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Rosalía en pie de guerra

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Mercadillo en la Corredera Baja de San Pablo, en Madrid. Foto tomada durante los primeros años del siglo XX. En esta calle residieron Rosalía y su marido Manuel Murguía. Es fácil suponer que inspiró, en El caballero de las botas azules, el espacio ficticio de la deprimente “Corredera del perro”. Fuente: https://urbancidades.wordpress.com/2008/07/02/fotos-de-mercados-antiguos-de-madrid-iii/

 

Hace unos días descubrí El caballero de las botas azules (1866), una narración rarísima de Rosalía de Castro que la propia autora gallega llamó “cuento extraño”, que —es bastante llamativo— no se encuentra entre los libros más afamados y estudiados de la padronesa, y que difiere bastante de las preconcepciones que muchos podríamos tener sobre la autora de En las orillas del Sar. Afortunadamente, en la universidad aún puede darse algún golpe de suerte, y el haber estudiado Romanticismo español con Ana Rodríguez, encargada de la edición en Cátedra de la novela, me permitió conocer un libro que indudablemente reúne algunos de los elementos de una de las mejores tradiciones literarias del castellano: la de la sátira punzante y el realismo desacomplejado, siempre con una voluntad regeneracionista más que evidente. Regeneracionismo del de verdad, ojo, del que no vacila en coger el bisturí para meterse hasta la última entraña del alma popular, y no esa cosa de coach yanqui con la que últimamente han corrompido este término ciertos agentes naranjas del ruedo político.

La novela pivota sobre la intrusión en Madrid de un personaje absurdo, una especie de duende burlón, que no es otra cosa que un ex-diputado con ambiciones de posteridad provisto, por parte de una musa un poco peculiar, con «lo que no se tolera, lo que irrita, lo que provoca y lo que atrae el ridículo» como únicos instrumentos de pelea. Dispuesto a arrasar con la hegemonía ideológica de la clase media del medro, la cold cream[1] y el vestuario pagado a golpe de casa de empeños, y con los cuñados bastardos de Espronceda que paren día sí día también camadas bien nutridas de folletines y malos versos, el caballero de las botas azules es enviado a poner a la Villa y Corte patas arriba para hacerle enseñar sus vergüenzas. El caballero de las botas azules, que podríamos considerar un cruce genético del cuadro de costumbres y la novela fantástica, onírica y proto-decadentista (Rosalía leyó bien a E. T. A. Hoffmann[2]), no tiene piedad en su análisis.

No escatima en sarcasmo hacia una industria cultural responsable de sostener los restos de un Romanticismo agotadísimo. Una de las escenas finales, curiosa readaptación del episodio de la quema de libros del Quijote, concreta especialmente bien el carácter de este ataque. Abunda también en editores y poetas vanidosos y «aceitunados» de puro orgullo, contagiados de su propio desvarío, propagadores de basura por entregas de dos duros por llenar su bolsillo y por no querer dejar de hacer el idiota para bajar como todos los demás al mundo de los mortales y sufrir igual que sus iguales: «vivir modesta y honradamente, haciendo compás con el martillo o el azadón, al huso con que hila el blanco lino su buena esposa»[3].

La educación también se coloca en el punto de mira. Rosalía, como conocedora cercana de los círculos krausistas[4], empieza con otros a abrir la larga estela de escritores españoles que defenderán en sus novelas tesis relacionadas de forma más o menos estrecha con esta escuela de pensamiento. Cualquiera puede advertir la atención prestada en la novela a la necesidad de reconducir la sensibilidad de los jóvenes, y a las carencias del sistema educativo de la época. Dos de los personajes son maestros: una, una especie de alcaidesa monjil; el otro, un completo incompetente camuflado tras una verborrea ridícula, que pretende ser moderna y enciclopédica.

Otro tema primordial es el de la situación de la mujer. En la obra nos encontramos con un sector femenino completamente sometido a la infantilización, incapaz de madurar hacia la independencia intelectual, ya sea a causa de una formación pobrísima que no pasa del catecismo y la aguja de coser o por las exigencias de una moral burguesa que lo empuja al bovarismo y, siempre que pueda permitírselo, a las vanidades del palco del teatro y las tertulias de etiqueta, sin dejar nunca de permanecer sometida a unas pautas constringentes. Sin embargo, aun cediendo parte de la responsabilidad a los condicionamientos sociales, Rosalía no desdeña el repartir las culpas con justicia.

