Galope Muerto

Cuatro ideas para textos de contracubierta

 

I. El irlandés sin ingenio: obras completas, de Daniel Smith-Mildman (ed. bilingüe, trad. Manuel Barroso). Uvas de Baco, Barcelona, 2009.

La poesía de Daniel Smith-Mildman (1902-1939) surge de las cálidas noches de borrachera entre amigos y de los paseos vespertinos junto a los malecones de piedra de su Airdsgainne natal, un pequeño enclave en la costa occidental de Irlanda. Todavía muy joven, sorprende a los lectores con Region (1920), un libro caracterizado por su verso de métrica desceñida, dotado de una emotividad nada desdeñable a pesar del empleo de un léxico muy limitado. El escritor, reconocido autodidacta, pone énfasis en él en la humildad de su palabra poética, en la cortedad del alcance de esta: «What I’m doing is not more / Than slinging nets from the shore / To catch up a setting sun». Esta obra inicial, tan diferente de la de algunos de sus compatriotas más famosos, destierra de sí cualquier tipo de inventiva lenguaraz o de atrevimiento formal o misticista para abogar por una franqueza casi naíf, lo que la convierte en un fruto raro y algo desubicado de la tradición horaciana que dominará gran parte de la poesía del siglo XX y ya no digamos del XXI. A pesar de gozar de un notable éxito de ventas, el cual proporcionará a Smith-Mildman ingresos suficientes para mudarse a Dublín, el libro no recibe ningún galardón reseñable. Es ya en la capital donde el de Airdsgainne da a la imprenta Souls Are Ringing, en 1922: es el año del Ulysses y de los disturbios posteriores al Tratado Anglo-Irlandés. En apariencia ajeno a las conmociones literarias y políticas, el tono del poemario es distendido y suave, aproximándose por momentos al hedonismo más inocente. Sin embargo, unas pocas de sus piezas, que casi podríamos calificar de “comprometidas”, traslucen sus simpatías por la facción moderada, pro-tratadista del Sinn Féin; nunca se atrevió, sin embargo, a dar el paso de militar en este partido. Souls Are Ringing, ninguneado por la crítica, antecede al primero de los muchos ataques de la enfermedad nerviosa que iba a acosar al poeta hasta su muerte en 1939, a la temprana edad de trenta y siete años.

Los últimos días de Smith-Mildman son atroces. Mientras malvive de colaboraciones puntuales en algunos semanarios dublineses, se empieza a hacer ya del todo irrespirable su matrimonio con Elsa Scotch, con quien se había casado en 1928, tras innumerables ingresos hospitalarios, para, en sus propias palabras, «tener a alguien que me limpie la baba cuando esté en las últimas». Tras una ruptura dramática se marcha de la ciudad y se recluye en Airdsgainne, en una situación de pobreza extrema. El pueblecito de pescadores que había inspirado la frescura de sus versos juveniles se le presenta ahora como una húmeda antesala de la muerte. No renuncia al alcohol, a pesar de su estado de salud, aunque las antiguas compañías de tasca cada vez le son más esquivas. De la ingestión masiva de litros y litros de cerveza recalentada nace Face, de 1937: un poemario seco, dolorido, pero por momentos también autocomplaciente y desganado. Un libro donde el autor mira a la muerte a la cara, pero no porque su serenidad se lo permita sino porque la parálisis del miedo le impide desviar los ojos (la parálisis, de hecho, terminará siendo también un fenómeno físico para él, por lo menos a partir de 1938). Face nos deja la sensación decepcionante de que Smith-Mildman, en lugar de apurar sus últimos estertores haciendo buenos versos, como hacen a menudo los genios, malbarató sus energías finales en lamentarse de cómo la muerte le iba a impedir hacer buenos versos en el futuro. Se queja de que en el más allá no dispondrá de folios ni tinta, de que la cerveza del inframundo será todavía más mala si cabe que la de Airdsgainne y sabrá todavía más a salitre y de que, con toda probabilidad, si no se estuviera a punto de morir sin duda podría cazar el sol en pleno ocaso con una red, como había soñado a los veinte años —pero entonces el sol parecía estar tan lejos y él creía tener tanto tiempo por delante que saberse inútil para esa caza no le suponía decepción alguna. El opaco mantra “Mourning alone”, que contiene sus versos más famosos, cierra esta última obra, que de forma inexplicable se convertirá en su catapulta hacia el canon: el catedrático Samuel Grey, tras afincarse en Airdsgainne a mediados de los setenta, descubrirá a este ya olvidado poeta local, al cual desenmohecerá en su celebrado ensayo Smith-Mildman: a Quarrel Between a Fisherman and Death (1978). Grey, no obstante, pasó incomprensiblemente por alto los dos primeros libros del autor, que han permanecido inéditos hasta la llegada de esta edición.

