El vecino del alcalde

La crisis de las humanidades: reseña de El reverso de la historia

 

A partir del momento en que el saber ya no tiene su fin en sí mismo, como realización de la idea o como emancipación de los hombres, su transmisión escapa a la responsabilidad exclusiva de los ilustrados y de los estudiantes.

Lyotard

¿Cuando hablamos de “crisis de las humanidades”, a qué nos referimos? Este concepto sugerido por Martha Nussbaum ha tenido un enorme eco desde la publicación de su obra Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, y no es por casualidad. Se trata de un hecho global, y la prueba de ello son libros como Adiós a las humanidades de Jordi Llovet o El reverso de la historia de Jordi Ibáñez. Este último está compuesto por apuntes sobre estos tiempos de crisis, desde el 2009 hasta el 2015. En él, podemos apreciar sus observaciones sobre la obra de Balzac, el uso imaginativo que da Georges Pompidou a un poema de Paul Éluard y la gestión de las humanidades hoy en día, entre otras cosas. Toca muchos temas. Su estilo es personal, como muchos de los anécdotas que explica, cercano, pero cuando es necesario dejar las cosas claras se atreve a adentrarse por las complejidades de este actual desafío. Se trata de un libro ambicioso pero que refleja bien la realidad en la que muchos del sector de las letras están actualmente sometidos.

Lejos de ser un organismo independiente y representante del pensamiento crítico, la Universidad está estancada en la gran red del sistema. La competitividad empresarial se ha adueñado de su sentido y de sus métodos. Como un aparato que no busca la “virtud” personal como meta sino la “excelencia”, la Universidad se ha convertido en una institución desarrollada para formar a sus alumnos desde una perspectiva productivista, comercial. Cuando antes, desde el Renacimiento, las humanidades servían como un proceso propio del hombre para enfrentarse a las complejidades y cambios de la vida, ahora la visión técnica que considera la cultura como un valor añadido, pero no vital, las está poco a poco borrando de los planes de estudios. Cada vez se las ve más como algo superfluo. En consecuencia, en los escritos de los estudiantes no se valora el “talento”, porque eso es una muestra de personalidad, lo que se valora es la “efectividad” y los números.

Cuando la Universidad acude a la palabra “gobernanza”, como las otras instituciones que dependen del gobierno del Estado, acude a ella para explicar la crueldad de sus decisiones o “para dar a entender que su poder es muy limitado y que no hay que pedirles demasiadas responsabilidades” (2016: 46). Las carreras o la llamada “calidad de la enseñanza” se rigen por un sistema de acreditaciones que se basa en lo pautado: congresos asistidos, artículos, estancias en el extranjero… A falta de unas humanidades consistentes, las palabras de Mario Savio, después de la revolución estudiantil de Berkeley, vuelven a cobrar fuerza:

La Universidad está estructurada y armada para fabricar individuos con todos los ángulos cuidadosamente limados, para producir la persona redonda. (…) Eso quiere decir que los mejores de entre los individuos que ingresan en ella tienen que vagar sin objeto durante cuatro años preguntándose por qué siguen allí, poniendo en duda que lo que están haciendo siga teniendo sentido y previendo para después una triste existencia en un juego cuyas reglas han sido todas fijadas y no se pueden enmendar.”

Según Jordi Ibáñez, hemos de rechazar la idea de las humanidades como inversión, una profesión que aporte una renta capital. Sin embargo, a ojos de muchos la realidad no es esa. Los conceptos han cambiado. La madurez emocional no es considerada como una forma de sabiduría, simplemente es la adaptación al medio: todo se centra en “ser una mejor persona” sin aprender que hay cosas más importantes que están a fuera. Se podría decir lo mismo de la cultura. Mucha gente ve “las letras” como un medio productivo menor y poco útil. Así, nos enfrentamos a una sociedad formada por una cultura general, una cultura poco sólida, poco profunda, y a un gran conjunto de prejuicios creados por la ignorancia y la falta de reflexión. Por ejemplo, y en palabras del autor, aún nos sorprende que en la época del nacionalsocialismo, a pesar de las grandes atrocidades que se hicieron, se siguiera escuchando con placer a Mozart, como si se suponiera que la música nos hace mejores personas, como si los incultos fueran solamente los únicos capaces de la barbarie (2016: 49).

