Nature (http://intactnature.com/sonoran-desert).

Hay autores a los que es dificultoso acercarse desde una perspectiva puramente fría y analítica. Víctimas tal vez de ciertos influjos de la industria informativa y publicitaria actuales o de una tendencia innata en nosotros a la idolatría, en ocasiones no podemos evitar remitirnos a imágenes cómodas, prefabricadas, patéticamente rígidas y envueltas para regalo, de lo que son figuras artísticas o intelectuales mucho más difíciles de comprender. Esto nos pasa con más frecuencia a los lectores jóvenes, quizá porque aún no nos ha dado tiempo a asumir una formación lo suficientemente completa como para poder asimilar con claridad todas las múltiples caras de individuos tan complejos, y tiramos más de brocha gorda. En un artículo pasado, mi compañero de revista Eduard Mestre utilizaba el sintagma “personalidades de colorines”[1], que creo que resume muy bien estas propensiones. No todo es tan fácil como abreviar a Baudelaire mencionando que se emborrachaba con absenta y escribía en los prostíbulos sobre barcos brumosos, retratar a Hemingway como un yayo barbudo que cazaba antílopes y amaba las frases cortas, y resumir que Cela era uno que más que nada decía muchas palabrotas y que de vez en cuando se iba a pasear por los campos castellanos. Permítaseme la obviedad.

En el caso de Bolaño, por momentos, es muy arduo escapar a esto. A muchos de los que lo hemos leído nos ha llamado la atención, en un momento u otro, su tan cacareada faceta de “poeta maldito” (una expresión que nunca me ha parecido convincente), de habitante de la precariedad a la par que erudito autodidacta de la alta literatura. Sus gafas redondas, su aspecto frágil, su desgraciada enfermedad y su muerte temprana. Rasgos verdaderos, sí, pero insuficientes por sí mismos. Todavía es más trabajoso no quedarse atrapados por la atracción de este tipo de estampas cuando nos enfrentamos a una novela que nos ofrece un catálogo completo de los temas obsesivos y tópicos del universo del escritor: el peregrinaje de los latinoamericanos que huyen de una tierra condenada, el submundo de la extrema derecha, las muertes bajo la canícula del desierto, la melancolía de los apartamentos de la Costa Brava; la literatura, vista desde el academicismo, la feroz industria editorial o el cerebro de los amateurs, de los literatos “de guerrilla”. Estas estampas simplistas, como iba diciendo, no hacen justicia a nadie, y a Bolaño menos que a ninguno.

Si alguien busca épica en Los detectives salvajes (1998), debería decirle que mejor no se lo lea. ¡Ojo! Que si quiere acción, tendrá de todo: peleas, persecuciones, sexo, sangre. Pero si solamente nos atenemos a los episodios que ocurren en ella[2], esta novela no pasaría de ser una historia semi-policiaca medianamente original. Lo interesante de Bolaño es que es uno de los autores contemporáneos con un público más o menos amplio que no logra captar la atención del lector porque trate una temática variopinta y excitante en sus diferentes obras; si lo leyéramos pensando únicamente en eso, nos bastaría y sobraría con la entrañable Estrella Distante. Tampoco depende (al menos no del todo, al menos no en esta novela) de las seducciones de la introspección psicológica, que en el género narrativo pueden ir del examen hondo y minucioso a la búsqueda de la lágrima fácil. Lo que él tiene es algo que casi nos parece de otra época, y es que da muchísimo valor a la estructura, a la construcción de un esqueleto narrativo específicamente pensado y labrado para cada libro.

La linealidad de los primeros capítulos, escritos en primera persona y con el tono confesional de un diario personal adolescente, nos proporciona un arranque sosegado que no sólo facilita una entrada amable a la obra, sino que viene acompañada de un abanico de datos que nos será completamente necesario tener presentes cuando, terminada la primera parte, el abanico se cierre de golpe, se rompa en pedazos y los proyecte hacia el futuro. Desconcertados, navegaremos de pronto en un flujo coral conformado por ni más ni menos que 52 voces narrativas distintas que, turnándose, nos referirán los hechos acontecidos a personajes presentes o en la primera parte, acontecidos antes y después de que cuatro de ellos realicen un viaje al desierto que para mí es el verdadero punto de inflexión de la novela, y que encontraremos rodeado de un halo de silencio total hasta la tercera parte.

Es especialmente atrayente, sobre todo en esta segunda parte, el estilo discursivo practicado por el autor, que imita la forma de las declaraciones testimoniales y aproxima aún más la obra a los mecanismos de la novela negra o detectivesca: no hay largas descripciones, no hay ribetes innecesarios; se enumeran uno tras otro los hechos o pensamientos que se quieren transmitir y como mucho se glosan con brevedad. Los testimonios nos declaran su sentir íntimo pero a través de sus palabras, sin darnos la oportunidad de bucear en él furtivamente. No hay más detalle que el estrictamente necesario. Cualquiera podría decir que los distintos narradores hablan como si estuvieran siendo interrogados bajo la luz del flexo de una comisaría o de un juzgado. Bolaño, sin embargo, se sirve de este estilo sucinto, semejante por momentos a una traslación literaria del puntillismo, para seleccionar solamente las palabras más significativas y realizar bosquejos emocionales simples pero perfectos, anécdotas entrañables de vidas agitadas o insulsas a más no poder.

Un estilo limpio y accesible que contrasta vivamente con el salto de pulga del foco narrativo. Este, lejos de desviarnos demasiado del hilo principal segmenta la novela en partículas, en historias que podrían ser leídas por separado como pequeños cuentos independientes pero que presentan como ingrediente idéntico las referencias intermitentes a dos figuras errantes y, ante todo, a la banalidad que difumina la esperanza de todo proyecto personal:  vivas miniaturas alegóricas del devenir de todo un continente que ha perdido la batalla o que ha renunciado categóricamente, como indica el diálogo de Malcom Lowry que abre la novela, a que un Cristo Rey lo ampare.