En Uvas de Baco deseamos ante todo dar a conocer a los lectores la nada despreciable obra del Smith-Mildman de la década de los veinte, pero también facilitarles una comprensión más rica de su lírica completa: para ello, reunimos en este volumen sus tres libros de poesía junto con la totalidad de sus prosas, escritos que van desde un conjunto de artículos aparecidos en el Whisper’s Haven entre 1921 y 1929 hasta tres ensayos sobre sendas novelas rosas de autores dublineses del siglo XIX hoy completamente desconocidos, pasando por una recopilación de cartas en gaélico a su esposa (cartas que rezuman amargura y, sobre todo, ingratitud).

 

II. Sangs de mar e de vent, de Roger de Sant Roger. Ed. facsímil. Biblioteca del Garbí, Girona, 2014.

Roger de Sant Roger nació en Tarragona en 1549, hijo de un fabricante de muebles valenciano enriquecido tras la conquista del Perú y de una orgullosa aragonesa que, a pesar de su lucha por sobreponerse, murió poco después de traerlo al mundo. De su madre heredará una resistencia y una perseverancia enormes que en su caso, por desgracia, tampoco le granjearán nada más que el fracaso. Después de una infancia feliz, rodeado de todos los preceptores que un arca de la pequeña burguesía renacentista puede pagar, le sobrevendrá, en 1568, la temprana muerte de su padre. Este acontecimiento lo obligará, en la flor de su juventud, a aceptar la gris responsabilidad de dirigir la empresa familiar, pero Roger de Sant Roger se determinará a dedicarse en cuerpo y alma a su verdadera pasión. Venderá la fábrica de su padre y se dedicará ya no a construcción de librerías, sino a la fabricación de lo que las librerías suelen contener: se hará editor e impresor. Al principio, no le irá mal: a su iniciativa debemos sendas ediciones de Joan de Timoneda y Garcilaso de la Vega, piezas valiosísimas de un encuadernado caro y refinado conservadas hoy en casa de un coleccionista de Düsseldorf. Los problemas comenzarán cuando un incendio —según se suele creer, provocado por algún competidor envidioso— destroce su factoría del centro de Barcelona. Incapaz de pagar la reparación y sin avales de confianza que puedan ayudarlo, de Sant Roger hace el equipaje y se embarca en una de las galeras que pelearán en la batalla de Lepanto. Habría sido maravilloso que el desgraciado editor catalán hubiese conocido a Cervantes durante la refriega, pero, al menos por lo que sabemos hasta hoy, no hay nada que dé testimonio de tal contacto. Peleó heroicamente, en cambio, junto a varios compatriotas con los que trabó una fraternal amistad; destacaron entre las filas cristianas por su valentía. Roger de Sant Roger no quedará lisiado en Lepanto, a diferencia del Manco de ídem, pero sí que conseguirá, a través de la recomendación de uno de sus compañeros de armas, un humilde empleo en Valencia como ayudante de un viejo barbero, quien le enseñará a repelar vellos y arrancar premolares. A la muerte de este, cinco años más tarde, de Sant Roger se hará con la dirección del negocio y obtendrá un acomodo suficiente como para poder dedicarse, en la totalidad de su tiempo no laborable, al trabajo que consumirá sus últimos años de vida: la redacción del poema épico Sangs de mar e de vent.

