El vecino del alcalde

Días de júbilo

Imatge extreta de Behance.

Imatge extreta de Behance.

No, no, él aún seguía allí. Sus gimoteos se confundían con el barullo de sonidos que hacía el sofá y el balanceo de cada fina sacudida de su grasa, intentando acomodarse suave y plácidamente. Lleva tres meses y cuatro días en él, pesa 235 kilos, ocupa una longitud de 1’72 m y 1 metro de anchura. Al lado del sofá, un taburete, y encima de éste un libro con el punto de lectura por la mitad, un reloj de pulsera plateado que necesita una reparación, tiene dañado el cristal, un corte en uno de sus laterales.

Todo empezó hacia las 18.00 de un viernes, cuando Pedro, recién jubilado, salía de la oficina para no volver más a ella. Seguramente aún sigue recordando aquel día en su tierna cabeza ahora calva y atrofiada por sus vacaciones vitalicias. ¡Y tanto! Los primeros destellos de verano impactaban en los cristales de su departamento y resonaban y chillaban en todas direcciones. Pero sólo él podía responder a su llamada, porque era un jubilado, y al salir sintió que era el único ser que podía percibir el aire fresco; el resto eran caras confundidas por el abatimiento de la rutina. Alrededor los edificios parecían radiadores, un lugar ilógico y deagradable para trabajar. Se sentía jovial, como si todas sus preocupaciones hubiesen escapado en el aire. Dejó así un espacio libre en la mente que le permitía respirar un aire nuevo, juvenil, libre de preocupaciones y de estrés, libre. De repente, como el polen de los árboles, fueron entrando en él nuevas proposiciones, a saber: ejercicio, leer, escribir, etc. Eso sí, después de descansar. Cuanto menos se hace menos se quiere hacer, y es que ya tenía dispuesta la televisión, y estaba viendo las noticias, ¿por qué iba a salir de allí?. Después, lo mismo. Por las ocho, al mismo tiempo que anochecía entraba el hambre en él, pero, claro, no podía levantarse. Quizá fuese por algún mal gesto o por el exceso de los años malgastados en trabajar que un escozor le atravesaba la espalda como un punzón.

En la misma paret del sofá, un gran retrato con un marco azul y finas franjas doradas: la figura de su padre seria y autoritaria mirando al exterior con aires de superioridad y transcendencia. El fondo apenas es discernible, solamente se puede ver la ventana por la que mira, que se situa en la extrema derecha; su cuello está reclinado en la misma dirección. La luz caía en su rostro y su piel tenía el mismo color que la de un dios; las sombras que se formaban en los pliegues de la ropa estaban sumamente trabajadas por el pintor. Su padre era el fundador de una de las más importantes fábricas de cemento del país en su época. Ahora es un fantasma que vive del presente de los demás. Su hijo lo admiraba pero no podía poner su mirada en él, en seguida se giraba cabizbajo.

Hace dos años que tienen éste piso. Afortunadamente para él, tenía a sus órdenes a su esposa Clara que, entre refunfuñas y quejas vacías de intención para cambiar la nueva rutina de su marido, se resignaba a hacer la cena y entregársela a su querido para que comiera allí, en el sofá. A diferencia de él, ella había pasado un mal día: no es fácil realizar la faena un viernes con las mismas fuerzas que todos los días teniendo en cuenta esas tardes de verano que hacen más espeso el tiempo, que se convierten en una masa eterna, que ralentizan el movimiento de las agujas. Todo esto sin mencionar la limpieza general de la casa, la colada, el lavavajillas, la cena, etc. Así que tal y como estaba de abatida era sospechosamente comprensible que se indignara a discutir con su marido o con quien sea; su corazón, exánime, era incapaz de soportar alguna acción más que bombear, cosa que paulatinamente le costaba más por un nuevo “peso” que contener. Su mente también estaba en un estado parecido, pero un día que vio que todavía seguía allí, que esa noche no durmieron juntos, este recuerdo se quedó grabado en la retina. ¿Mañana sería lo mismo?

-Cariño, ¿por qué no vienes a la cama?- en un tono amable que escondía un gusto amargo y, detrás de esta tela, una nostalgia.

-¿Qué?-con el aroma del recién despertar.

-Que por qué no vienes a la cama.

-No sé…estoy muy cansado.

-Yo también, por eso voy a la cama, ¿por qué no vienes? Estoy tan cansada como tú o más.

-Umm…déjame, acabo de jubilarme, ¿no te alegras por mi?

-Claro que me alegro, estoy muy contenta por ti, incluso lo podríamos celebrar, ¿pero por qué no sales del sofá un rato, solo un momento?

Un refunfuño como respuesta y silencio. En una cojida de aire la espalda de Clara quedó tensa, y en su abdomen notó una mandíbula que como una pluma al caer al suelo, delicadamente, se cerraba con los dientes clavándose en sus intestinos, paulatinamente. Se dirigió con pasos pesados a la ventana, la cabeza baja y los brazos cogidos entre sí.

-Mañana hará un buen día, ¿no crees? Podríamos ir a dar una vuelta.

-¿No decías que estabas cansada?-mientras gemía- vete a dormir. Si quieres, puedo dejarte un espacio.

-No, demasiado incómodo. Me voy.

-Espera.

-¿Si?

-¿Puedes pasarme la radio del dormitorio?

-¿Qué?

-Qué si puedes pasarme la radio, me gusta oírla cuando no puedo dormir.

