Relat

Acuarios

 

 

«No hay nada como una Mirinda bien fría, ¿no le parece?»

Mirindas asesinas, Álex de la Iglesia (1991)

 

Esto pasó hace unos siete años. Me había instalado recientemente en un pueblo del Vallés. Por aquel entonces me estaba preparando para intentar que me admitieran en un importantísimo campeonato de natación, e iba cada tarde a entrenar a un club deportivo a las afueras del lugar donde vivía. Estaba a cinco minutos en coche; un recinto circundado de pinos y alguna que otra manzana de casas unifamiliares. En aquellos días me ejercitaba hasta la extenuación; terminaba siempre agotada. No estaba en un muy buen momento personal: había dejado una relación tóxica y peligrosa en mi país, todavía no me sentía completamente adaptada a mi nuevo entorno (aún no acababa de dominar el castellano ni el catalán), no tenía amistades sólidas en el nuevo continente, y habitualmente no salía de casa más que para coger el coche hacia la universidad o hacia el club deportivo. Me estaba descuidando bastante personal y emocionalmente, por decirlo así.

La verdad es que la gente del club no tenía pinta de ser demasiado interesante. Las conversaciones que solían chisporrotear en el vestuario se daban entre mujeres ya mayores, casadas o divorciadas, y normalmente se alimentaban de absolutas banalidades: programas del corazón, cotilleos del pueblo, invectivas contra una amiga que aquel día no había venido a jugar a pádel, y tonterías por el estilo. Después de ducharme, secarme el pelo y vestirme, algunas veces me acercaba a tomar algo al bar del recinto, que estaba en el piso de arriba. Tenía una pequeña terraza, que nadie usaba en los meses más fríos. El interior, por otro lado, acostumbraba a estar bastante vacío a aquellas horas, y estaba bastamente amueblado con tres mesas de mármol, un televisor más bien antiguo, una mesa de futbolín y unas cuantas banderolas de los colores del equipo de algún deportista famoso nacido en el pueblo; ahora no recuerdo si era un futbolista o un corredor de motos o de rallyes.

Detrás de la barra solía estar un hombre gordo y medio calvo, que llevaba siempre una cara de mal humor que de tan desagradable parecía hasta cómica. Cuando le pedías algo jamás te servía él, sino que fruncía la nariz y llamaba a un chico bastante raro que andaba por ahí y que tenía pinta de ser su hijo. Cuando digo que era raro debería especificarlo un poco mejor: no parecía que estuviese enfermo, es decir, no tenía pinta de padecer ninguna enfermedad diagnosticable. No sé cómo expresar esto sin ser políticamente incorrecta. El caso es que era muy raro todo él, también físicamente: era muy pálido, tenía la cara llena de sarpullidos, el pelo negro y completamente lacio, la boca enorme y con los incisivos muy salidos, pero lo que más llamaba la atención era su frondosísimo entrecejo, que literalmente trazaba una única línea peluda sobre sus dos ojos pequeños y sus pupilas oscuras y relucientes, como dos aceitunas negras emergiendo del líquido de un pote de conservas. Cuando andaba parecía que iba torcido, de hecho creo que cojeaba un poco, e iba como queriendo esquivar las mesas cuando el espacio y la distribución del local no le obligaban a hacerlo. Tenía una voz finísima y quebrada que, no sé por qué, a mí me provocaba cierta melancolía. Parecía la voz de un niño muy tímido al que, con la llegada de la edad adulta, se le hubiera puesto la voz más grave pero siguiera conservando la misma dicción inocente e indecisa de antes.