Comenta Carmen Martín Gaite alrededor de la cultura masculina del Romanticismo, lo siguiente: «no se proponían modelos de conducta realmente liberadores para la mujer de carne y hueso, limitándose a concederle con presunta magnanimidad su derecho a la pasión arrebatada»[5]. Especialmente interesantes en este sentido son los personajes de la duquesa Pampa y Casimira. Ambas rechazan la tediosa monogamia impuesta por su ambiente, pero incapaces de crecer más allá de un papel de muñecas de balcón y serenata. Se atreven a tener mil amantes distintos sin miedo a los celos o a las habladurías de nadie, pero nunca a enfrentarse a esos hombres como interlocutoras directas, sin necesidad de humillarse ni recurrir al desdén vanidoso, únicas reacciones que permite la limitada deontología sentimental que les ha impuesto la masculinidad. Cuando el caballero azul, como hombre-musa (siguiendo la acertada terminología de Martín Gaite al respecto) estimula su curiosidad de forma sincera, les plantea una prueba que no alcanzan a superar: la de salirse de las relaciones estereotipadas para entablar con el otro sexo un contacto libre de ritualismos sociales, algo que exige tanto un esfuerzo creativo como una implicación personal muchísimo mayores. No deja de ser significativo, tal y como apunta Kathleen March[6], que en la gala del penúltimo capítulo aparezcan vestidas de esclavas. «La mujer», constata el Caballero, «sólo podrá vencer sabiendo resistir», sabiendo tomar por asalto y asumir, con todas los desafíos que esto le conllevará, el rol que verdaderamente se merece como individuo de acción pensante y partícipe. Hay un canto, pues, a la implicación personal, a la lucha y a la resistencia esforzadas.

Lo mejor de la novela: que nos descubre una manera extremadamente original de ejecutar una crítica mordaz y despiadada, sin sacrificar el humor y la calidad literaria a formas más panfletarias. La facilidad con la que la autora mezcla, en un cóctel enloquecido, ensueño embriagado y fotografía urbana. La parodia de un mal Romanticismo que, como el invernadero del protagonista ya sólo da flores suntuosas pero de aromas empalagosos y asfixiantes. La búsqueda de habitaciones narrativas más amplias. Una rezumante ansia de liberación. Una prosa inyectada de la sensibilidad de quien, pese a la apariencia de madre y esposa sumisa y de versificadora desvalida que le han otorgado ciertas biografías, se nos muestra aquí como poseedora de una feminidad fuerte e hirviente de inteligencia, firme en su denuncia del machismo atontador y opresivo. Y por último, aunque es del todo redundante y tópico decirlo, el hecho de que, como todos los buenos libros, conserva un mensaje todavía fresco, actual.

Y en fin, para no hacer demasiado de Ricardito Majón emborrachándome en mis propios párrafos, aquí termino. Todo esto era para proponeros que lo leáis, si queréis: él nos dará acaso alguna pauta para ponerle el cascabel a todos los gatos del circo loco donde aún vivimos; con la palabra nos sobramos y nos bastamos.

Víctor Doló.

[1] Crema facial usada como cosmético.

[2] RICARDO CARBALLO CALERO, Rosalía de Castro en la literatura española. En la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://cvc.cervantes.es/Ensenanza/biblioteca_ele/aepe/pdf/boletin_32-33_17_85/boletin_32-33_17_85_05.pdf).

[3] Capítulo VI.

[4]El caballero de las botas azules: crítica social e idealismo krausista”, en DAVIES, CATHERINE: Rosalia no seu tempo. Galaxia, Vigo. 1985. Boceto breve de la filosofía krausista, por si se quisiera consultar: http://www.filosofia.org/enc/ece/e30825.htm.

[5] “Mirando a través de la ventana” (pp. 35-54), en MARTÍN GAITE, CARMEN: Desde la ventana. Espasa-Calpe (colección Austral), Madrid, 1993-1999 (3ª edición).

[6] Capítulo VII: “El caballero de las botas azules: cuento no tan extraño” (pp. 231-311), en MARCH, KATHLEEN N.: De musa a literata: el feminismo en la narrativa de Rosalía de Castro. Edicios do Castro, A Coruña, 1994).

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