Galope Muerto / Relat

La sedición

muertedefedericodealemaniadore.jpg

Mort de Frédéric Barberousse, de Gustave Doré. 1877. Fuente: http://anabasispersonal.blogspot.com.es/2011/03/cruzadas-gustave-dore.html

 

 

¡El creyente es cualquier cosa, el hipócrita es la mitad de cualquier cosa, y el infiel es menor que cualquier cosa!

Las mil y una noches.

 

El sol brillaba con furia sobre la muralla polvorienta cuando el portón se abrió y escupió un numeroso escuadrón de soldados. Cabalgaban algunos de los caballos más esbeltos y vestían algunas de las armas más afiladas de la región. A su cabeza, rutilante el casco y arisca la barba, iba Milek de Polonia, eslavo perdido en Tierra Santa, o mejor dicho, eslavo buscándose a sí mismo en Tierra Santa, con el hábito de capitán y la voz de un dios de la Guerra, o de un dios de la Verdad, o tal vez de cualquier dios menor del panteón de cualquier religión insignificante, pero un dios menor al que los fieles aprecian, temen y respetan más que a algunas de las divinidades mayores, aunque a decir verdad por aquellos campos nadie se hubiese atrevido a alabar nada ni a nadie usando símiles paganos.

Milek de Polonia abandonaba la ciudad con la misión de sofocar una sedición. Marcus el Sajón, gobernador de la fortaleza a la que el capitán polaco había sido destinado, le había encomendado reunir a la mitad de sus hombres y dirigirlos hacia un castillo cercano en posesión de Juan el Amarillo, un inglés al que apodaban de este modo por el color que adquiría su cara durante sus frecuentes dolencias hepáticas, quien tenía fama entre la infantería musulmana de ser, pese a su salud delicada, uno de los líderes cristianos más crueles de la zona. Decía el Sajón que algunos de sus espías le habían informado de que el Amarillo había aceptado un soborno sarraceno a cambio de aliarse con los jefes de otras dos fortalezas y lanzar un ataque conjunto hacia la suya, un importantísimo bastión de la cristiandad en el corazón de aquella región estratégica. Milek, incorruptible en su valentía y en su fe en la defensa de Dios, conducía a sus tropas a través de la seca llanura dispuesto a impedir aquella infame traición.

Llegó hacia el mediodía al castillo indicado. Un tímido centinela preguntó, con la voz áspera a causa del viento del desierto, quién era aquel que venía a las puertas de su edificio sin anunciarse. El polaco repuso lo siguiente: «El Diablo jamás avisa antes de hacer el mal; no esperéis, pues, sinceridad de mí». Dicho esto, su mejor arquero disparó una flecha contra el cuello del centinela, que cayó desplomado en el acto. El alto sol fue testigo, aquel día, de una carnicería salvaje que costó varias vidas a la legión de Milek, pero muchas más a las huestes del inglés. Cuando el polaco llegó hasta la cámara donde este se escondía, con la cara sudorosa y más amarillenta que nunca, el enemigo le empezó a preguntar entre balbuceos por qué lo había atacado. El capitán del Sajón le contestó con la misma frase que había dirigido antes al centinela: «El Diablo jamás avisa antes de hacer el mal; no esperéis, pues, sinceridad de mí». Dicho esto, descargó su espada contra él, culminando la toma del castillo.

En los dos días siguientes, dos batallas igualmente sangrientas tuvieron lugar en los otros dos enclaves que Marcus el Sajón había señalado como focos de revuelta más que probables. En los dos casos el barbado capitán polaco había vencido arriesgadamente, y en los dos casos había repetido la misma sentencia antes de ejecutar a los líderes rebeldes: «El Diablo jamás avisa antes de hacer el mal; no esperéis, pues, sinceridad de mí». La luna de Oriente, siempre apenada por las muertes constantes de hombres de mil colores que desde hacía más de cien años se iban sucediendo en sus dominios, derramó su llanto plateado sobre las cáscaras humanas que Milek y los suyos dejaron a merced de la noche entre las ruinas de ambas fortalezas. En el tercer día después de su partida, el guerrero polaco guió a sus hombres —a dos tercios de la multitud que habían sido sus hombres— de vuelta al fuerte del Sajón. Allí, las puertas se les abrieron gozosas, y las esposas y las hijas y los hijos exultantes corrieron a los brazos agotados de los soldados recién llegados de la guerra, revistiéndolos de lágrimas. Nadie abrazaba, sin embargo, al devoto y taciturno Milek.

En la sala principal del edificio más grande del recinto, el Sajón recibió a Milek y a dos de sus oficiales con una sonrisa misteriosa en su ancho rostro. El polaco, nada más entrar, inclinó la cabeza ante él y declaró que sus órdenes habían sido cumplidas, que aquel humilde instrumento de Dios había hecho su trabajo y había evitado que la fe fuera hollada y quebrantada una vez más por los impíos. El Sajón le indicó que subiera la barbilla y, acercándosele al oído, le murmuró lo siguiente: «El Diablo jamás avisa antes de hacer el mal; habéis hecho mal, pues, al confiar en mi sinceridad». Tras decir esto, su sonrisa misteriosa dejó de serlo para convertirse en una sonrisa sediciosa, y el capitán descubrió que no había sido un instrumento en las manos de Dios sino en las manos de sus enemigos. En ese instante, sus pensamientos fueron interrumpidos por el asalto de dos aceros terribles. Los dos oficiales se despidieron, terminada ya su tarea, y arrastraron el cuerpo del capitán al exterior. Seguidamente se lo entregaron al capellán de la fortaleza para que le diera, irónicamente o no, cristiana sepultura.

Víctor Vázquez Monedero

Advertisements

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s