El problema del filisteo educado no era que leyese los clásicos, sino que lo hiciera espoleado por la meta del autoperfeccionamiento, sin tomar consciencia de que Shakespeare o Platón podían tener cosas para decirle más importantes que cómo educarse.

Hanna Arendt

Los funcionarios que dominan estas instituciones del conocimiento no están curados de estos prejuicios. La mala reputación que tienen “las letras” es patente y la visión, el prejuicio del humanista como “el último hombre” o como alguien que siempre se queja de la situación desde su pedestal de sabiduría es muy común en estos años. La naturaleza del humanismo ha quedado degrada, burocratizada y “mediocratizada”. Una prueba de ello es que hace poco el rectorado de la Universidad Complutense de Madrid ha preparado un plan de reorganización de sus centros que podría provocar el cierre de la Facultad de Filosofía.

Incluso muchos del gremio tampoco hacen nada para evitarlo, se resignan a ello desde su posición nihilista, llena de erudición e inteligencia sofisticada, pero centrada en sí mismos. Tampoco lo hacen los estudiantes, quienes continúan quejándose de las desigualdades pero que han dejado de actuar como un gran “coro” y, sin saberlo, siguen las pautas marcadas por el guión de la autoridad, los que subvencionan sus peticiones y los “toleran”. Todo esto con el fin de “degradar los claustros y convertir así los órganos de gobierno en demostraciones de racionalidad y autoridad únicas” (2016: 135).

No es un problema que solamente alcanza el órgano universitario. Los estudios de bachillerato y la E.S.O. son también otro caso. La OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) realiza su informe PISA a partir de tres competencias: matemáticas, comprensión lectora y ciencias. Los planes docentes se ciñen a estos exámenes: la presencia de “las letras” en los planes docentes de los jóvenes está desapareciendo.

Con esto no se quiere decir que los humanistas sean los únicos representantes del “pensar” o del espíritu crítico, la desconfianza hacia lo que se supone que es obvio se puede cultivar de otras maneras. No obstante, hay cuestiones que la sociedad evita o quiere evitar, cuestiones sobre la moral, sobre la ética, sobre la virtud, sobre las ambigüedades a las que (a veces) nos enfrentamos… Son esas cosas que fomentan la palabra “filosofar”, palabra que la gente teme o se ríe de ella: “es el miedo ante lo abierto e inabarcable que puede trastocar y revolucionar una vida” (2016: 68).

Finalmente, ¿cuando hablamos de “crisis de las humanidades”, a qué nos referimos? ¿Qué son las humanidades? ¿Estamos hablando de carreras como Historia, Historia del arte, Filosofía, Humanidades, Sociología o Antropología? ¿O estamos hablando de algo más, algo que escapa del mero dato científico y fácilmente contenido en una sola palabra? Como dice Jordi Ibáñez (2016: 201):

Las humanidades son también el servicio a una vieja cuestión: la del objeto de la caridad, del amor, del deseo, de las tensiones entre lo corporal y lo espiritual, entre el aquí de la presencia y el allí del sentido, lo tangible y lo intangible, lo que nos clava en el presente y lo que nos salva de él. Todo ello no se pierde tras el salto (mortal, o simplemente teatral) a la irracionalidad. Exige comprensión y esfuerzo de explicación susceptible de ser compartido – y por lo tanto comunicado- en una comunidad de sujetos lo suficientemente razonables y competentes como para distinguir creencias, suposiciones, teorías, experiencias y saberes institucionalmente ordenados –y por lo tanto expuestos al desorden-. Exige historia y teoría. O si se prefiere el relato y especulación, ordenación y relación. Es algo que está muy por encima de la simple adaptación a las necesidades de “servicios culturales” para el mundo laboral. Pero es algo que en algún momento puede ser objeto de esos “servicios culturales”. Es una forma de combatir con argumentos de autoridad. Pero también una forma de instaurar autoridad. Es una forma de rebelarse. Pero también una cierta escuela de mando o gobierno. Es una forma de ruptura de las diferencias. Pero también puede ser un modo de distinción.

Ibáñez, Jordi, 2016, El reverso de la historia, Calambur, Barcelona.

Sergi Saranga Reguera

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