El primer día que entré al bar me senté en una de las mesas, junto a una ventana, y levanté la mano. El hombre grueso lanzó su gruñido característico y en pocos segundos el chico estaba junto a mí. Le pedí una naranjada. Con la boca medio abierta y los ojos entrecerrados asintió con la cabeza de forma muy expresiva, se metió en el almacén —que estaba junto al baño, tras una puerta marcada con un cartel de “privado”— y regresó con un vaso de limonada con hielo. No era lo que le había pedido y durante unos segundos vacilé, pensando en si debía pedirle por favor que se lo llevara, pero siempre he sido muy vergonzosa para estas cosas y me conformé con lo que había. El chico se fue y entabló conversación, si podía decirse así, con un cincuentón de aspecto bastante desagradable que estaba sentado en un taburete, medio apoyado en la barra y tomándose un carajillo. Soltaba palabrotas y guarrerías todo el rato; se notaba que le estaba tomando el pelo. Nada indicaba que al padre le supiera demasiado mal que lo hiciese. Por los motivos que ya he explicado, me llamó vivamente la atención aquel personaje de aspecto desamparado, que parecía bastante fuera de lugar en aquel páramo de amas de casa amargadas y paletos machistas (no había día que no me librara de al menos una mirada definitivamente intencionada).

Una escena parecida se repitió al cabo de dos días. Cuando llegué, después de haber terminado mi rutina de entrenamiento diaria, estaba el mismo tío asqueroso del carajillo jugando al futbolín con otro hombre de corte similar. Debían de ser los únicos clientes fieles de aquel antro. La televisión estaba encendida, y ambos jugaban tan enérgicamente y escuchaban y comentaban con tanta atención las noticias, que no parecían muy pendientes de bromear con el hijo del camarero. Me senté un poco más lejos, y para intentar abstraerme del ruido del futbolín y de las deprimentes informaciones que salían del televisor, abrí un libro. El barman me vio y ya avisó directamente al chico antes de que lo hiciera yo. Este vino rápidamente (creo que se tropezó en el camino), y me pregunto con voz trémula qué deseaba tomar. Le pedí una naranjada, como la última vez, y como la última vez me trajo una limonada.

—No… no nos queda naranjada— murmuró.

Y puso una cara que me inspiró una desolación extrema.

Le dije que no pasaba nada, le di las gracias y le sonreí, y aunque el limón nunca me ha gustado demasiado, me callé y me bebí el vaso mientras hojeaba mi novela y escuchaba las interjecciones de la pareja de simios que proseguían en la esquina con su contienda. El chico pareció contento de que le sonriera; digo pareció porque resultaba difícil saber lo que le pasaba por la cabeza —si es que le pasaba algo—, pero la mueca que hizo curvando un poco los labios me pareció de satisfacción: quizás era la primera vez que le daban las gracias por algo en todo el día, o en lo que llevábamos de semana.

Durante un mes seguí yendo al bar de vez en cuando y podría decir que llegué a entablar, más o menos, una relación de cordialidad con el jovencito del entrecejo. Le pedía directamente una limonada, para no darle más trabajo, le sonreía y él, tras hacer aquella mueca triste —que me revolvía las tripas y sabía que significaba algo o quería decir algo, pero ¿qué significaba? ¿Qué quería decirme? ¿Por qué me hurgaba el alma de esa manera?— se volvía a su rincón con las mejillas un poco encendidas; creo que desde entonces en adelante seguía contento hasta el final del día. A veces me daba un poco de mala espina, pero no sé por qué, tal vez porque intuía que mis breves muestras de atención lo hacían un poco más feliz en aquel sitio tan deprimente, llegó a caerme realmente bien. Maticemos: nunca sostuve con él una conversación como Dios manda, tampoco creo que le preguntara como se llamara, y si lo hice no me acuerdo de lo que me contestó, pero le tenía simpatía.

 

Un día llegué un poco más tarde de la hora usual. Antes me había llamado mi ex y habíamos tenido una discusión de hora y media durante la cual nos habíamos dicho de todo. Estaba devastada y decidí no salir del agua hasta que los músculos me dijeran basta.