-Vale, ¿y dónde está?

-No sé, no me acuerdo. Seguramente estará en mi mesita de noche.

(Pausa)

-De acuerdo-Desaparece un momento y, tras varios segundos, vuelve con una pequeña radio entre las manos-. Aquí la tienes.

Al día siguiente continuaba en la misma postura, con la radio encendida mientras dormía. En un lado de la televisión, una repisa con una fotografía de hace unos 40 años, recién matriculado en una carrera que jamás logró hacer; a su lado, un matrimonio joven de unos 30 años con una niña estirada sobre el regazo del padre, sonriendo, en un desierto verde donde a lo lejos se perciben difuminados trazos de la ciudad. A lo largo de los siguientes días sus brazos cobraron más peso, con lo cual necesitaba hacer un esfuerzo suplemental para buscar una nueva postura. El dolor de espalda se incrementó. Empezaba a perder el tacto del sofá en sus pies y sus piernas persistían en una misma postura, era incapaz de flexionarlas. En algún momento se comió a sí mismo. Un pequeño jarrón, una estatuilla de una paloma de cerámica, una matruska, una foto de un restaurante ya cerrado, un zapato de juguete con el nombre de una tienda ya liquidada… Todo va almacenando polvo.

Una vez levantó el brazo para rascarse la nariz y con desentusiasmada sorpresa sintió una inmensa barba que quedaba tendida como una lengua muerta hasta su pecho. Un gesto de sorpresa, aunque no le importó mucho. Dejó de escuchar lo que decían por las noticias, miraba alguna que otra serie de televisión o programa de entretenimiento y si había sintonizado el telediario, era debido a que estaba durmiendo y se olvidó de apagarla.

-Pedro…

-¿Qué?

-Tu tía Marta…ha muerto.

(Pausa)

-¿Quién?

-Tu tía Marta. Ayer, de repente, sufrió un ataque al corazón, lo siento-respiro profundo, su tono quedó salpicado por un pequeño charco de lágrimas-. Hace unos días estuvo aquí, charlando…

(Giró su cabeza acompañado de un agudo gemido, hacía tiempo que no la giraba)

-¿Cuándo?

-El pasado viernes.

(pausa, su cabeza aún desconcertada volvió al punto inicial. Ella se sienta despacio en el sofá y desliza su mano sobre la de él, la acaricia).

-Mañana se hará el velatorio a las ocho, han dicho que hemos de ser puntuales.

-¿Qué? ¿Por qué tenemos que ir? Está muerta.

-¡Pedro!-alejó su mano con desprecio y la dejó en el aire- ¡Es tu tía! ¿Es que no te importa?

(Volvió a girar su cabeza a la derecha pero sin fijarse en ella)

-Pues claro que me importa pero… ¿qué quieres que haga? Está muerta, ahora nos toca vivir a nosotros.

-¡Pedro! ¡Esto es una falta de respeto por los tuyos!- se levanta del sofá agitada, se gira hacia a él- ¡Desde que estás jubilado no has hecho nada, nada de nada! No has ido a la cama, no has salido fuera… ni siquiera me has mirado. Estás siendo egoísta, debería darte vergüenza… Sé que lo de Laura te destrozó pero a mi también, aún recuerdo su…-pasa su mano izquierda por la boca, conteniendo el llanto, mientras oprime la otra mano en su carcomido estómago-. Esto no puede seguir así, Pedro, esto tiene que acabar ahora.

(Giró su cabeza)

-¿Laura? ¿Quién es Laura?

Una mandíbula penetra su corazón y deja unos segundos de intenso frío. Clara dejó de mirarle, Clara se fue del comedor. Los gimoteos se oían por todo el piso, a lo que éste respondió subiendo el volumen de la tele junto con el crujir de sus dientes en un bocata de bacón con queso que hizo Clara hacía unos minutos. Lo comía sin compasión, sin mirarlo.

 

Pasaron los días.

Días

Días

Días

Días…

Pedro, solo en casa, aún sin saberlo, completamente llena de polvo, escuchó débilmente el agudo sonido del timbre de la puerta, al cual él solamente pudo responder con una mirada de desprecio de un segundo. Subió el volumen. Pero lamentablemente para él no pudo volver a la tranquilidad deseada porque no se trataba de una visita convencional, era una muestra de gratitud por no haber pagado la hipoteca, además de una consecuencia por las quejas de los vecinos sobre el mal olor que emitía el piso (muchos de ellos creían, no sin motivos, que había muerto), con lo cual Pedro no pudo hacer más que sorprenderse, interiormente, ya que su cuerpo estaba en un estado pétreo y desprendía una imagen impertérrita, parecida, a la vez, a la de un débil enfermo de avanzada edad, incapaz de mover un sólo músculo. Le embargaron todos sus bienes y, cuando dos hombres entre alborotos y gritos, ora empujándole de un lado, ora del otro, lograron sacarle del sofá, éste, al tocar lánguidamente el suelo con las yemas de los pies, se tornó pálido y, como si todo lo sucedido en aquel momento desde que se sentó en el sofá hasta que fue despojado de él le hubiese sido devuelto como un golpe arduo en el corazón, recordando todo lo ocurrido fuera de su entorno, murió con la voz puesta en el aire, sin poder terminar sus últimas palabras por falta de fuerzas. Después de todo, su padre hacía tiempo que dejó de contemplar un nuevo presente.

Sergi Saranga Reguera

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