El vecino del alcalde

Acto de fe

 

En nuestro piso, mi familia vive feliz. Cada objeto reposa en el lugar que le corresponde y la tranquilidad es auténtica porque no se nota. Las cosas ocurren en el momento esperado en que ocurran. Alguna vez cae una tormenta y el viento rompe un jarrón, pero eso pasa una vez cada dos años. Veo la cara de mi padre y es feliz, veo la de mi madre y también lo es. No creo en la felicidad absoluta porque me parece imposible, pero en la felicidad de los días que van pasando sin pensar en nada sí. El trabajo, las quejas, la cena y lo que dan por la tele. Ellos son felices, y por tanto yo también. Sin embargo duermo menos horas, y eso que el bebé ha dejado de llorar por las noches. Me cuesta dormir y tengo sueños extraños. Una vez soñé que me sonaba la nariz y sacaba gusanos, unos gusanos muy grandes y blancos que los dejaba en un plato. A la noche siguiente soñé que mis amigos me regabalan una estantería en forma de “u” enorme. Se trataba de una estantería de madera negra y marrón, con el juego de contrastes entre los dos colores se formaban dibujos abstractos. Estaba plagada de figuritas de oro. No era una estantería corriente, estaba construïda siguiendo un orden de relevancia: las menos importantes eran las que estaban colocadas en los extremos y eran bustos. Me acuerdo de algunos que me llamaron especialmente la intención, sus rostros me recordaban a caras conocidas. En el centro de cada paret había un compartimento pequeño en forma de puerta, acabado en triángulo y, dentro, la figura principal. En la pared central había otra puerta justo más arriba que tenía la figura de un héroe, según lo que ponía en la puerta. No me acuerdo de su nombre. Me quedé contemplando la gran obra hasta que descubrí que no podía salir. Pero yo sabía que tenía forma de “u”.

Hace tres años exactamente de la muerte del bebé. Cuando murió nos pusimos muy tristes, nunca había visto así a mi madre. Pensó que ningún ser podría separarlo de él y luchó contra los médicos forenses, la policía y el estado en general para que no se lo arrancarán de sus manos. Tanto se cansaron que acabaron por ceder y dejaron que mi madre se quedase con el bebé. Total, ¿qué mal podría causar? Al llegar a casa la prensa ya conocía la notícia y toda la multitud se abalanzó contra nosotros efusivamente cuando vieron nuestras cabezas. Nos apresuramos a entrar en el edificio y de buen humor cenamos pizza y embutido. Debía de ser un viernes, porque los viernes cenamos pizza y embutido. Éramos felices porque no tuvimos que cambiar nuestra rutina, en la habitación del niño yacían todas las pertenencias que habíamos puesto para su bienestar, no hizo falta cambiar nada, por eso éramos y somos felices. Mi madre no cambió de costumbre: cuando volvía del trabajo besaba efusivamente al bebé, le hacía carantoñas y jugaba con él. Hacía ver que se había hecho caca y lo cambiaba de pañal. Se levantaba por las noches y lo mecía en sus brazos para que dejara de llorar, su tristeza silenciosa. Incluso aún contratábamos a la canguro para que lo cuidara. A mi padre le costaba más seguir sus pasos pero no quería decepcionarla, no queríamos deshacer la fe que había puesto en ello, ella realmente creía que si seguíamos así acabaría por recobrar la vida, creyendo, no quería ser yo su asesino, ni yo ni mi padre, y cuando estaba presente hacíamos como si aquel muerto fuera aquel bebé que gimoteaba, balbuceaba y se ponía a reir por cualquier cosa. Una vez, a los primeros días de que naciera, puse mi dedo en su mano y él la cerró como acto reflejo con su diminuta fuerza y su enganchosa calor. Me quedé mucho tiempo en aquella posición, no recuerdo cuanto. Al volver a casa he recordado esto porque la habitación huele a bebé. Me acerqué a él y lo miré, inmóbil, estirado en su cuna. Puse el dedo en su mano y por acto reflejo la cerró, con su diminuta fuerza y su calor recorriendo toda su palma. Lo levanté unos centímetros y lo dejé caer en su camita. Se puso a llorar. Se lo dije a mis padres, que estaba vivo, mi madre me contestó extrañada que siempre lo había estado. Dibujé una sonrisa de aprobación y simplemente lo accepté, que la vida transcurra en su naturalidad. No ha cambiado nada, éramos y somos felices. Todo el vecindario lo sabrá y quizá vuelva la prensa.

Pero he estado pensando que no deberíamos continuar así. En el futuro el será un cambio y nosotros ya somos felices, no tiene sentido que exista y me quite, nos quite la vida. Sé que voy a hacer mucho daño, no es fácil, nunca han sido fáciles las decisiones de la vida, pero ha de haber alguien que vele por la felicidad de los demás, una felicidad que no es absoluta porque es imposible. No puede haber cambios en la felicidad, los días están compartimentados en semanas y a cada día de la semana un plato diferente. Pizza, filete, lenguardo… Siete días son suficientes para olvidar el sabor de una comida y recibirlo de nuevo como nuevo. Si lo crees, sí. No es fácil, no he podido dormir, he estado mirándolo mientras intentaba eliminar las dudas pero aún siguen. Alguien se ha de manchar las manos por el bien de los demás, todos hemos de sacrificar algo porque la felicidad es demasiado grande. ¿Y si actuáramos todos así? Esta es la felicidad que nos pertoca, hemos de creer en eso. Respiré profundamente, con una mano tapé la boca a eso que había renacido y con la otra le apreté el cuello. No debe de haber héroes. Mientras se retorcía notaba en mí toda la culpa y el placer de sentir cómo se escapa una alma del mundo, por el bien de la felicidad. Mañana será otro día pero no habrá cambiado nada: el bebé estará igual en los ojos de mi madre, y ella hará ver que no lo he matado, que no escuchó nada: el bebé está vivo, por nuestro bien ha de estarlo.

Sergi Saranga Reguera

 

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