A medio entrenamiento, después de cruzar la piscina a braza y mientras descansaba en uno de sus extremos, me fijé que tras el gran cristal que hacía de pared del cobertizo donde estaba la piscina, que daba al camino de tierra que conducía a las pistas de tenis, estaba el barman paseándose y hablando por el móvil, con su cara de mal humor habitual. Parecía todavía más enfadado por cómo gesticulaba, movía los labios y caminaba apresuradamente casi en círculos. De repente, el hombre se giró hacia mí y se dio cuenta de que lo estaba observando. Me quedé paralizada. Su mirada ojerosa se clavó en mí y pude notar en ella una crueldad brutal, algo inquietante que no parecía del todo humano (aunque aquí, quizás, me esté dejando llevar por la exageración). Quizá la debilidad causada por el mal trago que había pasado aquella tarde amplificaba esa sensación. Soporté un miedo atroz durante los dos segundos que duró su mirada; cuando vio que me giraba hacia adelante y me disponía a nadar, la despegó de mí y siguió con su misteriosa conversación. Intenté seguir nadando un rato, pero se me había puesto muy mal cuerpo y no aguanté más de quince minutos más.

No termino de entender muy bien por qué decidí pasarme por el bar. Creo que el haber visto al camarero tan violento había hecho que me preocupase por el hijo, que quisiese saber si estaba bien o si le había pasado algo. A veces son curiosos los vínculos que establecemos basándonos en inclinaciones arbitrarias.

No debí haber ido. Cuando pasé el umbral de la puerta me encontré al chico sentado en una de las mesas, junto a una lata abierta y un vaso medio lleno. No pude cerciorarme de si estaba llorando o temblando; se tapaba la cara con las manos y hacía un montón de tics que no le había visto antes. Cuando oyó que había entrado me dedicó una mirada que, como la de su padre, me traspasó del todo. Todo estaba oscuro porque al ser más tarde el sol ya se había puesto casi del todo, y además la luz del bar no estaba encendida: sólo refulgía en la oscuridad el puntito brillante y rojo que emitía el televisor apagado. Además, ya se había ido prácticamente todo el mundo a casa: el club estaba desierto y, por lo tanto, tampoco había nadie en el bar excepto nosotros dos.

Por un momento quise chillar de terror, pero la garganta no me respondió. Pensé que me iba a hacer algo, que me iba a llevar al almacén y me iba a violar con saña.

—Ya no nos queda naranjada— balbuceó con un hilo de voz que me rompió el alma. Y esta vez la mueca que produjo a continuación me arrasó del todo por dentro. Noté como si todo mi organismo fuera un muro derruyéndose.

No pude soportarlo ni un minuto más. Aferrando con fuerza mi bolsa de deporte, me precipité hacia la salida con un sudor frío empapándome las sienes y el corazón latiéndome en el pecho tan fuerte que parecía que estuviera boxeando con mi esternón.

 

Al cabo de dos días, ya un poco más relajada y con la cabeza algo más en su sitio, quise volver a saludar al chico del bar y a pedirle perdón. Me sabía mal lo que había pasado, y me sentía fatal por haberme dejado llevar por la ansiedad, el miedo y unos prejuicios tremendos e injustificados contra alguien que, seamos sinceros, no me había hecho nunca nada malo ni tenía pinta de querer hacérmelo.

Mientras subía las escaleras que conducían al lugar, me sorprendieron unos gritos furiosos que procedían de él. Se escuchaban también algunos golpes secos que por cómo sonaban parecían propinados a objetos más que a una persona. Me empezaron a temblar las piernas, pero un impulso de curiosidad temeraria o de heroísmo ridículo me desentumeció los músculos y me disparó hacia arriba como una bala.

El chico estaba encogido en el suelo, sollozando, sobre un charco de naranjada y unas cuantas latas aplastadas. Olía un poco raro; quizás la bebida estaba en mal estado o quizás era simplemente el olor del miedo. No tuve tiempo de reflexionar sobre esa escena tan grotesca porque junto a él, erguido, el camarero rugía con su cabeza mofletuda roja como una fresa, y unos ojos de loco terroríficos. Le pegó una patada a su hijo en las costillas y, sin dejar de insultarlo, levantó el puño cerrado listo para continuar con el apaleo. De repente los dos cincuentones de siempre, que estaban a media partida de futbolín, salieron corriendo hacia donde estaba él. Mientras uno agarraba al chico de las axilas y lo arrastraba fuera del bar, el otro intentaba tranquilizar al barman, que estaba cada vez más fuera de sí. Terminaron discutiendo tan fuerte que creo que los oyeron desde el pueblo. Por un instante creí que iban a matarse.