No contento con afrontar el reto de recuperar para las letras catalanas una dignidad que el Siglo de Oro español estaba ensombreciendo prácticamente por completo, el flamante barbero se propone llevar a su idioma a pelear en un terreno que para él era inhóspito: el del poema largo en octavas reales, el de la canción heroica llena del furor, las lágrimas polvorientas y las hazañas monumentales que el autor del Tirant lo Blanc había desinflamado en su obra. Como en un acto implícito de rebeldía hacia el libro de Martorell, de Sant Roger estirará, contorsionará e inflamará la lengua de Verdaguer, que todavía no era de Verdaguer, para darle la forma más adecuada a su proyecto, un canto a los catalanes que pelearon junto a él en el ejército católico para terminar, según sus propias palabras, con la tiranía de “el Turch taimat e el Diable, que és avar”. El relato carece de cualquier tipo de loa o lambisconería patriótica, lo cual pudo contribuir a que pasara tan desapercibido en un momento en el que, como suele decirse, nunca el sol se ponía en el gallardo imperio de los Austrias. La suya es una épica doméstica, si es que este oxímoron puede ser aplicado a algo con verdadera efectividad: el poema se cierra con varias estrofas en las cuales de Sant Roger reclama al rey, para él y sus amigos, a los que cita con señas precisas, nombres y apellidos —Andreu Ricart, Ramon Savall, Guifré Pallars son algunos de ellos—, una compensación económica adecuada a la torrencial proporción de sangre y sudor que habían vertido en combate, de una manera muy parecida a la de los autores de las probanzas de méritos tan en boga en el XVI. Algunos han llegado a considerarlo, por su firme solidaridad para con sus coterráneos, un federalista radical y hasta un independentista primitivo, si bien bastante desapasionado.

Este peculiar Ercilla tarraconense pasó sus últimos días alimentándose de su sueldo de barbero, ignorado y hasta vilipendiado por el poder literario y político español. Él mismo puso en circulación fragmentos de sus obras por el Madrid culto, con el objetivo de que llegaran a las manos de Felipe II y lo estimularan a darle el pago debido a su servicio militar. Sin embargo, solamente consiguió ser motivo de burla de los círculos de la élite humanística, que los consideraban poco menos que delirios tribales. Hallazgos recientes demuestran, no obstante, que la obra de Roger de Sant Roger recibió la atención de Cervantes, su desconocido compañero de batalla, quien llegó a plantearse la inserción de Sangs de mar e de vent en la lista del episodio del escrutinio del cura y el barbero en el Quijote, aunque la descartó finalmente a favor de la paradigmática historia de Joanot Martorell. De Sant Roger murió, finalmente, en 1589, a los cuarenta años, después de una angustiosa enfermedad y sin poder ver recompensados sus anhelos. Una segunda parte de su obra había sido desechada por él mismo en 1587, año en el que se acabó de convencer de que escribir versos por dinero era infinitamente mejor que escribirlos por aburrimiento. Sus restos descansan hoy cerca de la ermita de Santescola de Ter, un pequeño pueblo de la provincia de Gerona que se ha convertido en un lugar de peregrinaje habitual para los excursionistas curiosos.

El equipo de Biblioteca del Garbí ofrece al público esta edición facsímil, elaborada a partir de una de las diez únicas impresiones del libro que el autor pudo costear. Este volumen incluye, a modo de apéndice, una selección de estudios que sobre la obra rogeriana han realizado diversos novelistas contemporáneos, así como un mapa de la pequeña área montañosa donde se encuentra su tumba, destinado a servir de guía a aquellos que deseen visitarla.

