Relat

Cazar cebos

—Levanta más el brazo, así. Esta vez no hay manzana, simplemente apunta, ¿tienes frío?

La cara de un masái, sus facciones en un cuadro negro simétrico y comprimidas en un cráneo. Sus ojos están cerrados. El fondo, blanco.

—Cuando quieras, tranquilo. Mírale a la cara.

La cara de un negro, diferente, el fondo es un bosque, te mira a los ojos. Son azules.

—La mirada de un negro que muere… Se puede oir su respiración.

¿Tú qué harías?

Aprieta el gatillo. No se oye ninguna bala, tan solo el ruido del percutor: un sonido ridículo. Se miran mutuamente, los ojos rojos del dueño se abren blancos de sorpresa, luego los encoge y las arrugas de sus largas ojeras dibujan una amplia sonrisa. Y se pone a reír, da un toque en el hombro al tirador mientras él mira que no, no había ningún cartucho, nunca lo hubo, le había tomado el pelo desde el principio. Todo había sido una broma. Lo siento, lo siento… me sabe fatal, dice, perdona, ah y tú eres mi invitado, esto no lo vayas a poner en el periódico, eh. Se va riendo con los suyos y yo me quedo con la broma aún en la piel por no decir otra parte, estoy temblando, de miedo, he de irme de aquí, pero he de hacer la foto a La Galería, he de hacerla y que lleven a este loco a la prisión, he de hacer la foto y no volver a este loco y salir fuera de aquí fuera fue… Tranquilo. Puedo. Puedo hacerlo, simplemente seguir lo que él me diga, luego una foto, una simple foto y a casa. Sólo unas horas más y esto habrá acabado. Oigo su respiración que viene hacia mí, a veces da unos gritos ahogados para alcanzar algo de oxígeno, como si le diese un ataque de asma, que se muera. Ahí está. Camina cojo, debe tener unos treinta años, treinta y cinco, sí, como yo, pero está gordo, lleva barba, la verdad es que parece 20 años mayor.

—Toma, los cartuchos, ponlos, ya sabes cómo se dispara ¿no?, venga, —se ríe—, vamos a pasarlo bien.

—¿Qué?

—Vamos a divertirnos —respiración ahogada—. Quitadle de ese tronco, desligadlo. No te vas a retirar ahora, ¿verdad? Ése no era el trato.

Su sonrisa de cínico, su sonrisa de desequilibrado.

Se va mientras los otros terminan por desatar al negro, coge un fusil y mira de reojo su mansión, luego mira al negro, sus arrugas se marcan y sonríe. Le apunta. Será mejor que no te muevas, dice. Los otros van a coger sus fusiles, preparan los cartuchos, cogen las correas de los perros y estos se alteran. Me llama, me pongo a su lado, noto la tensa banda sonora de respiraciones y cada paso en la hierba se hace más tenso, lo apunto como me pide. Espero que todo se esté oyendo por el micro, y que no me culpen por lo que vaya a hacer.

—Media hora, ¿me entiendes? Si lo consigues te salvas. ¡Ya!

El negro empieza a correr hacia las fauces del bosque, pero le pega un tiro, le hiere la pierna derecha. Es leve y puede moverse, pero no por mucho tiempo. Desaparece cojeando. Él me mira como si lo juzgara: ¿Qué? Corren mucho, dice.

—¿Pero usted no los amaba?

—¿Y no se mata por amor? Y trátame de tú. Démosle cinco minutos, descansemos un poco.

Vuelven a atar los perros, como si nada, y se sientan en los bancos contemplando el paisaje, como si nada. Empieza a dar el sol. Se despejan las nubes. El bosque es una foto inexpresiva, indiferente. Tengo miedo. Si consigo cazar al negro antes que ellos conseguiré hacer una foto de La Galería, es lo que me ha dicho. Lo pillarán, me da igual lo que diga, cuando lo publique seguro que habrá polémica, lo pillarán, tiene que ser así, pero primero he de matar a un inocente antes que estos asesinos. Náuseas, dolor de cabeza. No sé si dejar el fusil en la caja, hay una especie de barril o pote en medio, no, mejor no hago nada y finjo estar tranquilo, aunque no deje de temblar. Miro mi mano e intento relajarme. La cara del masái, aún la tengo grabada. Me giro y él está ahí conteniendo su sonrisa, respira a su manera y:

—Bueno, ¿qué tal si empezamos ahora? —dice—. Tranquilo, nunca salen vivos.

Empieza, nos levantamos. Todos en fila como niños, niños asesinos, asesinos psicópatas, psicópatas absurdos. No entiendo nada de lo que está pasando, a cada segundo lo entiendo menos.

Suena un tiro. Se pierde en el aire.