El último apartado cierra el libro con la llegada de unos jóvenes al paraje donde sufrirán el último y necesario desengaño cuando comprueben que la cultura, en el fondo, no puede salvar del todo a nadie, y que cualquiera que quiera darse a ella debe contemplar la posibilidad de «perder de pie, con los ojos abiertos, y no arrodillado en un rincón rezándole a San Judas Tadeo y dando diente con diente.»[3] Frente al eterno titubeo epistemológico que tanto atormentó a Sor Juana Inés de la Cruz (una de las infinitas referencias culturales que salen en Los detectives de la boca de jóvenes aprendices), la propuesta de Bolaño es responder con el vuelo del kamikaze antes que con la abulia y la parálisis del pesimista. Y es que la juventud, para cualquier persona, es o debería ser eso: un «salto al vacío»[4] enérgico y fogoso que, aunque es conmovedoramente terco, siempre termina donde no quería terminar: tal vez en un barranco, tal vez solamente en el suelo de una vulgar pista de atletismo, tal vez en el barro, pero nunca en el colchón de las glorias soñadas, mullidas y mimosas.

No están ausentes en la novela el humor ni el juego, dosificados en pasajes geniales que en ocasiones recuerdan al extrañamiento lúdico y estilístico de Rayuela, como por ejemplo un ejercicio de clasificación de los poetas según su grado de homosexualidad (porque sí, todos sin excepción son homosexuales), o unas adivinanzas alrededor de dibujos de sombreros charros. No tenemos claro qué es lo que persiguen Belano y Lima por el desierto tras el rastro de un poema gráfico que más bien parece una broma. Una broma de muy buen gusto, eso sí, y una grata excusa para huir del desgarro del DF y sus líos y saciar su hambre de mundología. La única manera que tienen estos personajes de sobrellevar la sordidez es reventando la épica sentimentalista con la que solemos envolverlo todo, contestando al vacío y al descalabro con una gran carcajada cínica y desmitificadora o redescubriendo desenfadadamente una vida que a veces nos angustia demasiado con su complejidad.  Y eso, aunque no los haga menos infelices, los justifica. Precisamente por esta actitud creo que Bolaño no tiene nada de maldito, de marginado o extraviado: bajo su trazado de una poética aparentemente pesimista se oculta una apuesta clara por el compromiso férreo de afrontar la existencia con un empuje a veces poderoso, a veces latente, desesperado, ácido o melancólico, pero siempre presente.

El periplo que se extiende desde la entrada del joven estudiante García Madero en un taller de poesía hasta una reyerta en los páramos de Sonora y más allá, llevará a los personajes a comprender que no pueden hacer más que rendirse frente al perezoso stablishment, encarnado en un Octavio Paz ya anciano y cansado, harto de premios y reconocimientos y tal vez algo envidioso de la libertad desatada y del arrojo desesperado de estos jóvenes vanguardistas. Luego se dedicarán a vagabundear por el mundo entre amargo y agridulce que les ha tocado vivir, sin dejar nunca de querer averiguar, incluso después de desechar la literatura (de “haber leído todos los libros que uno puede leer, todos los libros del mundo”[5]), de destruir hasta el código del lenguaje y sustituirlo por el trazo y la sugerencia, qué hay detrás de la ventana.

Tal vez lo encontrará uno de ellos arriesgando el cuello en Liberia junto a un batallón de soldados mandingas que huyen de un señor de la guerra. No lo llegaremos a saber. Tal vez no lo encontrarán nunca, pero eso no les importa. Tal vez lo único importante no sea el cálculo del beneficio sino la acción por la acción misma, el inconformismo, el ansia del hallazgo, el vivir en una eterna post-adolescencia que, desorientada pero bullente, busca sin parar su norte. Al final lo contado, como en toda gran novela, va mucho más lejos de lo que nos puede ofrecer algo tan limitado como las seiscientas y pico páginas de un solo libro, que no es en el fondo más que un punto de partida. El impulso de la inquietud, y no el deseo de una hipotética recompensa redentora, es la única ilusión que nos queda para soportar el mundo y, a ser posible, hacerlo avanzar un poco. Por eso hay que seguir aprendiendo y leyendo mucho y buscando el próximo horizonte, que antecederá a otro más lejano, y así sucesivamente hasta el fin. Y antes que nada, podríamos empezar a hacerlo tomando conciencia de que la esencia de un autor se ensancha mucho más allá de un puñado de rasgos iconográficos: las gafas redondas, el malditismo, etc.

Víctor Doló

Citas/referencias bibliográficas:

[1] “Un mississipi mud muffin i un quad venti non fat-latte, siusplau”. MESTRE, EDUARD. Mecanoscrits (15/07/2015): https://mecanoscrits.wordpress.com/2015/07/15/una-mississippi-mud-muffin-i-un-quad-venti-non-fat-latte-si-us-plau/

[2] El propio  Bolaño en su entrevista para “La belleza de pensar” aboga por un peso inferior de la trama frente al de la estructura y el cruce de voces. Link de la entrevista aquí, con el audio mejorado: https://www.youtube.com/watch?v=KLKzDmnntjA

[3] “Sobre la literatura, el Premio Nacional de Literatura y los raros consuelos del oficio”, en BOLAÑO, ROBERTO. Entre paréntesis. Barcelona, Anagrama. 2004.

[4] El propio Bolaño utiliza este término en su “Discurso de Caracas”, incluido también en Entre Paréntesis.

[5] Arturo Belano dixit, esto o algo parecido.

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s