 

III. Hazañas y vergüenzas en la corte del emperador Alfredo, de Wilfredo del Sarre. Ed. y trad. Luciano Torres Blanco. Madrid, Orestes, colección Clásicos de Bolsillo, 2011.

Wilfredo del Sarre (1110-1163) es el producto de una experiencia vital atípica. Hijo de un miembro de la nobleza de dicha región alemana, presentó ya desde su tierna infancia un comportamiento peculiar: a los seis años solía encaramarse en la muralla del castillo de su padre y, como si de un palomo se tratase, hacer sus necesidades sobre los dignatarios que entraban a él. A los siete adoptó la costumbre de, justo antes de los banquetes, vaciar de vino las copas de algunos comensales y rellenarlas de agua con una buena dosis de pimienta; así, desencadenaba infinitos y graciosos gimoteos. A los ocho le dio por untar de mantequilla las sillas de los caballos de ciertas damas: cada semana había nuevos resbalones, caídas y llantos. A los nueve, una gota final colmó el vaso: durante una comida entre su padre y el emisario de un duque renano, introdujo una rata en el sombrero del invitado. Cuando este se lo puso, la rata le empezó a mordisquear la cabeza, creyéndola sin duda una almendra gigante, e hizo bailar de terror a su propietario durante cinco minutos. El padre del joven bromista, para castigarlo, hizo ingresar a su hijo como novicio en un monasterio del centro de Alemania y se desentendió para siempre de cualquier intento de reencarrilarlo. Todo esto lo cuenta el propio autor en De mia vita breviter explicata (1143). En ese mismo texto, Wilfredo del Sarre explica cómo trabó amistad en el lugar con un monje libertino, quien lo ayudó en la medida de lo posible a pulir sus bastas nociones de latín para que pudiese leer el Satiricón, obra que lo marcó de un modo indeleble y que lo impulsó, ya en 1128, a saltar las bardas del convento para abocarse a un remolino de aguardiente y desenfreno sexual que lo llevaría a visitar un buen número de ciudades. En 1140, siendo ya un perfecto conocedor del lumpen centroeuropeo, se marcha a Occitania, donde vive bajo el nombre falso de Tomás Rubio, para escapar de una persecución judicial cuyas causas exactas desconocemos todavía. Muere en Aquitania, aquejado por un variado surtido de enfermedades venéreas, veintitrés años después.

Wilfredo del Sarre, a pesar de la pobreza de su formación humanística y de lo grosero de sus temas, escribió la totalidad de su obra en latín —un latín macarrónico, deslavazado, repleto de errores sintácticos y germanismos desacomplejados. Tal vez esto responda en parte a la intención de emular a Petronio, su único referente literario verdadero (tal y como él mismo afirmó). Hazañas y vergüenzas en la corte del emperador Alfredo es su creación más conocida. Se trata de una sátira enloquecida en la que la lengua afilada del autor no tiene piedad con nadie: cortesanos y trovadores provenzales, obispos y mendigas, proxenetas y prostitutos son destripados por la pluma cáustica del sarrense a lo largo de más de 3000 hexámetros torpes, pero eficaces en términos de humor negro, humor verde y humor de cualquier otro color ácido y corrompido que nos podamos imaginar. En este libro, cuyo método recuerda por momentos al de los catálogos sociales exhibidos en las danzas de la muerte, Wilfredo del Sarre pinta con precisión a todos los tipos humanos que él conoció de primera mano, desde los nobles que trató en el castillo de su padre hasta los frailes que conoció en su etapa conventual y los seres marginales con los que interactuó durante sus interminables andanzas por las cloacas urbanas de su época. La actitud de este ex-monje es de un nihilismo destructivo, feroz, algo que lo distancia de cualquier comparación fácil con los goliardos: ni siquiera en sus textos más lujuriosos hay placer, sino un apetito insaciable, continuamente tenso y dolorido de pura hambre. Wilfredo del Sarre, oculto tras el nombre del emperador degenerado que da título al libro, introduce además en la historia pedazos de su propia biografía, sin desdeñar en ello la intercalación de anécdotas escatológicas y picantes relatadas con una sinceridad y autenticidad sin tapujos. Todo esto lo convierte, según unos pocos atrevidos, en un precedente del realismo sucio norteamericano: alguno lo ha llegado a llamar «el Bukowski de la Baja Edad Media».