Los perros aúllan desde lo lejos y el poco viento altera el bosque a la mínima. Estoy condenado a muerte. Me cuesta respirar y empiezo a sentir el dolor en la pierna el olor a sangre estaba perdido desde el principio desde que me “salvó” la vida la única opción es esconderse no sé qué hacer con la sangre pero he de esconderme. Subir a un árbol blanco fácil mejor a ras de suelo. Muchas hojas el suelo es… diferente, ¿qué es esto? Pisar. ¿Madera? Pisar más fuerte. ¿Tan grande? Debajo de la tierra, cortezas de árbol, debajo de las cortezas de árbol: un grupo: dos niños llorando y un negro. Me coge del cuello, sus ojos están llenos de terror y me golpea. Grito y caigo unos metros más allá. A mi alrededor, en los árboles, debajo del suelo, veo ojos de miedo. Les suplico, salto y rompo sus escondites para que me dejen entrar pero no me hacen caso grito les amenazo mientras una lágrima cae en mi ojo izquierdo, no entienden mi idioma. Les lanzo piedras. Me quedo unos segundos respirando desahogadamente. Desaparecen en las sombras del bosque, me condenan. Quedo aturdido y contemplando la nada, respiro profundamente, no he parado de correr. Esto no tiene sentido, cada vez lo entiendo menos. Se escucha el ruido de una escopeta que tira del seguro. Fin del juego. Me giro, es el muchacho de antes. Escondo mi piedra.

                                       ¿Va a matarme?                                     La cara de un masái.

                       No, él es diferente a ellos.                                    No, tiene una lágrima blanca.

                     Si se la lanzo en la cabeza…                                   Él no es un negro, lo han   pintado.

                    He de matarlo, no hay otra.                                   ¿Debería matarlo?

Lanza la piedra y disparo. Los dos caemos al suelo y gritamos. Noto cómo me cae la sangre de la frente pero no es grave, podía haber sido peor. La escopeta está a un metro de distancia, a dos quizá. Me arrastro por el suelo y me levanto con la escopeta. Fin del juego. Duele, veo borroso. He de cargarme a ese “negro”.

Cierro y abro los ojos.

La cara de un masái. El fondo, blanco.

—¿Y a qué viene todo esto?

—Sí, nos gustaría hacerle una entrevista, un par de preguntas sobre ciertos rumores.

—Ah, sí.

—Em… hay rumores de que se escuchan gritos en su propiedad, gritos de… de personas, también se dice que hace poco le prohibieron la entrada a África, que le acusaron de transporte ilegal de inmigrantes. ¿Eso es cierto?

—Bueno, pensaba que sería una entrevista sobre mi familia en particular, cuando me llamasteis no dijisteis nada de eso.

—Mmm… entonces lo siento, mis compañeros le informaron mal en ese caso. Qué raro… hablaré con ellos. ¿Pero… todos esos rumores son ciertos?

Silencio.

—Sí, son ciertos, a medias. No hago nada en contra de la ley ni nunca lo he hecho. Yo heredé todo esto de mi familia porque se sacrificó por la patria, aunque ya sé que a usted no le importa, ¿le puedo hablar de tú? Es que… no viene mucha gente de mi edad y… bueno, se han dicho muchas cosas sobre mí, mentiras. La gente cree que soy un excéntrico, por no decir un chalado. La gente… es que es muy idiota, lo siento, de verdad, sí, publícalo, pero eso es cierto. ¿Una copa?

—No, no gracias. Continúe.

—No-no, insisto, y trátame de tú. Por favor Sam, tráenos una copa, mira si queda Bourbon. Pero yo ayudo a la gente, y fuera de este país. Yo los defenderé con mi vida si hace falta, me da igual si son legales o no, es que no tiene sentido ser ilegal por vivir en un sitio o en otro, eso es atentar contra los derechos humanos y yo adoro la humanidad.

—¿Pero lo que usted hace no es ilegal?

—¿Ilegal? Trátame de tú. Sí, me han prohibido enviar mis barcos, prefieren condenar a centenares de vidas para no crear un “efecto llamada”, no quieren darles esperanzas, una buena imagen de gente muerta y punto, ahí está su publicidad, aunque… me recompensan… a su manera. Y yo a la mía. Por eso no pueden hacerme nada, me han criticado, ONG’s, prensa… ¿Y qué?, ¿por qué no me han detenido entonces? Porque intereso; la gente me critica, pero dependen de mí, y yo he de hacer como un buen padre y tener paciencia, mucha, mucha paciencia.

—¿Por qué la gente es idiota?

Ríe, su sonrisa de cínico.

—¿Sabes que la mayoría de gente que quiere adoptar prefiere niños sirios y no afganos? Se olvidan de ellos. ¿Sabes por qué? Porque creen ser buenas personas, porque creen que tienen ideales, porque se creen los mejores cuando lo que hacen es… cuando simplemente siguen una maldita moda. Porque son idiotas, la gente es idiota. Eso es la ética. Pero tú y yo sabemos pensar por nosotros mismos ¿verdad? Perdona, eres periodista, está claro que sí, soy un pedante, perdón. Gracias Sam. A Sam lo salvé junto a su mujer y sus cuatro hijos, hace un año que trabaja para mí, ¿eres feliz Sam?