Aquello fue demasiado. Al borde del ataque de nervios me fui corriendo al aparcamiento, me subí en el coche y conduje aceleradamente hacia mi casa, me metí en la cama y dormí hasta el día siguiente.

 

Poco tiempo después me enteré por el periódico que había habido una redada policial en el club deportivo. Por lo visto el camarero era el camello de media comarca: guardaba un alijo de cocaína dentro de las latas de naranjada, en el almacén. Aparentemente, los dos que jugaban siempre al futbolín se encargaban de venderla. Si lo que contaba la noticia era cierto, el hijo del barman había descubierto todo el pastel y su padre lo había pillado mientras llevaba parte de la mercancía a la policía, agrediéndolo encarnizadamente. Los dos socios, preocupados porque alguien pudiera descubrir el lío, habían intentado reducir al patrón y, finalmente, habían conseguido atarlo a una silla, cargar su furgoneta con el resto de la droga y escapar. Una patrulla los había interceptado a más de ciento cincuenta por hora, y se lo había hecho cantar todo. En lo que respecta al hijo, lo habían hallado más tarde a seis kilómetros del club deportivo, en estado de choque y con la ropa desgarrada. Por lo visto había logrado huir de los dos delincuentes y se había desorientado. Estaban todos esperando juicio, pero a los dos cincuentones les iban a atenuar la pena por haber confesado sin grandes esfuerzos y al hijo del camarero, en una primer momento sospechoso de presunta colaboración, iban a dejarlo en libertad por su más que probada inocencia y la salvaguarda de su salud mental, que al parecer nunca había sido demasiado estable y después de lo que ocurrido no había quedado del todo intacta.

 

Tres años después, cuando ya tenía pareja estable, vivía en otro pueblo y me había retirado de la natación por culpa de una lesión en la espalda, me levanté un día con ganas de volver al club, a ver qué se había hecho de aquel lugar. Lo vi con mejor facha, aunque ya no era el mismo sitio donde había pasado tantas tardes oscuras en aquella época tan extraña de mi vida: después del incidente los antiguos dueños se habían arruinado y lo habían vendido a una franquicia de gimnasios, que lo había reformado de arriba abajo y lo había convertido en un paraíso del fitness para pijos. Ya no se veían mujeres aburridas ni macarras trasnochados, solamente tíos gigantescos inflados y bronceados, y chicas que me parecían muy jóvenes para haberse operado ya los pechos.

Algo me dijo que tenía que ir también a ver qué era del bar. Casi me da algo de la sorpresa cuando comprobé que el hijo del barman estaba tras la barra, sirviendo bebidas energéticas y batidos de frutas. Llevaba un polo azul eléctrico que con toda seguridad era el uniforme del establecimiento y que le quedaba fatal, y una gorra o una especie de cofia a juego. Parecía muchísimo más tranquilo que antes, pero daba con una tranquilidad extraña, artificiosa, que no me gustaba nada: estoy casi cien por cien segura de que iba de medicación hasta las orejas.

Me senté en una mesa próxima a la barra y lo saludé con la mano. Él me miró, pero pareció no reconocerme; se quedó un segundo con las cejas arqueadas ―pude fijarme en que ya no tenía su característico entrecejo, ¿tal vez por exigencias laborales?― y después continuó atendiendo a los clientes.

O no se había dado cuenta de quién era yo, o no se acordaba de mí, o sencillamente estaba ofendido porque recordaba el día en que había huido de él como una histérica, o lo que parecía más probable: lo de las limonadas era una alarma recóndita que yo, tonta de mí, no había sabido interpretar.

Incómoda, me fui por donde había venido. Dato curioso: hacía dos meses que había empezado a fumar. Me hice un cigarrillo, entré en mi coche y arranqué. No volví nunca más a ese sitio.

                                                                                                                                                      Víctor Doló.

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