Esta nueva traducción de Luciano Torres Blanco, obtenida a partir del fruto de largas horas de cotejos ecdóticos, nos hace llegar la obra maestra de un personaje singular que casi podríamos calificar, utilizando un término anacrónico, de contracultural, de no ser por una confesión recientemente encontrada al pie de uno de sus manuscritos: “De lo que más me arrepiento no es de haberme bebido toda la cerveza de Bretaña, ni de haber dormido la mona en todos los burdeles de Génova, ni de haberme pegado con todos los borrachos de Polonia: es de no haber sabido nunca cómo citar a Ovidio con corrección. Por eso escribo mis historias en latín, aunque sea el peor latín del mundo”. Una rebeldía esquizofrénica, en definitiva: la de un apestado que la tomó con uñas y dientes contra quienes le habían negado para siempre su amparo a los nueve años de edad, pero que nunca, a pesar de lo que puedan decirnos las apariencias, dejó de querer ser aceptado como uno de ellos. Un ser frustrado por un mundo que nunca entendió sus bromas pesadas, ni cuando las llevó a la práctica de la manera más soez, ni cuando quiso traducirlas a una lengua de cultura, a la lengua de prestigio de aquellos que se lo negaron para no ofrecerle más que desprecio.

 

IV. Desencriptación general, de Gimeno Rodas Majewski. Publicacions de l’Ajuntament de Sant Pol d’Huguet, 2015.

Cuando descubrió a Dante, Gimeno Rodas Majewski (1931-2005) todavía era un niño de diez años lechoso, escuálido y de viva mirada azul. Huérfano de madre y abandonado por su padre, pasaba los días resguardado del inclemente sol tropical bajo el porche del pequeño café que su abuelo materno, de inexplicable origen polaco, poseía en el centro de La Habana. Allí, medio recostado en una hamaca, se dedicaba a vender puros a los turistas americanos que salían recién comidos del local; cuando no hacía eso, se entregaba en cuerpo y alma a devorar cualquier libro que le cayera en las manos. Uno de ellos fue una raída Vita Nuova, regalada por un orondo diplomático italiano. Para poder leerla se sirvió de un diccionario bilingüe, que nadie supo nunca dónde consiguió.  A los doce, el joven Gimeno comenzó a trabajar de camarero en el café de su abuelo. No le pagaban sueldo alguno —debido a que su manutención corría, por supuesto, a coste del dueño—, así que todos sus ingresos los constituían las propinas. No obstante, sabía administrarse. Aunque sus compañeros de escuela, muchos de ellos de familias acaudaladas, pasaban los domingos deslizándose en bicicleta por el Paseo del Prado, él prescindió del vehículo recreativo a cambio de escarbar en los rastros y ampliar todavía más su biblioteca, a veces con hallazgos inverosímiles: Mallarmé y D’Annuzzio lo iluminaron en aquella época. A los quince, ascendido ya a jefe de sala, engulló con ansia a todos los románticos ingleses, sin excepción. José Martí y Darío, en cambio, lo dejaban bastante frío. En 1948, mientras sus antiguos compañeros de escuela descubrían las chicas y el ron, él se encerró a escribir lo que sería su primer trabajo: Rubí entre sangres, un poemario de corte netamente decadentista.

