Relat

Las hojas negras

Me lo encontré. Estaba oscuro cuando abrí la puerta y en su habitación me lo encontré, derrumbado en el suelo, la sangre a chorros aún fresca por la garganta, jersey, pantalón, parqué, el cuchillo en la mano derecha: pálida, pálida, pálida. Una última carta de despedida bajo su lámpara. Algo romántico, seguro. Me moría. Qué risa, no podía parar de reírme. Había de decírselo rápido, a todos, después de tanto tiempo esperando y viviendo con él al fin se había muerto, y no solo eso, había ganado la apuesta, ellos serían los invitados pero yo había ganado la apuesta; nos merecíamos todas las botellas de vino del maldito mundo. Fui a llamar uno por uno a Los Poetas y estuve como media hora para hablar, cada vez que lo contaba me moría de risa, no podía contenerme, era absurdamente inútil. Es que me miraba, tenía una cara de imbécil que era para mearse encima. Tuve que relajarme, aprovechar una birra y salir a la terraza a tomar un poco de aire fresco, para serenar los pulmones de tanto reírme, de tanto tabaco. Llegó primero el poeta Político, otro payaso que se cree escritor, y cuando lo vio no supo reaccionar, estuvo como unos largos y tensos segundos en desagradable silencio , como si dos manos opuestas estirasen las entrañas de un cerdo, y yo mirándole nervioso, esperaba una risa que tardó en producirse, leve, cada vez más alta. Al final nos aguantamos el uno al otro para no caernos.

Luego llegó la Filósofa, nunca me cayó bien, y se quedó mirándolo con una permanente mueca y con un estúpido ruido repetitivo que debía ser una risa, muy forzada, poco natural, como siempre. Después vino Borracho y luego sí que nos reímos de verdad, me encantaba. Romántico no vino, sabíamos que no iba a venir, no para estas cosas. Encendimos la tele, lo desnudamos y lo pusimos en el asiento privilegiado del sofá, el rey de la casa. Como daban las noticias tuvimos que dibujarle un par de lágrimas, había que dramatizar la escena. Nos pusimos a mirar lo más bonito de la sociedad del espectáculo y pensaba que se me había vaciado la mercancia de alcohol. Había ganado la apuesta y encima me tocaba el premio de no tener alcohol en casa. Efectivamente, no había alcohol. Les dije de todo, me tambaleaba, hacía gracia, yo tampoco paraba de reir. La cara de estúpido que tenía era para retratar, nos hicimos unas cuantas fotos con él y, cuando pensaba que se había cumplido la noche, cuando íbamos a dejar por zanjado el tema, quemarlo y tirar al mar sus cenizas, pues no, la noche no quiso acabar, estábamos demasiado arriba para que acabarse ahora, en estos momentos, no, vamos a lucir nuestra estrella por toda la ciudad. ¿Tienes un arco? Sí, en la navaja suiza. No, ahora en serio, ¿tienes un arco? ¿Tú qué crees? ¿Pero cómo voy a tener un arco aquí? ¡Maldita sea! ¡Necesitamos un arco!

Compramos un maldito arco con flechas incluídas. Nuestra estrella arriba en el coche, esparciendo la felicidad a los viandantes.

Pensamos en ir a los suburbios pero no hacía falta, aquí hay mendigos de sobras. Caja por caja íbamos parando para que viera los vagabundos, a ver si el universo conspiraba a favor de ellos a través de sus ojos muertos. Me costaba manejar el volante, como nunca, pero la situación valía la pena y no era la primera vez que conducía así, que se lo pregunten a Borracho. Borracho, no le pegaba el nombre, a ninguno nos pegaba el nombre, demasiado categórico. Me siento más cómoda con Borracho y hablo mucho de él, ¿y qué? A veces me da por ponerme moral, caben bromas en la moral, bueno, todo en ella son bromas. Pero vamos a respetar las ideas de los demás, que Político piense lo que le venga en gana. Categorizar un poeta… pecado, pecado. Se hizo oscuridad plena, qué suerte que tenía luces de navidad,  apagadas, nuestro árbol antropomorfo, nuestra estrellita del alma.

Era tarde, tarde. Nos adentramos al bosque, bosque, y en lo alto, alto de la montaña lo dejamos caer de un árbol; con una navaja dibujamos INRP y le hicimos una corona de ortigas preciosa. Bonita, bonita. EL paisaje era maravilloso. Faltaba alcohol, pero era maravilloso. Con los móviles encendidos leímos la carta de despedida y no pudo sufrir más mi respiración, allí entre las hojas negras. Ahora sí que me moría. Línea por línea, frase por frase, la vida me parecía cada vez más cínica. Me fumé otro cigarro, necesitaba fumar, sí, después de acabar asfixiada, y después nos pusimos a charlar y olvidar un poco el tema. Era agradable estar allí, entre las hojas negras, pero era tarde, salía el sol, que reclamaba su querida estrella muerta.

Llegamos a la playa y debían ser las ocho. Nos daba bastante igual pero era sorprendente, no sabía que podía estar tan activa en un funeral. La playa sin nadie: inaudito placer. Arrastramos la estrella en la orilla, le pusimos un céntimo en cada ojo y espera, no tenemos barca, ¿Y cómo quieres que tenga barca? No sé, pero si no hay barca no… no tiene mucho sentido, Bueno, ¿qué más da? Por cambiar un poco la tradición no pasa nada, Bueno, como tu digas, Por supuesto. Cogimos una flecha, Borracho donó un poco del alcohol de su petaca (que Dios le bendiga), yo encendí el mechero y se encendió. Tiraron a nuestra estrella del corazón al mar y se alejaba despacio. Tensé el arco con decisión, mirando fijamente mi estrella. Fallé. Lo siento, no acostumbro a tirar con arco, que lo haga otro. Mismo proceso. Acertó. La fuerza de la flecha lo giró bocabajo y se apagó el agua. Otra vez la risa. Mi pecho no aguantaba, mi alma quería salir. Y se acabó, dejó de tener importancia. Adiós estrella, juguete de una noche. Nos morimos un poco todos, más de lo normal. Al pasar unos minutos en silencio Filósofa y Político volvieron a hablar en la distancia, Borracho y yo nos sentamos en la orilla y charlamos, como siempre. Todo seguía tranquilamente igual.

Al final se fue, Sí, como sus sueños, con una herida ardiendo en su corazón, ¿Tú crees que Romántico estará bien? No, no lo estará, eran amigos, Maldito Soñador, Sí, maldito, ¿Tú crees que volveremos a verlo? ¿Volverlo a ver? Siempre vuelve.

Sergi Saranga

 

 

 

 

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