El vecino del alcalde

Seres queridos. Parte 1 y 2

Era una tarde cualquiera, estaban en el coche y el niño “mimado” de la familia decidió que su plan para matar a sus padres debía llevarse a cabo hoy mismo. Estaba en el asiento de atrás, somnoliento, e intentaba contar los árboles que pasaban. Como si se contemplara a distancia, se dio cuenta de que no podía pensar en absolutamente nada, que su mano derecha dejó de ser suya desde el momento en que entró y la pernera izquierda rozaba impulsivamente el asiento. Respiró profundamente, relajando sus músculos, mirando la parte superior del respaldo de su padre donde reposaba su nuca, y volvió a girar su cuello en dirección a la ventana y con plena consciencia de actor, como si quisiera convencer a esa parte del cerebro que no podía controlar de que estaba todo bajo sus manos y no había rastro de error posible. Todo en vano. Mientras, la madre fijaba sus ojos en el vacío. Su plan para matarlos era menos violento, sutil, pero evidente. Sin embargo, eso le daba igual: el veneno era por una cuestión de táctica. Antes de subir al coche se fumó un cigarrillo en pocos segundos y miró hacia la sucia pared de hormigón opuesta a ellos; subió en el automóvil con la cabeza baja y cuando se abrochó el cinturón la elevó hacia arriba durante unos segundos, todavía sin mantener ningún contacto visual con las víctimas. El plan del padre era el más diferente a los demás. No se dio cuenta de lo nervioso que estaba hasta que sus manos rodearon el volante, justo después de su largo bostezo, prueba de que pensaba en que aún vivía en el ayer, debido al estado de vigilia, o que no era plenamente consciente de que hoy era el día y de las consecuencias que ello conllevaba. Las dudas le asaltaron a la cabeza como un tiro, desde los primeros, largos y tensos segundos, pero sabía que eso supongo que era normal que pasara, que después, cuando llegase el momento, sabría que había hecho bien, lo había pensado hace años y estaba tranquilo cuando lo pensaba, no como ahora, ahora no era el momento para pensarlo, lo había pensado antes, sí, cuando era el momento y podía ver las cosas de forma más clara. Morir juntos era la mejor opción, ¿qué sentido tenía vivir después?

Eran las siete de la mañana y el coche se dirigía a la Casa de B… en silencio. La radio no funcionaba, la luz del sol apenas resplandecía y la calle estaba casi desierta. Padre, madre e hijo conservaban la misma postura en todo instante. No había tema de conversación, dejó de haberlos hace tiempo. El coche subía la calle E… a una velocidad cada vez más rápida. Después de 20 minutos cruzando bloques de edificio una satisfacción extraña se apropió del padre, una sensación de haber terminado con todo: la persona que estaba allí no era la misma sino “la de después”, esa persona a la que le da todo igual porque había cumplido su objetivo, una persona que no existe, que es incapaz de pensar. Era de día y de día morir importa menos, no se piensa, no se reflexiona, no se siente tanto el miedo. A esa hora le quedaban lejos la rutina de insultos y quejas que tenía que aguantar por cada cosa que hacía, las reprimendas absurdas contra él para desahogarse de la rutina que iban almacenándose moneda a moneda en su cabeza, la incomprensión por parte de los demás de que a él también le pasan los años y de que no era el mismo, la incapacidad de aceptar sus defectos que cada vez se iban apoderando de él, la falta de visión por parte de sus “seres queridos” de que él después de todo también era humano, y estaba indefenso. Después de todos los nervios, desde que cogió el volante, todo flotaba en una ambigüedad vaga, leve, sobre unas aguas nuevas. Todo había dejado de tener sentido: la puerta de salida estaba a unos metros de la ventana delantera. Ahora lo veía claro. Pero en la desviación final de la calle E… giró hacia a la derecha. Aún tenía tiempo y hacía mucho que no se sentía responsable de algo, quería sentir la purificación de todo su cuerpo hasta perder la memoria de lo demás y disfrutar de su viático. La madre permanecía pálida, miraba cómo cada elemento que pasaba por la ventanilla se desvanecía indiferente. Eso le aterraba. Le aterraba salir siempre de noche, llegar a casa cansada después del día malgastado delante de un ordenador para que, al entrar, un “hola” indiferente golpease su cara. El sentido de continuar viviendo era ese, un “hola” y unos ojos ocupados que suponen que de aquí poco te toca hacer la comida. Por fuera era una lista de deberes, pero por dentro era un saco desfigurado incapaz de reconocerse. Una lágrima recorrió rápido su mejilla y se la quitó velozmente con sus dedos. Por un momento pensó que se le vería la marca en el maquillaje pero no lo llevaba puesto. Se sorprendió a sí misma y de manera infantil sonrió hacia ese mundo que se quedaba atrás. El “niño” mimado se sentía estúpido, y somnoliento, le frustraba no poder controlar sus extremidades y las pulsaciones aumentaban. No podía comprender cómo nunca podía controlar su mundo, que ni si quiera existía. La familia, los deberes, los “deberes” de la edad “pre-adulta”, los “deberes” de la “vida”, todos esos autos de choque destrozaban su definición hasta el punto de no sentir-se a gusto por nada: melancolía. Papá y mamá son cosas, desde la distancia no hay nada que importe y yo quiero estar ahí, ¿por qué nadie entiende que alguien así también puede ser sensible? Nadie lo va a entender, que nadie lo entienda. Volvió a asomar su mirada por la ventanilla; parpadeaba, pero ahora podía contar los árboles. Sin embargo eso no era suficiente, no se trataba de un control del cuerpo sino de todo. La cabeza le pesaba y se tiraba hacia atrás, no había dormido. Otra vez parpadeos, la luz del sol: tenue; el cielo: sin nubes; árboles cada medio segundo.

 Era el momento y era hoy mismo. De su bolsillo izquierdo sacó un cuchillo, arqueó el brazo derecho hacia atrás y directo a la nuca.

Sergi Saranga Reguera

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