El estallido de la Revolución en 1953 no le supuso ni una bendición ni un trauma: él sencillamente aprovechó el revuelo para, después de disponerlo todo para que su abuelo creyese que se había alistado en la guerrilla de Guevara, huir de casa y conseguir, de la misma forma que conseguía libros extraños, un baratísimo billete a París, decidido a consolidarse como escritor profesional en Europa. Allí, gracias a su experiencia en el sector, logró en muy poco tiempo ascender de lavaplatos de una cantina mugrienta a jefe de sala de cierto hotel de lujo; no es necesario apuntar que trabajando entre cuencos de caviar y pasamanos dorados se sentía tan a gusto como si estuviera dentro de cualquiera de sus lecturas. Cuando hubo ahorrado el dinero que él creyó oportuno, echó toda la carne en el asador: dejó el trabajo y se recluyó durante tres meses en una buhardilla del Barrio Latino, enfrascado en la creación de lo que, a su parecer, había de ser su pasaporte directo al poder literario de la francofonía. No se equivocó. Escrita en un francés impecable, la novela neoparnasiana Ô les âmes sombres (1955) lo consolidó como figura de carácter fuerte e independiente en el arte galo del momento. Conoció a Camus y a Sartre; no se llevó bien con ninguno de los dos. A mediados de la década de los setenta, ya con todos los premios posibles conquistados en Francia, se instaló en un cómodo ático de Madrid y empezó a planear un nuevo asalto, esta vez en su lengua materna. Publicó en 1980 El frasco de rosas, éxito rotundo en los círculos académicos y editoriales. Se hizo finalmente con el Premio Nacional de Literatura y, poco después, con el Premio Cervantes. A partir de 1984 empezó a erigirse como vocero internacional del anticastrismo, movido por una inercia, más que política, simple y llanamente biológica. Dio recitales en Miami en 1991 y 1995. Fueron aplaudidos con satisfacción por la oposición a Fidel y criticados con dureza por los revolucionarios, a pesar de que ni unos ni otros entendieron un solo verso de los que en ellos decantó: es muy posible que a Rodas Majewski, en el fondo, se la trajera al pario que no lo hicieran; tal vez lo que pasaba, simple y llanamente, es que no había nada que entender. Murió en 2005 de un cáncer de colon. Sus novelas y poemarios han desaparecido de todas las colecciones no académicas; algunos de ellos están incluso descatalogados: no en vano, lo intrincado y exuberante de su estilo, unido al hecho de haber nacido cubano, le valió en vida constantes comparaciones con Lezama Lima, un tanto molestas para él.

Desencriptación general (2001) fue su única tentativa autobiográfica. Con motivo del décimo aniversario de la muerte del autor y a instancias de sus herederos, residentes en nuestro municipio, el Ayuntamiento de Sant Pol d’Huguet quiere sacar a la luz este peculiar volumen, inédito hasta hoy, para reivindicar la memoria de este artista, presa en nuestros días de un olvido que juzgamos injusto. A lo largo de sus 233 páginas nos encontramos con el intento de autodefinición de un hombre que vivió siempre por y para la abstracción, suspenso en las redes del arte. En sus propias palabras (pp. 102-103): «El realismo y las malformaciones del realismo siempre me han repugnado: por eso jamás he leído con interés a ningún autor hispánico. Tal vez es porque nunca, desde que era un niño de piel translúcida en pleno Caribe hasta hoy, que soy un caribeño que vive en la meseta castellana, me he sentido a gusto en ningún clima de la Tierra. Lo único que he hecho en la vida ha sido edificar panteones en el aire, persiguiendo la vana esperanza de que algún día el cielo se intercambiase con el suelo y me pudiera perder no solamente en pensamiento, sino también de una forma física, entre las apacibles naves, bóvedas y patios de mis edificaciones, dejando que el vulgo se mate flotando sobre mí mientras yo lo observo con total indiferencia, como quien mira una nube en forma de arquero que se deshace con el viento, o, como mucho, con una expresión de visceral desdén. Si una vez muerto mi alma, liberada del pesado lastre de la carne, logra volar hasta esos ansiados paraísos aéreos, poco o nada me importará que mi obra impresa perdure en el mundo». Esperamos con ilusión que este libro que el lector tiene entre sus manos contradiga esta última sentencia.

Víctor Vázquez Monedero

 

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