—Sí, mi familia está a salvo.

Sam se me acerca.

—Me alegro. ¿Le gusta mi colección?

Me señala con el dedo lo que hay detrás de mí. No me había fijado. Un muro gigante con centenares de negros disecados, como una colección de mariposas.

—Al parecer, para el gobierno esto no es ilegal.

Noto la pierna derecha mojada. A Sam se le cayó el vino.

—Lo siento-lo siento-lo siento-lo siento…

—No, no, no pasa nada…

—No pasa nada Sam, déjalo. Veamos mi colección, ya se secará. Puedes irte.

Sam se va. Se levanta y lo sigo hacia su colección.

—Yo la llamo La Galería.

—¿Podría hacer una…?

—No todo el arte se puede compartir. Me sabe mal, de veras, no tiene sentido quitarte la cámara cuando eres periodista —se ríe—. ¡Es absurdo! Pero no, esto es demasiado privado y… La gente no lo entendería, le cuesta entender la… belleza de los negros. Yo no soy racista, la eugenesia es estúpida en todos los sentidos. No soy ninguna de esas escorias. Yo no soy el infierno —respira forzosamente—. Yo amo a la humanidad. No sabes lo que me hubiera gustado ser negro.

—¿Pero… no había dicho que no podían hacerle nada?

—No, sí… Sí, tienes razón, ¿qué coño? Perdón. Sí… sí, ¿por qué esconderlo? No sé, sí… sería un bombazo, ¿no?

—Bueno, no estoy seguro, pero es muy probable.

—Sería un impulso para tu carrera, ¿verdad?

—Probablemente.

—Sí, probablemente… ¿y si hacemos un juego? —silencio—. Bueno, luego hablamos. Primero quiero que veas mi obra favorita. Mi masái. Solo tengo uno, pero es auténtico. Mira, es éste. Acércate, huélelo. Huele bien, ¿eh? Huele a…no sé… como… a naturaleza pura. Y mira sus facciones. Es impresionante.

La cara de un masái.

—Son altos, ¿eh? Su estructura ósea es diferente a la nuestra. No tiene que ver con el color de la piel —lo acaricia—, no hay razas, hay magníficas diferencias.

Lo contemplo, parece que se vaya a mover, impresionante, por un momento compartí su idea sin horror. Oigo algo. Uno de los negros se despega de la pared y cae de pie al suelo. Me mira. Se dirige hacia mí con rabia, intenta coger mi fusil pero yo no respondo, intenta coger mi fusil pero yo no respondo, me golpea. El cielo está descuartizado por las ramas. Desde el suelo me doy cuenta de que apunta al falso negro, se ha caído en una especie de trampilla con muchos más negros debajo. Unos niños lloran. Les grita en su idioma y salen corriendo, menos el otro, el falso. Con la mano izquierda aún en el brazo derecho lleno de sangre suplica, durante tres segundos. Más sangre. Su cuerpo no responde y el mío empieza a temblar. Se gira ante mí, se acabó. Con una mano me ayuda a levantarme. En sus ojos hay miedo, y cuando está a punto de darme la escopeta suenan disparos en el escenario. Aparece la caballería y noto el cañón detrás de mi cabeza. Grita en su idioma, durante tres segundos.

Sangre.

Mi cuerpo cae encima del suyo y grito de dolor, mi oreja. Disparan por donde pasa el viento, hasta que unos gritos se pierden en la distancia. Él está rojo, él respira de forma ahogada, él coge al falso negro, él lo arrastra, deja su espalda contra un árbol, lo apunta y lo dispara y carga el fusil y lo dispara y carga el fusil y lo dispara y carga el fusil y lo dispara y lanza la escopeta contra el tronco como un niño enfadado. Patadas. No me mira, me da la espalda y se marcha con su respiración estertórea y una pintura roja en la piel, sobrecargada de ira y vergüenza. Por fin lo entendí. Una broma, un rompecabezas, una sonrisa cínica. Yo soy la recompensa “a su manera”, no sé qué habrá sido de mis compañeros pero supongo que lo mismo. No voy a volver a casa, no va a haber foto, no voy a salir de aquí, no volveré a ver a mis hijos, no sentiré el agua de mi ducha, no habrá más palomitas, no voy a ver a mis amigos, ni a mi ex, no va a pasar nada fuera de este bosque para mí, me van a pintar de negro. Cuando me levanto una escopeta apunta a mi espalda y me empuja a seguir al grupo. Simplemente para darme una lección de ética. Todo había sido una broma.

Sergi Saranga Reguera

 

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